Homenaje a Stanley Payne. Por Arnaud Imatz

Homenaje a Stanley Payne. Por Arnaud Imatz

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Por Arnaud Imatz

Pour ceux qui lisent l’espagnol :

Merci de bien vouloir trouver, ci-dessous, mon article-hommage : « Stanley G. Payne en Francia: un prestigioso historiador víctima de la omertá durante 45 años / Stanley G. Payne en France : un historien prestigieux victime de l’omertà pendant 45 ans ». Ce texte a été publié dans La  Albolafia : Revista de Humanidades y Cultura (revue de l’Institut des Humanités de l’Université Rey Juan Carlos) : http://www.albolafia.com/ultnum.html

Il s’agit d’un numéro spécial intitulé : « Stanley G. Payne : Perfiles de un hispanista » (11 extra – juin 2017), en hommage à l’hispaniste américain à l’occasion de sa nomination au titre de docteur honoris causa de l’Université Rey Juan Carlos. Outre le discours du récipiendaire, il contient les articles-hommages des historiens : Luis Palacios Bañuelos, Yolanda Casado, Pedro González Cuevas, Arnaud Imatz, Luis (Pío) Moa, Xavier Moreno Juliá, Roberto Muñóz Bolaños, Manuel Pastor, etc.

En raison de l’intérêt suscité par ce numéro spécial de La Alfolabia consacré entièrement à l’œuvre de Stanley Payne, les textes qu’il contient feront très prochainement l’objet d’un livre.

Stanley Payne en Francia: un prestigioso historiador víctima de la omertá durante 45 años

Los universitarios acostumbran rendir homenaje al método científico, a la tradición de rigor, honestidad e integridad. Sin embargo  no todos respetan los valores y los ideales que pregonan. Hannah Arendt deploraba que las personas más fácilmente sobornadas, aterrorizadas y sumisas eran los profesores, los escritores y los artistas. Casi todos los historiadores, sociólogos, politólogos y economistas declaran sin ambages apreciar y promover el debate. Desgraciadamente, un buen número solo finge esta adhesión al intercambio de ideas. ¿Cuántos autollamados “investigadores” pretenden apreciar la discusión o la controversia, pero a partir de la posición “solo nosotros aportamos argumentos racionales o pertinentes, solo nuestra palabra es legítima”, lo que equivale a negar toda posibilidad de debate? ¿Cuántos seudo-académicos pretenden monopolizar la palabra haciendo uso espurio de argumentos supuestamente “científicos”, lo que les coloca fuera de la auténtica  investigación e in fine, fuera de todo debate democrático?  

¡Ay ¡ de aquel iconoclasta que en nombre de la investigación desinteresada se atreve a cuestionar las ideas dominantes, las verdades oficiales, camufladas en consenso corporativo. Razón de más para estimar, valorar y admirar a los universitarios que, en todos los lugares y en todas las épocas, respetan su ética profesional. Y precisamente por eso se debe elogiar a Stanley Payne, cuya obra honra al mundo universitario.

Hace pocos años, a raíz de la publicación de La Guerre d’Espagne. L’histoire face à la confusion mémorielle (2010), versión francesa de 40 preguntas fundamentales sobre la guerra civil (2006), la Revue Française de Science politique, saludaba “la obra de uno de los más importantes especialistas en la materia”. El autor de la amplia recensión subrayaba con admiración el “estilo directo y conciso”, la “erudición”, el “rigor” y la “notable neutralidad” del profesor americano. Pero quizás el signo más revelador de la buena acogida dispensada al libro, no solo por el gran público sino también por los historiadores y politólogos profesionales, haya sido su inscripción en la “Geografía de los conflictos, CAPES/AGREG[1] 2012 Bibliografía para los Historiadores y Geógrafos”.

