JOSÉ ANTONIO, FRANCO Y EL VALLE DE LOS CAÍDOS

JOSÉ ANTONIO, FRANCO Y EL VALLE DE LOS CAÍDOS

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Valle_de_los_Caídos

Por José María García de Tuñón Aza para elmunicipio.es

Andan las aguas revueltas y los pescadores intentan que alguien muerda el anzuelo para después, desde el punto de vista político, como si fuera un salmón del Sella, poder subastarlo. Es decir, sacan los restos de Franco de la tumba que ocupa ahora y, a continuación vociferaran, lo que ellos creen que ha sido una hazaña, por los cinco continentes como si hubieran obtenido una victoria sobre el dictador, pero una vez muerto éste, eso sí. Olvidando, además, que ellos fueron lo que perdieron la guerra.

A mí, particularmente, me tiene sin cuidado que saquen sus restos de la tumba que ocupa ahora y los lleven a donde quieran. Tiene familia y seguidores que son, si les interesa, lo que tienen que defender que los restos del dictador sigan en donde están. Por mi parte no moveré un dedo para que no los saquen de la basílica de El Valle de los Caídos. No es un asunto que me incumba ni me preocupe. Incluso, pueden tener razón los que piden sacar los restos del dictador, ya que es el único que no murió en el campo de batalla. Sin embargo, sí me molesta que la golfería, los que muerden como perros de presa, nos quieran cambiar la Historia. Comienzan ésta en el punto que a ellos les interesa y no es así. Aquí hubo una guerra, así tituló también un libro mi querido amigo Enrique de Aguinaga, pero no surgió de manera espontánea ni tan siquiera porque un general, en este caso Franco, que fue el último en incorporarse a otros generales conspiradores, quisiera meter a los españoles en ella. La verdadera Historia es otra muy distinta a la que estos falsificadores de la misma, a estos incultos, quieren enseñar a los españoles que no la vivieron, que ya somos la inmensa mayoría..

No nos quieren contar, los manipuladores, cómo llegó la II República a España. En primer lugar por unas elecciones municipales, que encima ganaron los monárquicos y después los caciques de turno, haciendo uso de malas artes proclamaron la II República, que no entraba en la votación, el 14 de abril de 1931. Cuando no había pasado un mes los nuevos republicanos incendian en España más de 100 iglesias y conventos. Y aquí no pasó nada porque a nadie se detiene ni se culpa. Cuenta el entonces ministro de Gobernación, Miguel Maura, que quiso sacar la fuerza pública a la calle en evitación de males mayores, a lo que el siniestro Manuel Azaña, entonces ministro de Guerra, pronunció aquella siniestra y perversa frase: «Eso, no. Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano». Azaña al que alguien lo puso como hombre muy culto, honesto intelectual y que intentó salvar a José Antonio. Pero quien esto dijo se olvidó decir a continuación lo que de él comentó el ilustre español Miguel Unamuno: «Cuidado con Azaña, es un escritor sin lectores. Sería capaz de hacer la revolución sólo para que lo leyeran». En cuanto a que intentó salvar a José Antonio no basta decirlo, hay que demostrarlo.

Después, en 1934, los republicanos, los demócratas, dicen ellos, trajeron el caos. La que es conocida con el nombre de Revolución de Asturias por ser esta región la que más sufrió las consecuencias. Según datos oficiales, produjo 1.245 muertos y miles de heridos. Entre los muertos 36 sacerdotes y religiosos. Uno de ellos un seminarista de 16 años, Alberto de la Inmaculada del convento de Mieres. Según relata el obispo Antonio Montero Moreno en su libro Historia de la persecución religiosa en España. El seminarista quiso salvar la vida acompañando a un anciano fraile. Ambos se dirigían a un pueblo cercano cuando se vieron acosados por varios pistoleros que dispararon a quemarropa sobre el joven, matándolo en el acto. A su compañero, de 71 años, le propinaron una enorme paliza de cuyas heridas tardó en reponerse.

Quemaron la Universidad de Oviedo, volaron la Cámara Santa, etc. Y lo mejor que se les ha ocurrido a los descendientes ideológicos de aquellos salvajes es conmemorar todos los años esa barbarie. Y aquí no pasa nada. Incluso la triste Pasionaria, cuenta en sus memorias, que cuando salió diputada por Asturias después de las amañadas elecciones de febrero de 1936, según el libro de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García, 1936, fraude y violencia, se presentó en la cárcel de Oviedo donde estaban todos los asesinos de aquel octubre de 1934, y gritó: «¡Camaradas! ¡Todos a la calle! ¡Todos a la calle…!». De tantos asesinos como hubo en aquella revolución, solamente dos fueron fusilados después de un Consejo de Guerra, celebrado en la capital del Principado. Posiblemente, eran los que menos culpa habían tenido. Se trataba del sargento Diego Vázquez que desertó con las armas en la mano para pasarse a los revolucionarios, y el minero Jesús Argüelles El Pichilatu que mandó el pelotón de ejecución de ocho guardias civiles.

