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El mito de la España de las Tres Culturas

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Mito Tres Culturas
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Por Jesús Laínz

En diciembre de 1998 un presidente norteamericano visitó por primera vez tierra gobernada por los palestinos. Durante el acto compartido con Yaser Arafat en Gaza, Bill Clinton puso como modelo para la convivencia en Oriente Medio a la España medieval por haber sido aquélla una era de tolerancia y convivencia que debería ser imitada en nuestros días para resolver definitivamente el sangriento conflicto árabe-israelí.

LD / La visión del presidente Clinton respondía no sólo a los tópicos románticos sobre España tan extendidos entre los compatriotas de Washington Irving, sino también, y sobre todo, al pensamiento dominante en el multicultural Occidente de nuestros días. Además, todo ello suele ir acompañado de la pintura de los cristianos con los oscuros colores de la intransigencia y la barbarie y de los musulmanes con los luminosos de la tolerancia y la cultura.

Esta interpretación del pasado medieval español está muy arraigada tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. El último ejemplo de ello nos lo está ofreciendo precisamente en estos días Elizabeth Drayson, profesora de la universidad de Cambridge que acaba de publicar el libro The Moor’s Last Stand: How Seven Centuries of Muslim Rule in Spain came to an end, centrado en la conquista de Granada y la figura de Boabdil, el último rey nazarí:

Hoy, Boabdil representa una última resistencia contra la intolerancia religiosa, el poder fanático y la ignorancia cultural; su entrega de la ciudad y reino de Granada simbolizó la pérdida de la fecunda creatividad intercultural, renovación y convivencia nacidas de la conquista musulmana de España.

¿Concuerda esta visión con los hechos? El primer dato que salta a la vista es que la palabra que mejor resume los ocho siglos de presencia musulmana en suelo español es reconquista. Pues, desde Guadalete hasta Granada, los habitantes de la piel de toro fueron incansablemente de batalla en batalla hasta que uno de los contendientes se impuso definitivamente sobre el otro. No por casualidad España, con sus varios miles de castillos, torres, ciudadelas y otras fortificaciones, es la primera potencia mundial en este tipo de construcciones. Como resumió el egregio medievalista Claudio Sánchez-Albornoz, «lo español nació no de la cópula sino de la batalla entre islamismo y cristiandad en nuestro suelo». De este simple dato se infiere que la coexistencia en un mismo territorio no significó convivencia, por mucho que las palabras se parezcan.

España, como territorio de herencia racial europea, cultural romana, religiosa cristiana y política goda, pudo haber desaparecido para siempre en el año 711. Si así hubiera sido, hoy no se llamaría España sino Al Ándalus, y formaría parte de la comunidad islámica de naciones junto con Libia, Egipto y Pakistán.

Evidentemente, el contacto durante siglos de estas dos comunidades religiosas, más la judía, produjo un trasvase cultural notable que ha dejado huellas indelebles en nuestra cultura, lengua e historia, pero no puede olvidarse que todo ello se produjo en el marco de un enfrentamiento bélico permanente que implicó violencia, intolerancia y compartimentación de la sociedad, y que sólo terminó con la derrota total de los musulmanes.

Al igual que las naciones balcánicas, que tuvieron que sacudirse el dominio otomano para conservar su carácter europeo, España –concepto que en este contexto incluye, naturalmente, a Portugal– es la única nación de Europa Occidental voluntariamente europea. Las demás no pudieron no serlo. Pero España, como territorio de herencia racial europea, cultural romana, religiosa cristiana y política goda, pudo haber desaparecido para siempre en el año 711. Si así hubiera sido, hoy no se llamaría España sino Al Ándalus, y formaría parte de la comunidad islámica de naciones junto con Libia, Egipto y Pakistán.

