Moises y Jesucristo

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matrimonio

La rica experiencia de toda esta enseñanza se pretende relegar; ignorándola como si se tratase de pautas sin valor alguno, sin aprovechamiento posible.

Por J.C. García de Polavieja P.

Los primeros versículos (1 al 11) del capítulo décimo del Evangelio de San Marcos son más providenciales que nunca en este momento, debido a la persistencia de algunos en impulsar la admisión de los divorciados vueltos a casar a la comunión eucarística.

La negativa histórica de la Iglesia, refrendada por los últimos Papas, no ha sido suficiente. No ha logrado detener esa pretensión. Por ello, la reflexión sobre la enseñanza del Señor quizá sea el último recurso para impedir la tragedia.

La maquinación prosigue, a pesar de la firme reacción de varios pastores; y a pesar de haber aumentado en los últimos meses la conciencia de los fieles sobre el asunto. Ni la claridad de la enseñanza de San Juan Pablo II, acompañada de una denuncia de la plaga del divorcio (Familiaris Consortio, 83-84); ni las advertencias llenas de sabiduría del Papa Benedicto XVI (Sacramentum Caritatis, 8 y 20); ni la praxis sostenida por varios concilios y por una doctrina sin fisuras, han sido suficientes para desalentar designios que siguen amenazando el corazón eucarístico de la Iglesia.

La rica experiencia de toda esta enseñanza se pretende relegar; ignorándola como si se tratase de pautas sin valor alguno, sin aprovechamiento posible.

La admisión a comulgar de los adúlteros formalizados, practicada ya por varias iglesias germánicas, aun siendo una carga contra la indisolubilidad del matrimonio, es por encima de todo un programa para la profanación eucarística: Una puñalada en el corazón de la Iglesia y de la humanidad.

De ahí la continua aparición de “sugerencias”, de caminos alternativos, de contraposiciones absurdas entre doctrina y pastoral, de elucubraciones para introducir el gran abuso sin que lo parezca: Desde proponer una “libertad de decisión” de las conferencias episcopales que disgregaría el rebaño de Cristo, hasta la secuencia inacabable de interpretaciones de la praxis de las Iglesias ortodoxas, cuyas excepciones –frontalmente contrarias al Evangelio – no han sido casi nunca productos de la caridad, sino consecuencia de la sumisión de sus patriarcados a poderes seculares.

La praxis oriental, rompecabezas de comunidades desgajadas de la verdad católica, se estudia con lupa para tratar de encontrar “posibles vías excepcionales” que permitan romper la norma y, al tiempo, aparentar respeto al Evangelio e incluso “mayor profundidad cristiana”. Hay quienes han aducido “caminos de perfección”, de acercamiento a Jesús, cuyo fruto sería “una percepción del matrimonio más perfecta”, distinta a la “fría literalidad del Evangelio”. O sea, profundizar “místicamente” en Cristo para discutir y negar su palabra “con mayor autoridad” (¡!).

Pudiéramos estar asistiendo a los primeros esbozos de una subversión teologal sin precedentes: Se trataría de la perversión total de la misericordia: La misericordia divina se invocaría sin necesidad de arrepentimiento e incluso negando la maldad del pecado. Tal puede ser, en un futuro cercano, el epicentro del seísmo amoroso del Anticristo y de la falsa Iglesia uncida a él.

Para esta subversión teologal, el Evangelio es excesivamente duro y frío. Su interpretación debería “actualizarse a la medida de nuestro tiempo para resultar aplicable”. Y tal actualización sería “querida por el propio Jesucristo”, quien hoy “si viviese” consideraría fundamentalistas y desencarnados a cuantos nos aferramos al significado permanente de su palabra.

El caso es que Jesucristo vive y no quiere que su palabra se altere lo más mínimo. Su negativa al divorcio escandalizó a los fariseos porque derogaba la permisión de Moisés. Le insistieron, pero su respuesta fue tajante:

“Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio” (Cfr. Mc 10, 11).