Sin embargo, a pesar de esta «guerra preventiva», como la calificó Gustavo Bueno a la Revolución de Asturias, la izquierda no se cansa. Aprovechan cualquier ocasión para recordándonos sólo lo que a ellos más les interesa. No quieren recordar que en el Madrid rojo de 1936 hubo matanzas de gente inocente. Tengo un pariente que lo llevaron al muro en agosto de 1936 y gracias a mis investigaciones, pude localizar los nombres de sus asesinos. Terminada la guerra fueron apresados, y después de ser juzgados, fusilados. Tengo debidamente documentado todo lo que cuento. Ahora, a esos fusilamientos, llaman represión y a Franco genocida, pero si esa es su verdad, olvidan que cuando en el Madrid rojo del 36 se asesinaba, no olvidemos tampoco la matanza en la Cárcel Modelo de Madrid, donde, entre otros, asesinaron a Melquiades Álvarez, peligroso fascista. Era entonces presidente de la República Manuel Azaña y si Franco fue un genocida, por la misma razón, Azaña también.

Y ya que cito, una vez más, a Azaña, habría que recordar lo que éste le dice a su cuñado Rivas Cherif, el 17 de marzo de 1936: «Hoy nos han quemado Yecla: 7 iglesias, 6 casas, todos los centros políticos de derecha, y el Registro de la Propiedad. A media tarde, incendios en Albacete, en Almansa. Ayer, motín y asesinatos en Jumilla. El sábado, Logroño, el viernes Madrid: tres iglesias. El jueves y el miércoles, Vallecas…Han apaleado, en la calle del Caballero de Gracia, a un comandante, vestido de uniforme, que no hacía nada. En Ferrol, a dos oficiales de artillería; en Logroño, acorralaron y encerraron a un general y cuatro oficiales…Lo más oportuno. Creo que van más de doscientos muertos y heridos desde que se formó el Gobierno, y he perdido la cuenta de las poblaciones en que han quemado iglesias y conventos ¡hasta en Alcalá!». En aquella fecha, es decir, al 17 de marzo de 1936, ya habían sido asesinados 43 falangistas. Los últimos, el 16 de ese mes, en la localidad de Jumilla (Murcia), Jesús Martínez Eraso y Pedro Cutillas Sánchez.

Recientemente, se ha cantado el Cara al sol en el entierro y funeral de Utrera Molina. Los caraduras, pertenecientes a las Juventudes Socialistas de España, denunciaron ante la Fiscalía el que se cantara ese día el himno falangista porque podrían haber vulnerado la Ley de la Memoria Histórica. Los ignorantes que eso han pensado, son los herederos de aquellos de quien Indalecio Prieto, en el discurso que pronunció en el Círculo Pablo Iglesias de Méjico, el día uno de mayo de 1942, se refirió a las Juventudes Socialistas con estas palabras: «...se habían dejado adrede manos libres a las Juventudes Socialistas a fin de que, con absoluta irresponsabilidad, cometieron toda clase de desmanes [...]. Nadie ponía coto a la acción desaforada de las Juventudes Socialistas, quienes sin contar con nadie, provocaron huelgas generales en Madrid [...]. Además, ciertos hechos que la prudencia me obliga a silenciar, cometidos por miembros de las Juventudes Socialistas, no tuvieron reproche ni se les puso freno ni originaron llamadas a la responsabilidad». El periódico comunista El Mundo Obrero, el día 13 de enero de 1933 llama a los socialistas hienas y cuervos y les acusa de revolcarse en la sangre obrera derramada por ellos mismos. Y todo esto sin olvidarnos que Indalecio Prieto, dejó escrito: «Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera, de mi participación en aquel movimiento revolucionario. Lo declaro, como culpa, como pecado, no como gloria». Sin embargo los socialistas de ahora no han tenido ningún rubor en levantarle en Madrid un Monumento y dar su nombre a varias calles de distintas ciudades y pueblos de España mientras han borrado el nombre de José Antonio Primo de Rivera asesinado en 1936 y que, yo sepa, nada tuvo que ver, el que piense lo contrario que lo demuestre. En un reciente artículo publicado en la revista Altar Mayor, el autor, Honorio Feito, recoge las palabras que dejó escritas el juez que condenó a muerte al fundador de Falange, Eduardo Iglesias Portal: «José Antonio no aprobó el Alzamiento».

Ahora, hay canallas que quieren mover de sitio los restos de José Antonio. Sería la cuarta vez que los cambian de lugar. Pero no saben, que un querido amigo mío, Josele Sánchez, escribió un magnífico artículo, que apoyaron los falangistas de Falange Auténtica, donde pedía: «Libertad para José Antonio preso en la cárcel franquista del Valle de los Caídos». De todas las maneras, deseo dejar claro que no me hice seguidor de José Antonio por el lugar donde pudieran estar enterrados sus restos. Me hice porque su doctrina me ha cautivado y su forma de ser también. Su testamente, por ejemplo, es de lo mejor que se ha escrito. Hasta dos socialistas lo han reproducido en sus memorias. Y para Eugenio d’Ors «doquiera se hable o se lea el castellano, el testamento de José Antonio está ya destinado y para siempre a ser –tal es su calidad literaria– una página de antología»

Así, pues, a mí no me cabe la menor duda, José Antonio Primo de Rivera es el mejor político que dio España en el pasado siglo XX.

                                                                                                         JOSÉ Mª GARCÍA DE TUÑÓN AZA

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1 Comentario

  1. Pido disculpas a los que hayan podido leer este artículo porque por error hay un error en uno de los apellidos del juez que condenó a muerte a José Antonio. Como el lector sabe su nombre y apellidos eran Eduardo Iglesias Portal y no Eduardo Alonso Portal, como se ha publicado.

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