Resultaría aburrido citar todos los artículos, reseñas, notas y comentarios publicados con esta ocasión. Bastará con elegir unos cuantos ejemplos. Pero antes conviene preguntarse ¿por qué un prestigioso historiador como Payne ha permanecido silenciado e ignorado durante cuarenta y cinco años en Francia? ¿Cómo es posible que durante tanto tiempo ninguna obra suya haya sido publicada en el Hexágono, mientras sus trabajos eran reconocidos y traducidos no solo al español (por supuesto), sino también al italiano, al alemán o al japonés, por nombrar algunos ejemplos? Contestar adecuadamente implica reflexionar, aunque brevemente, primero, sobre lo que ha sido la hegemonía cultural en Francia después de la Segunda Guerra Mundial y, segundo, sobre la relación de la ideología dominante con la manera de escribir la historia en general y la historia de la guerra civil española en particular.

Una mirada rápida sobre algunos mitos de la cultura francesa

El Estado francés no es neutral, y en esto no difiere de otros Estados. No lo ha sido durante el Antiguo Régimen y tampoco después de la Revolución. Se ha puesto de moda en el Hexágono la llamada “déconstruction” del “roman national” (“déconstruction” por no decir “destruction” traducción más correcta de la palabra destruktion utilizada por el alemán Heidegger). Pero paradójicamente no todos los mitos históricos han sido “desconstruidos”. Algunos perduran inviolables. Son pillares de una nueva historia ficción basada en el “vivre-ensemble”, en la “coexistencia pacífica”, en suma en la negación de la realidad. He aquí unos ejemplos: Legiones de maestros, profesores y periodistas franceses suelen repetir que la Revolución francesa fue “el gran acontecimiento fundador” de la modernidad democrática a nivel planetario. En realidad, hay que tener una ignorancia supina o profunda mala fe para identificar las ideas de democracia, de liberalismo, y derechos humanos con las ideas de 1789; ó peor, con las de 1793. Esto implica silenciar una cadena de fechas históricas cruciales como las Cortes de León (1188),  Cortes Catalanas (1192), Carta Magna de Inglaterra (1215),  Bula de Oro de Hungria (1222),  Pacto federal de Suiza (1291),  código general del rey Magnus Erikson de Suecia (1350), Federación holandesa (1579),  Petición de Derechos de Inglaterra (1628), el Mayflower Compact de los Padres Peregrinos de Norteamérica (1620),  Declaración de derechos o Bill of Rights de Inglaterra (1689),  Declaración de Independencia de los Estados unidos de América (1776), Constitución de Estados Unidos (1789), etc. Tantas y tantas fechas que no indican rupturas sino etapas de una progresiva evolución.

Basta echar un vistazo a la historia reciente para romper otro mito básico de la cultura política francesa moderna. Según el chauvinismo “progresista” galo, la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 se inspiró directamente en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Pero la realidad es otra: las aportaciones a dicho texto internacional han sido múltiples. La historia de la Declaración de 1948 nos descubre que numerosas personalidades provenientes de Australia, Canadá, Chile, China, Estados-Unidos, Francia, India, Filipinas, Reino Unido y Unión Soviética  intervinieron activamente en su concepción. Y nos revela, además,  que en los debates en el seno de la Comisión y el Comité encargados de la redacción se  manifestaron profundas y contradictorias filosofías e ideologías. En el consenso alcanzado se impusieron finalmente las concepciones occidentales, liberales e individualistas. Pero no se debe ocultar que no solo los marxistas (adversarios unánimes de los “derechos formales”, “individualistas” y “burgueses”) sino las figuras cumbres de la intelectualidad de la época, Gandhi, Harold Laski, Teilhard de Chardin, Benedetto Croce, George Gurvitch, Aldous Huxley, Emmanuel Mounier, de R.P. McKeon, E.H. Carr y Luc Somerhausen, por citar algunos, se mostraron severos, críticos, y muy alejados de la corrección política actual.

