VISITA DEL DEMAGOGO AL PRESIDIARIO VIOLENTO

VISITA DEL DEMAGOGO AL PRESIDIARIO VIOLENTO

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Por Pedro Conde Soladana para elmunicipio.es 

Tenga por absolutamente seguro Pablo Iglesias II que a denunciar corrupciones, tropelías e injustísimas sentencias jurídicas, entre otros asuntos de la España actual, no nos gana a muchos españoles. Así como acusar y airear la enorme putrefacción y envilecimiento de la vida pública por las castas políticas, de las que él y su heterogéneo y variopinto partido forma ya una parte. Nepotismo, recepción y origen de dineros negros, etc., hablando de cuestiones económicas; y traiciones, mentiras e incoherencias ideológicas, hablando de asuntos políticos, PODEMOS no se queda atrás en la competición con esas castas partidarias.

Pero lo que subleva de este líder de la coleta es su permanente demagogia. Sí, demagogia, ese “empleo de halagos, falsas promesas que son populares pero difíciles de cumplir y otros procedimientos similares para convencer al pueblo y convertirlo en instrumento de la propia ambición política”. El demagogo es el sempiterno estafador del “noble arte de la política”, como servicio al pueblo que le ha elegido. Tan antiguo es el estereotipo de este tipo de hombres públicos que hace más de dos mil años, en los orígenes de la llamada civilización occidental en que vivimos, los griegos, padres de la misma, encontraron la palabra y el concepto exactos para determinarlos: demagogos. ¡Cuánto tenemos que agradecer a aquellos nuestros padres civilizatorios tan feliz y afortunado hallazgo conceptual para seguir definiendo a modernos individuos con tan ancestrales malas artes! Ello deja sentado también que la Humanidad habrá cambiado mucho en las formas, en el escaparate, pero muy poco o nada en el fondo, en sus vicios y tendencias. Los demagogos existieron, existen y existirán mientras la condición humana esté asentada en la misma corruptible carne con la que nació la especie.

Todo lo anterior viene a cuento de que Pablo Iglesias II, a su salida de la cárcel después de visitar a Andrés Bódalo, el “sindicalista”, declara que éste le ha dicho más o menos que él está en la cárcel mientras los Urdangarines, Blesas, Ratos, etc., no la pisan a pesar de sus condenas judiciales. Hasta aquí, puede que tenga razón absoluta. Y digo puede porque los jueces con sus intríngulis jurídicas pueden también justificarlo, contra toda alarma social y escándalo público. Pero lo que no vale es el término de comparación ya que Andrés Bódalo no está en la ergástula o trena por robar sino por otro delito muy diferente: la VIOLENCIA. Pegó a un concejal del PSOE, que ya es un delito en sí pero lo que ya es más delito, con el agravante de cobardía, este agravante lo añado yo, es que maltratara y pegara a una mujer embarazada. Qué el más femenino de los hombres, además del más masculino, como él mismo se ha definido en alguna ocasión, lo justifique, pidiendo la libertad de tal delincuente, es como para que todas las féminas de su partido, en primera instancia y después el resto, lo echen del mismo y denuncien el falso discurso de un líder cuya mayor proyección parece estar en la coleta. ¡Qué se la corten!, ¡qué se la corten!, no como a los toreros que han cumplido su ciclo y lo hacen a petición propia, sino como a un falso lidiador de causas espurias, más amañadas que las de un toro afeitado.

Lo cierto es que no me preocupa el viejo y trillado discurso del demagogo. Es tan antiguo como la cicuta entre los venenos. Me desasosiega y me defraudan las tragaderas intelectuales de quienes le siguen y lo votan sin tomarse la mínima molestia de pasar tal discurso por el cedazo de su inteligencia. Qué no vean la incoherencia, las contradicciones, el absurdo y el desatino de la perorata y retahíla discursivas de este personaje, es como para pensar que la sociedad habrá ganado mucho desde el tiempo de los hombres de las cavernas en gastronomía, pero muy poco en la filosofía del pensamiento simple.

A este individuo se le puede aplicar una palabra que saltó hace varios años al ruedo del argot político con cierto éxito. Fue en los primeros tiempos de la democracia y, creo recordar a qué político se le atribuía especialmente por la banalidad de su discurso, muy bien y abundantemente palabreado: “cantinflización”; rememorando al gran Mario Cantinflas que tan inteligentemente remedaba a la floridamente vacía arenga de algunos políticos. Detrás de tanta hojarasca palabrera, bajo el barroquismo mitinero, hay muy poca profundidad, por no decir que ninguna, en contenidos de pensamiento; cuánto menos sobre un programa de gobierno para una nación, que no sea, en el ya conocido correlato de PODEMOS, la destrucción de la España bimilenaria para convertirla en un ente deforme y disforme en el que perdería hasta su nombre. ¿Sustituido por cuál? ¿Cómo puede pactar un comunista, supuestamente defensor de obreros y explotados, en esas inaceptables derivadas que tiene la política, con burguesías separatistas y corruptas como las vascas y catalanas, además de hacerlo con banderías criminales que en defensa de sus inentendibles causas han matado a niños, mujeres o funcionarios inocentes por el sólo hecho de ser españoles? ¿A qué Gobierno de qué España quiere llegar este individuo como Presidente del mismo? Luchar por la justicia que le falta y se le debe a un ciudadano, no le justifica a éste a unirse a cualquier asaltador de poderes y cielos que no existen. Ya sé que en el momento presente es difícil escoger entre tanta morralla; pero unirse a quien forma parte de ella es una enorme torpeza que lo pagará igual de caro. Salvo que haya llegado a ese punto de desesperación vital que le dé todo lo mismo. Ese es el momento en el que es mejor morirse; aunque no falte alguien al lado que le diga: “Pero matando”. Y eso ya entra en otro orden de cosas u cálculos.

Por tanto, éstas mis palabras anteriores van dirigidas, no a ese líder de pacotilla al que su propia condición de demagogo le impide de manera innata la reversión a un hombre de pensamiento limpio y claro, sino a aquellos ciudadanos justamente dolidos y escandalizados por la conducta mezquina, codiciosa y rufianesca del estamento político actual, que buscan justicia, decencia y dignidad, además de para sí, para esta nación en que tienen su cuna, España.

Pedro Conde Soladana

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