La sentencia se recoge igualmente por San Mateo (19,9) y San Lucas (16, 18)mateo_apostol01en sus respectivos evangelios. Se trata pues de un juicio definitivo que ninguna exégesis puede pasar por alto sin desvariar. Precisamente por ello, merece una reflexión atenta y desveladora de los sofismas actuales:

Interesa especialmente la explicación, dada a los fariseos, acerca de la razón por la que Moisés incluyó el acta de divorcio en la Ley: “Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto” (Cfr. Mc 10, 5). Es decir, Jesús aclara que la inclusión del divorcio en la Ley Mosaica se hizo como consecuencia de un estado espiritual deficiente.Una concesión excepcional a un pueblo que todavía no había recibido la plenitud de la gracia que Él mismo traía. Por ello incapaz de vivir según el designio divino sobre el matrimonio.

El salto preceptivo se explica por Nuestro Señor inmediatamente: “Pero desde el comienzo de la creación, Él los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre” (Cfr. Mc 10, 6-9).

El proyecto divino que contemplaba la indisolubilidad del matrimonio se hizo poco accesible debido al pecado original, pero la restauración de la filiación divina en Jesucristo le devuelve al hombre, nuevamente, la capacidad de vivirlo. La economía de la Redención tiene una aplicación directa en el matrimonio, porque a partir de ella el hombre y la mujer reciben gracias de estado suficientes para permanecer unidos de por vida.

Es evidente que la situación social y cultural hace hoy proliferar situaciones particulares para las que la fidelidad al proyecto divino se ha hecho ardua, y en ocasiones exige mortificaciones y renuncias casi insoportables. Esta situación es cruel. Pero la verdadera caridad no consiste en relegar la verdad objetiva en beneficio de las vivencias subjetivas, sino en enseñar a estas el camino de la cruz constitutivo del cristianismo. Porque la Cruz de Jesucristo continúa fuertemente hincada en el suelo para redimir todos nuestros pecados y debilidades.

Ahora bien, cualquier vía de excepción que ignore esta dinámica restauradora supone en realidad un rechazo de la economía redentora. No es sólo un retroceso en el tiempo hasta formas religiosas menos completas, sino, sobre todo, un repudio flagrante del status humano restaurado por la gracia.

“Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo” (Cfr. Jn 1, 17): También la verdad sobre el matrimonio, junto con la gracia necesaria para vivirlo en plenitud. Esta es la razón por la que el rechazo de la verdad por uniones ilegítimas, con el consiguiente desprecio de las gracias de estado, implica un rechazo simultáneo a Jesucristo e impide su recepción en la Eucaristía.

El desprecio, formal o disimulado, de esta economía teologal tendría unas consecuencias para la Iglesia de dimensiones sobrecogedoras. Por ello es oportuno concluir la reflexión con una advertencia profética que bien podría concernir a este momento y a las actuales tentaciones pastorales:

“Y esta otra cosa hacéis también vosotros: cubrir de lágrimas el altar de Yahvé, de llantos y suspiros, porque Él ya no se vuelve hacia la oblación, ni la acepta con gusto de vuestras manos. Y vosotros decís: ¿Por qué? –Porque Yahvé es testigo entre tú y la esposa de tu juventud, a la que tú traicionaste, siendo así que ella era tu compañera y la mujer de tu alianza. ¿No ha hecho Él un solo ser que tiene carne y espíritu? Y este uno ¿qué busca? ¡Una posteridad dada por Dios! Guardad pues vuestro espíritu; no traiciones a la esposa de tu juventud. Pues yo odio el repudio, dice Yahvé Dios de Israel, y al que encubre con su vestido la violencia, dice Yahvé Sebaot” (Cfr. Ml 2, 13-16).

Este texto de Malaquías anticipa razones idénticas a las de Jesucristo, pero es importante observar algo al respecto: No parece posible que Dios pudieseodiar durante la Antigua Alianza algo que entonces estaba permitido; de manera que su advertencia -la retirada de Él del Sacrificio, y las consiguientes lágrimas y suspiros – a pesar de su lenguaje vetero-testamentario, podría no ser para los pastores del antiguo Israel, sino para los del nuevo.

Cruz de San Andrés.

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