La clave del enfrentamiento fue, evidentemente, el infranqueable abismo religioso que separó a musulmanes, cristianos y judíos. Dicho abismo, que nunca se cerró en los largos siglos de reconquista y que, lamentablemente, sigue muy lejos de cerrarse en todo el mundo un milenio después, había comenzado a abrirse bastante antes del salto del Estrecho por Tarik. Pues durante el reino visigodo fueron promulgadas numerosas leyes contra los judíos, considerados el pueblo deicida, por las que se les prohibía el ejercicio de su religión, se limitaban sus derechos civiles y procesales, se les prohibían la circuncisión y sus costumbres festivas o alimentarias e incluso se ordenaba su expulsión o esclavitud.

Pero a comienzos del siglo VIII desembarcaron las tropas de Tarik, así descritas en la Crónica General de España de Alfonso X el Sabio:

Las sus caras de ellos, negras como la pez, el más hermoso de ellos era negro como la olla, así lucen sus ojos como candelas (…) La vil gente de los africanos que no se distinguen por su fuerza ni por su bondad, y todos sus hechos hacen con arte y engaño.

A partir de aquel momento, aparte del continuo batallar, el destino de los cristianos en territorio musulmán y el de los musulmanes en territorio cristiano, así como el de los judíos en cualquier sitio, fue el de súbditos de segunda, víctimas de todo tipo de discriminaciones legales y expuestos a los incontrolables desmanes populares.

Las leyes musulmanas prohibían a sus fieles vivir en comunidad con cristianos y judíos, considerados «gentes viles», o sacrificar reses para ellos, o comprar sus ropas, o vestir como ellos, o servirlos para darles masajes o sujetarles el estribo. Los musulmanes disfrutaban de derechos y estaban exentos de obligaciones que les distinguían de cristianos y judíos, carentes de los primeros y sujetos a las segundas. Estos derechos y estas exenciones fueron, además, el principal motivo de conversión para muchos que desearon mejorar sus condiciones de vida.

Un ejemplo del siglo XII, el Tratado del juez Ibn Abdun:

Debe prohibirse a las mujeres musulmanas que entren en las abominables iglesias, porque los clérigos son libertinos, fornicadores y sodomitas (…) No deben venderse ropas de leproso, de judío, de cristiano, ni tampoco de libertino, a menos que se haga conocer al comprador el origen (…) No deberá consentirse que ningún judío ni cristiano lleve atuendo de persona honorable, ni de alfaquí, ni de hombre de bien; al revés, habrán de ser aborrecidos y huidos (…) Tampoco se les saludará con la fórmula «La paz sea sobre ti», porque constituyen el partido de Satán (…) Deberán llevar un signo por el que sean conocidos, para humillarlos (…) Lo mejor sería no permitir a ningún médico judío ni cristiano que se dedicase a curar a los musulmanes, ya que no abrigan buenos sentimientos hacia ningún musulmán, y que curen exclusivamente a los de su propia confesión, porque a quien no tiene simpatía por los musulmanes, ¿cómo se les ha de confiar sus vidas?

Junto a la discriminación religiosa no hay que olvidar el prejuicio racial, pues los musulmanes de estirpe árabe no dejaron nunca de subrayar su superioridad no sólo sobre los mozárabes, de estirpe hispano-romano-goda, sino también sobre los bereberes, musulmanes como ellos pero tenidos por casta inferior. Así lo explicó el eminente arabista francés Lévi-Provençal:

Hasta los últimos días del reino de Granada, la proclamación de la ascendencia puramente árabe continuó siendo en la Península la única prueba reconocida de la verdadera nobleza de sangre.

