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Las cinco mujeres que hicieron perder la cabeza…y la corona al Rey Juan Carlos I

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Lo cuenta magistralmente Juan Luis Galiacho en El Español. La filtración de unas conversaciones del Rey emérito, Juan Carlos I, sobre Marta Gayá han vuelto a poner en el escaparate los devaneos de alcoba de su majestad.


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El periodista hace un detallado retrato de las amantes oficiales (si es que pueden tildarse así) del emérito Borbón.

Si Enrique VIII tuvo como cuarta esposa a una princesa alemana, Ana de Cléveris. Don Juan Carlos tuvo a la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein(53 años) como una «amiga entrañable». La alemana (de soltera, Corinna Larsen) y él se conocieron en una cacería en Ciudad Real, en 2004. Ella, aunque aún no se había divorciado de su segundo marido (el príncipe Johann Casimir zu Sayn-Wittgenstein), hacía ya vida separada. Desde entonces mantendría una larga relación con el rey emérito no exenta de altibajos hasta hace poco. Don Juan Carlos la introdujo en los círculos de la buena sociedad madrileña, presentándola en cenas, acudiendo a monterías e incluso formando parte de la comitiva real en viajes de Estado. ¿Quién es la nueva amiga del Rey Juan Carlos?

Corinna ha sido una escaladora social toda su vida. Tras estudiar Relaciones Internacionales en Ginebra, se fue a trabajar a París con 21 años. Tres años después, contrajo matrimonio con Philips Adkins, padre de su primera hija (Anastasia) y persona que mantuvo una relación de confianza con Juan Carlos I hasta hace unos años. De hecho, estaba en la cacería de Botsuana junto al monarca y Corinna. En 2000, Corinna se convirtió en princesa consorte al contraer matrimonio con el príncipe zu Sayn-Wittgenstein, con el que tuvo un hijo, Alexander.

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El acuerdo de divorcio permitió a la aristócrata utilizar de manera vitalicia el título de princesa y el apellido de la familia de su ex. El campo de acción de Zu Sayn-Wittgenstein siempre ha estado en el Golfo Pérsico y en los países de la extinta Unión Soviética. Hay que recordar que la princesa era una de las organizadoras de cacerías para estos magnates a través de la influyente armería británica Boss, de la que era directora general.

La relación fue como una montaña rusa. Al menos dos veces Corinna quiso romper con don Juan Carlos por no tolerar supuestamente las infidelidades del monarca. Tras ello, en 2009, Juan Carlos I vivió la época más intensa con la princesa alemana. Mantuvo contactos periódicos con ella hasta 2012, en un dúplex del complejo de lujo Domaine Rochegrise en los Alpes, que después vendió Corinna en 2013.

El dúplex era un lugar de mucha más privacidad que la casita del recinto real en el monte del Pardo habilitada para Corinna zu Sayn-Wittgenstein y su hijo. Esa casita, situada a menos de dos kilómetros del palacio de La Zarzuela, conoció una ingente actividad social: desde el director del CNI, Félix Sanz Roldán, hasta el exministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García Margallo. El dúplex en Suiza, sin embargo, era su refugio más íntimo.

Don Juan Carlos pasó allí casi una semana en febrero de 2012, coincidiendo con el décimo cumpleaños del hijo pequeño de Corinna. Fue entonces cuando se comprometió con el niño a llevarlo a su primera cacería en África, en Botsuana. Y así lo hizo en abril de 2012, cuando todo se torció. La madrugada del 14 de abril de 2012, un avión trasladó de Botsuana a España al rey: tenía la cadera rota y había que ingresarlo en el hospital San José de Madrid. Ese día estalló todo.

Corinna abandonó su residencia de El Pardo, pero no se fue muy lejos del rey, tan solo a 10 kilómetros de Zarzuela. Allí, al parecer, adquirió un chalé en una exclusiva zona residencial de Somosaguas, con 500 metros cuadrados distribuidos en dos plantas, y 2.915 de terreno destinado a zonas ajardinadas y aparcamiento. Pero los acontecimientos se desbordaron.

La opinión pública se avalanzó sobre el monarca, que tuvo que entonar el mea culpa. Nos relatan conocidos miembros de la nobleza que don Juan Carlos se «volvió loco y que no le importaba ya nada». Tras décadas de intento de un aparente disimulo, conocido por muchos, el monarca quiso acabar de golpe con esa pantomima, divorciarse de doña Sofía y casarse con Corinna.

