“El Cid era el héroe más invocado por los catalanes del XIX”

“El Cid era el héroe más invocado por los catalanes del XIX”

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Joan-Luis-Marfany-historiador

Desde hace demasiados años la historia oficial fecha la recuperación del catalanismo en 1833, cuando Bonaventura Carles Aribau publicó su «Oda a la pàtria» en El Vapor, diario en castellano defensor de los intereses proteccionistas de la industria catalana. El poema, escrito en catalán, marca el kilómetro cero de lo que se ha dado en llamar Renaixença, pero representa una mínima porción de toda una producción literaria –tan voluminosa como interesadamente desconocida– escrita en su mayoría en castellano.

ABC / Aribau era un representante de la burguesía que defendía el Madrid las leyes que salvaguardaban con aranceles el mercado textil catalán de los paños británicos. A lo largo de más de novecientas páginas y después de consultar un caudal de ensayos, novelas, archivos notariales, prensa, poesías, e himnos, el profesor Joan-Lluís Marfany (Barcelona, 1943) desmonta en «Nacionalisme espanyol i catalanitat» (Edicions 62) el mito de la Renaixença que constituye, junto a 1714, el disco duro del nacionalismo catalán.

Para el autor de «La cultura del catalanisme» (1995) la Renaixença no fue como la presenta la historiografía canónica (Soldevila, Molas, Rubió, Anguera, Lluch). Su tesis: si como aseguran los nacionalistas, la nación catalana ya existía y no se manifestaba por la imposición castellana, ¿por qué había de renacer? Argumento principal: un sector textil catalán –sinónimo de «industria nacional– omnipresente en Madrid protegerá el mercado español de aventurerismos: «Cuando se evolucione del provincianismo al catalanismo político, la burguesía solo se adhiere si se cambia el concepto “nacionalismo” por “regionalismo”, como sucederá con la Lliga de Cambó».

Habrá sin duda un antes y un después del monumental trabajo de Marfany, al que los historiadores al servicio de la causa soberanista no han podido dar una respuesta argumentada. Afirmar que «los catalanes inventaron el nacionalismo español» o subrayar la paradoja de que el regionalismo catalán no es más que una reafirmación de la españolidad adquiere un tono subversivo en pleno proceso independentista. Prueba de ello es la silenciosa indiferencia –por no decir la pereza– del aparato cultural nacionalista ante una obra refrendada por sólidos documentos históricos. La construcción de la nación española en Cataluña, señala Marfany, se remonta a la última década del siglo XVIII como respuesta a la Revolución Francesa y se consolida con la Guerra de la Independencia. Los catalanes que combaten al invasor napoleónico apelan a los mitos de don Pelayo y Numancia.

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«Leales españoles»

El patriotismo de Cataluña no muestra hechos diferenciales con otras regiones de España: «Proclamas, bandos y otros documentos invocan, repetidamente “la Nación” y “la Patria” y si en algún caso este segundo término puede hacer referencia a Cataluña –o a alguna de su ciudades y pueblos–, nada indica que sea en detrimento de la patria española que es sinónima de nación». El particularismo reafirma el sentir español. La expresión «esforzados catalanes» de las arengas contra el francés revela una forma de sentirse «sinceros y leales españoles».

Si la Constitución de 1812 rubrica la nación española liberal, con el trienio de 1820 el concepto de Nación se consolida. Sea desde el poder establecido o en las revueltas o «bullangues» del liberalismo revolucionario, la retórica es inequívocamente española. Diarios como El Vapor o El Catalán reiteran en la guerra contra el carlismo las referencias a la historia de España. Las poesías publicadas en la prensa barcelonesa y los opúsculos arrojan una estadística que destaca Marfany: «El Cid, Pelayo y Padilla o su pendón continúan siendo los héroes más invocados, el tándem Numancia-Sagunto, los hechos más citados, además de los diversos episodios de la Guerra de la Independencia».

Los hombres de la denominada Renaixença –Aribau, Piferrer, Milà i Fontanals– eran españoles fervientes: «El momento histórico en que se supone que comienza la Renaixença es exactamente cuando el proceso diglósico alcanza su cénit, sus promotores son exactamente los mismos que protagonizan la supuesta Renaixença”, apunta el historiador. El castellano es la lengua de ascensión en la escala social. Un callista se anuncia en un diario de Barcelona de 1840 como «callista español».

A Marfany le parece un escándalo que el mito de la Reinaxença se haya mantenido sin tocar una coma. Tras una década de investigación, proseguirá en otro volumen su consulta exhaustiva de fuentes documentales. El periodo histórico de 1789 a 1859 «ha sido invadido y ocupado por una corriente historiográfica de inspiración nacionalista que no sólo no tiene escrúpulos en poner la historia al servicio de su causa política, sino que parece convencida de que esta es su principal función», advierte.

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