En el lado cristiano las cosas no fueron muy distintas, incluso durante el reinado que suele presentarse como la cima de la llamada España de las Tres Culturas, el de Alfonso X. Pues en sus Siete Partidas, entre otros muchos preceptos, se estableció para judíos y moros la incapacidad para atestiguar en juicio contra cristianos, así como la de tener siervos o empleados cristianos, bajo pena de muerte. El proselitismo de la fe judaica estaba castigado con la muerte, igual pena que la que recibía el cristiano que se convirtiese al judaísmo, mientras que la situación opuesta, la del judío convertido al cristianismo, estaba permitida. También se establecieron una serie de reglas sobre la vida cotidiana, como la prohibición para los cristianos de comer o beber con los judíos, de beber vino hecho por judíos, de bañarse en compañía de judíos o de recibir medicina o purga hecha por judíos. Éstos, además, tenían que ir en todo momento identificados como tales mediante alguna señal cierta sobre sus cabezas, bajo pena de multa o azotes. La situación religiosa de los musulmanes fue aún más grave, pues quedaron prohibidas las mezquitas y el culto musulmán en público. Al hecho de que un cristiano adoptase la fe musulmana se le consideraba locura y era castigado con la muerte:

Ensandecen a veces los hombres, que los hay que pierden el seso y el verdadero conocimiento; como hombres de mala ventura y, desesperados de todo bien, reniegan de la fe de nuestro señor Jesucristo y tórnanse moros.

En cuanto a las relaciones entre los sexos, se estableció la pena de muerte por apedreamiento para el moro que yaciera con cristiana. Y para ella también. En cuanto a la pena para el judío que yaciera con cristiana, se establecía también la muerte, mientras que para la cristiana que yaciera con judío la pena era «que se dé a todos».

Por otro lado, no hay que olvidar que la España medieval se caracterizó por las continuas matanzas de judíos tanto en el lado cristiano como en el musulmán, sobre todo, en este último caso, tras las invasiones almorávide y almohade. La más importante en suelo cristiano fue la de 1391, año en el que fueron asesinados miles de judíos por toda España. Y el aumento de la hostilidad antijudaica acabaría desembocando en la expulsión de 1492.

Si bien, a diferencia de las otras dos comunidades, los judíos no figuraron en ningún momento ni lugar como casta dominante, también marcaron distancias con los enemigos de su fe. Todos los pensadores, poetas y escritores judíos de aquellos siglos –Yehuda Halevi, Josef Hacohen, Ibn Gabirol, Maimónides– se consideraron desterrados en España y sólo concibieron como su patria la tierra de Israel. Hacohen, descendiente de judíos huidos en 1391, calificó a España como «aquella tierra que Yahvé maldiga». Yehuda Halevi, considerado el mayor poeta de la diáspora, estuvo obsesionado toda su vida por la idea de la vuelta a la patria perdida, sintiéndose ajeno a la España que le vio nacer.

Mi corazón está en Oriente y yo en el extremo de Occidente. ¿Cómo voy a saborear lo que como? ¿Cómo disfrutarlo? (…) ¡Poca cosa es a mis ojos abandonar todos los bienes de España mientras que para ellos es precioso ver el polvo del santuario en ruinas!

En cuanto a Maimónides, consideró a cristianos y musulmanes, lógicamente, como sus enemigos, y también como animales carentes de alma a los que se podía violar y matar sin cometer pecado por tratarse de «naciones muertas» frente a la naturaleza angelical del pueblo elegido.

Tras la reconquista llegó la repoblación, proceso multisecular que llevó a los cristianos desde el Cantábrico hasta Gibraltar expulsando en su camino a sus enemigos. Un solo ejemplo: la arriba mencionada Crónica General de Alfonso X, escrita en aquellos mismos días por los protagonistas de los hechos, nos dio cuenta del vaciamiento de Córdoba y Sevilla tras su conquista por Fernando III. Como excepción, en el reino de Valencia permaneció una numerosa población rural musulmana sobre todo en las comarcas montañosas del interior, población que no desaparecería hasta su expulsión definitiva por Felipe III.

El simple hecho de que las poblaciones judías y moriscas continuasen existiendo como comunidades separadas –y discriminadas– hasta su definitiva expulsión prueba que la fusión que hoy se desea con efectos retroactivos nunca existió, al menos a gran escala.

Evidentemente, el tema es inabarcable en unas pocas páginas, pero sirvan estos breves párrafos como introducción para seguir tirando del hilo.

Artículo de Jesús Laínz publicado en el diario LD

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