Pero esto no se produjo por dos razones. Por un lado, la propia Corinna no quiso, según fuentes próximas a ella. Prefería ser «reina en la sombra» antes que exponerse directamente a la opinión pública. Por otro lado, fue determinante el papel de uno de los amigos más fieles del rey, el General del CNI Félix Sanz Roldán. El jefe de los servicios secretos españoles visitó a la princesa consorte en Londres en junio del 2012, en el hotel Connaugth, para pedirle que, por el bien de España, terminara con la relación con rey y se apartara definitivamente de él.

En estos últimos años, Corinna ha seguido con un papel estelar: más discreto pero influyente. Retornó a su base de operaciones en Mónaco, donde es una persona cercana al príncipe Alberto e, incluso, enseñó «buenas formas» a su mujer, Charlène de Mónaco. Su contacto con don Juan Carlos se ha reducido de forma importante en los últimos años, aunque su poder sigue indemne.

Enrique VIII compensó a su cuarta esposa, la princesa alemana Ana de Cléveris, con diversas propiedades a pesar de que solo reinó durante siete meses. Ana de Cleveris nunca dejó de acudir a la Corte y tener la gratitud del monarca. Enrique VIII decretó que se le diera preferencia por delante de todas las mujeres de Inglaterra, solo estaban por delante su esposa e hijas.

MARTA GAYÀ: EL GRAN AMOR

Como han desvelado las conversaciones grabadas por el CNI, Marta Gayà fue el gran amor del rey emérito, como lo fue Juana Seymour para Enrique VIII. Sin embargo, la relación de Juan Carlos I con Marta Gayà fue larga, mientras que la de Enrique VIII con Juana Seymour se truncó por la muerte prematura de la misma.

La mallorquina formaba parte del núcleo duro de amistades que rodeaban a don Juan Carlos en la isla. Durante años disfrutaron de una relación que era un secreto a voces. El rey, recién entrado en la cincuentena, empezó a perder la cabeza rápidamente por ella: pasaban muchos fines de semana juntos y otros períodos no vacacionales. Ese amor le llevó a descuidar las obligaciones familiares e, incluso, las oficiales. En un principio, sus encuentros eran protegidos con gran cautela, pero no duró mucho.

La reina Sofía fue una las primeras personas en enterarse. En una cena con unos 200 comensales, en honor al multimillonario Aga Khan, llegaron el rey, la reina y sus invitados ilustres. Sin embargo, todavía había una mesa vacía. Ya casi en los postres, se presentaron el escritor José Luis de Villalonga y Marta Gayà, así como el príncipe Tchokotua junto a su mujer, Marieta Salas. Y en lugar de enfadarse, el rey se levantó de la silla y fue a saludarles efusivamente, gesto que denigró a la reina. Fue una presentación relativamente pública de la relación de Juan Carlos I con Marta Gayà, pero también un golpe muy duro para la reina Sofía.

La relación sentimental fue más seria de lo habitual. Una relación que por entonces hizo temblar seriamente la estabilidad del matrimonio real. Marta llevó aquello muy discretamente a pesar de que era vóz pópuli. De hecho, siempre intentó no dañar a doña Sofía. Los encuentros tenían lugar preferentemente en Mallorca, en Gstaad (Suiza) o en París, donde ella se instalaba en casa de José Luis de Vilallonga a la espera de ser llamada por el rey. Pero para don Juan Carlos no había, de nuevo, mesura alguna.

En un momento muy duro para la vida de Marta Gayà, el rey no dudó en dejar sus obligaciones como monarca y acudir junto a ella a Suiza, donde Marta se había recluido con un estado de gran ansiedad en la finca del príncipe georgiano Zourab Tchokotua, el gran confidente de don Juan Carlos durante esos años. El rey quería animar a la decoradora, que había sufrido un shock tras vivir in situ la muerte accidental del propietario de la compañía Spantax, Rudy Bay, y de su compañera, Marta Girod (amigos de ambos).

Todo ello provocó una pequeña crisis política, ya que el rey, que no tenía ningún viaje previsto en la agenda oficial, dejó incluso de sancionar algunas leyes publicadas en el BOE. El entonces jefe de la Casa del Rey, Sabino Fernández Campo, que siempre intentó aplacar las decisiones muchas veces impetuosas del monarca, recomendó a don Juan Carlos que volviera rápidamente a España.

Don Juan Carlos regresó el sábado 20 de junio por la mañana, despachó a Felipe González antes del mediodía y comió en privado con el presidente de Sudáfrica, Fredierik De Klerk, que estaba en Madrid de visita oficial. Por la noche ya estaba de nuevo en Suiza. Dejó plantada a doña Sofía, entre lloros, en la celebración familiar del último aniversario de don Juan Carlos, que cumplía 69 años, y que se celebró en el Club Financiero de la calle Génova de Madrid. La reina, al día siguiente, sustituyó al monarca en la apertura de la Cumbre Iberoamericana. La desaparición del rey desde el 15 al 23 de junio levantó por primera vez en España todo tipo de especulaciones sobre una supuesta relación extramatrimonial.

El escándalo continuó, primero con informaciones de medios extranjeros y después con publicaciones en medios españoles como El Mundo o Época. La confirmación pública de esta supuesta amistad provocó un terrible abatimiento en la reina Sofía, como ha ocurrido ahora los artículos sobre las grabaciones del CNI, en las que reconocía su gran y verdadero amor.

Los servicios secretos españoles acusaron al exbanquero Mario Conde de la filtración. También en el caso de Bárbara Rey estuvo, supuestamente, involucrado, aunque queda claro que el propio CESID (hoy CNI) hacía un seguimiento y grababa conversaciones sobre las relaciones de don Juan Carlos.

Además de doña Sofía, el chivo expiatorio de la relación con Marta Gayà fue Sabino Fernández Campo, que acabó siendo sustituido como jefe de la Casa Real por Fernando Almansa, acólito de Mario Conde. Después de ese verano tumultuoso, Marta Gayà dejó de aparecer en las primeras planas de la prensa. Ella vive actualmente a medio camino entre su piso madrileño, su apartamento en Palma y sus viajes por América y las Islas Griegas. Le gusta mucho el mar, como a don Juan Carlos, con el que nunca ha perdido la amistad. Amistad que sí perdió Enrique VIII con la muerte prematura de Juana Seymour, a quien siempre llevó en el recuerdo hasta en el día de su muerte. Fue enterrado junto a un estandarte con el nombre de su verdadero amor.

BÁRBARA REY: DEPOSITARIA DE INTIMIDADES

La vedette murciana Bárbara Rey es la que más se parece a la Ana Bolena de Enrique VIII. La relación más tórrida, sí, aunque por suerte la actriz no ha acabado sin cabeza.

Bárbara Rey no vive hoy sus mejores momentos. La relación con Juan Carlos I comenzó a principios de la Transición. Se hicieron amigos por medio de Adolfo Suárez, otro amigo de la entonces vedette en una etapa en la que ella apoyaba al líder de UCD. La relación, iniciada a comienzo de los 80, continuó de manera intermitente a lo largo de muchos años. Hasta que un buen día, en junio de 1994, don Juan Carlos de manera sutil le hizo saber que la historia había acabado. Pero la presentadora de televisión disponía de todo un arsenal de grabaciones y fotografías obtenidas en varios encuentros. Por alguna razón desconocida, la vedette siempre había tenido la afición de dejar constancia de las conversaciones privadas con sus parejas.

La discreción nunca ha sido nunca uno de los mejores atributos de Juan Carlos de Borbón, y con su supuesta amante hablaba sin tapujos de todos sus problemas, incluyendo aspectos íntimos sobre la reina y el golpe militar del 23-F. Durante esos años, parece que Bárbara Rey recibía de los fondos reservados del Ministerio del Interior unas atribuciones de entre uno y dos millones de pesetas, pero según algunas fuentes podrían ser más. Más tarde, los agentes del CNI le abrieron una cuenta bancaria en el Kredietbank de Luxemburgo, donde ingresaron 26’3 millones de pesetas, según publicó Ok Diario. Sin embargo, los ingresos se cortaron cuando la relación se interrumpió. Fue cuando ella intentó llegar a un acuerdo indicando que tenía material gráfico y audiovisual que podía comprometer al rey.

Esta fue una relación discontinua, de más de una década de duración, en la que la pasión se impuso por encima de otros sentimientos y de la que muchos han intentado sacar provecho. Como la que mantuvieron Ana Bolena y Enrique VIII. Fue tan tórrida que llevó al rey a romper con la Iglesia católica para poder casarse con ella. Eso sí, cuando Enrique VIII descubrió sus infidelidades no dudó en pedir su cabeza.

OLGHINA DE ROBILANT: «NO PUEDO CASARME CONTIGO»

«Surgió un flechazo entre compañeros de mesa. Me enamoré como una colegiala. Era una relación alegre, simpática, sin pretensiones, sin compromisos». Así definió la condesa Olghina Nicolis de Robilant su sonadísimo romance que, con una fuerte carga sexual, tuvo durante cuatro años. Fue la Catalina Howard de don Juan Carlos: esplendorosa, vivaz, risueña, con un largo historial de relaciones. Fue una relación de locura la vivida con don Juan Carlos durante los años 50 y 60, a medio camino entre Italia y Estóril (Portugal).

Aquella relación, que para todos los círculos reales españoles no era la adecuada, tuvo otra historia paralela. La oficial. La de las relaciones entre el heredero al trono español y la hija de María Gabriela de Saboya, hija del exiliado Rey de Italia Humberto II. «Sabes que estoy enamorado de ti como de ninguna otra chica hasta hoy. Pero sabes también que, por desgracia, no puedo casarme contigo. Debiendo, por tanto, escoger, creo que Gabriela es la más conveniente», llegó a declarar por carta don Juan Carlos a Olghina. Unas misivas que la propia Olghina vendió en 1984 al editor del grupo Zeta, el ya fallecido Antonio Asensio. El editor catalán paró su publicación durante algunos años tras una audiencia con el Rey en el Palacio de la Zarzuela. Sin embargo, al menos, parte de ellas salieron a la luz en Interviú en 1988.

Con 25 años, Olghina se convertía en madre soltera para escándalo de la familia y, especialmente, de su madre, que no paró hasta conseguir la custodia de su nieta Paola. Nunca ha revelado el nombre del padre, aunque en 1989 el semanario Oggi publicó declaraciones suyas asegurando que el progenitor era el Rey de España. Olghina lo desmintió tajantemente. Casi cinco siglos después, esta italiana de la dolce vita, también adelantada en su tiempo, gozó de una existencia parecida a la de Catalina Howard. Sin embargo, la condesa Olghina hubiera acabado en algún cadalso u hoguera inquisitoria de haberse relacionado con Enrique VIII.

GABRIELA DE SABOYA: EL PRIMER DESTELLO

Se asemeja a la última mujer de un ya enfermo Enrique VIII, Catalina Parr, ya que fue el amor más bucólico, la relación más discreta de don Juan Carlos, al igual que la de Enrique VIII. Una relación muy semejante en momentos de su vida muy diferentes. La relación que mantuvo el rey de España con Gabriela de Saboya también se produjo años previos a su matrimonio con doña Sofía. Fue un periodo de efervescencia amorosa de don Juan Carlos.

«Juan Carlos era muy simpático. Yo lo quería mucho. Íbamos al cine y al casino los domingos. Él no pasaba mucho tiempo en Portugal porque estudiaba en el Palacio de Miramar (San Sebastián), pero nos escribíamos muchas cartas», llegó a declarar Gabriela de Saboya.

El entonces príncipe bebía los vientos por aquella princesa, su gran amor de juventud para muchos, aunque ella le hacía sufrir por momentos eligiendo otras parejas para los bailes. De hecho, Gabriella de Saboya, ya había flirteado con varios jóvenes sin llegar nunca a comprometerse a fondo con ninguno.

Entre don Juan Carlos y Gabriela se fue forjando un noviazgo de juventud, él tenía fotos de ella en su cuarto de la Academia General Militar de Zaragoza. Esta relación fue, con toda probabilidad, la de carácter más platónico del monarca español. «Yo no tenía ningunas ganas de casarme, ni vocación para ser reina», afirmó Gabriela. Lo que sí está claro para todos los especialistas reales es que Gabriela de Saboya era la candidata con más bendiciones de don Juan de Borbón para un posible matrimonio de su hijo, aunque encaraba toda la oposición del General Franco. El amor platónico de Gabriela de Saboya fue sustituido paralelamente por el de Olghina Nicolis de Robilant.

Información ofrecida por el diario Periodista Digital

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