Tercer mito: la República francesa. Hace más de un cuarto de siglo que la clase u oligarquía político-económico-mediática parisina celebra el culto de los “valores republicanos” oponiéndolos a diario al lema “trabajo, familia y patria” del oprobiado Estado de Vichy.  Sin embargo los “principios inmortales” fundadores de la República francesa (sucedáneos laicistas y francmasones de los “valores eternos” cristianos) que son la Libertad, la Igualdad, la Fraternidad, el civismo, el patriotismo, la laicidad[2] y el mérito se ven pisoteados a diario por los valores modernos que son el individualismo, el hedonismo, el consumismo, el multiculturalismo y los derechos del hombre. ¿Qué significa entonces honrar los valores de la República francesa? ¿A caso será honrar los valores de la Primera República (1792-1799) que era autoritaria y dictatorial, por no decir genocida, en el caso paradigmático de la Vendée[3]? ¿Será honrar la Segunda República (1848-1852) cuyo preámbulo de la constitución se redacto “en presencia de Dios” y basándose sobre “la familia, la propiedad y el orden público”? ¿Será honrar a la Tercera República “progresista” (1870-1940) que era jacobina-centralista, anticlerical, anticristiana, laicista, materialista, nacionalista, racista[4], colonialista, guardián de la familia, adversaria del aborto, o  protectora de la mano de obra nacional contra la inmigración extranjera? ¿Será honrar los valores de la Cuarta República (1946-1958) marcada por la inestabilidad, el imperio de la corrupción, y el desastre de las guerras coloniales? ¿Será honrar los valores de la Quinta República (1958-) fundada por De Gaulle, cuya constitución ha sido luego alterada y revisada más de veinte veces? ¿Sera, por fin, honrar los nuevos valores republicanos forjados e impuestos a partir de los años 1990 por la “elite” política partidaria de la mundialización? Esto es un debate tan crucial como embarazoso para la nomenclatura político-económico-cultural del Hexágono. Por lo tanto no debe uno sorprenderse de que los trabajos de los historiadores universitarios franceses que tocan temas sensibles incurran en el riesgo de caer en saco roto.

Ahora bien, con el  paso del tiempo las modas políticas ó, dicho de otra forma, lo políticamente correcto, evoluciona y se transforma de manera a menudo imprevisible. Muchísimos acontecimientos han ocurrido en la vida cultural y académica francesa desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Y bastantes pueden servir de punto de referencia para mostrar los recientes cambios ideológicos que se han producido en la sociedad y la oligarquía gala. 

El fin de la hegemonía cultural marxista y “progresista” en la Universidad francesa

En víspera de la conmemoración del bicentenario de la Revolución francesa (1789-1989) las investigaciones y reflexiones de una pléyade de historiadores universitarios desvelo todo lo que la historiografía oficial (jacobino-marxista) se había encargado de ocultar hasta entonces. Los historiadores de la Revolución que sentaban cátedra eran Aulard, Mathiez, Soboul y Lefèbvre[5]. Todos veían en la Revolución francesa la primera etapa de un proceso cuyo fin era la Revolución soviética de 1917. Todos legitimaban la ecuación jacobino-bolchevique. Todos presentaban ambas Revoluciones como auténticos fenómenos de masas pasando por alto que la Revolución francesa había tenido como “actores activos” menos de 50 000 sans-culottes parisinos y 80 000 aprovechados de los biens nationaux y que la Revolución bolchevique había sido el putsch o golpe de Estado de una minoría (ni siquiera el 1% de la población).

En los años 1945-1950 el primer partido de Francia era el Partido comunista (con 26 a 29% de los votos en las elecciones). Luego, poco a poco el PCF, partido abiertamente estalinista, perdió gran parte de su fuerza. Pero todavía en los años 1960-1975 el marxismo, en su versión leninista, trotskista, cubana ó maoísta, seguía siendo la ideología dominante de la Universidad francesa. Era la época en que se repetía “más vale estar equivocado con Sartre que tener razón con Aron”, fórmula que ilustra a la perfección los valores de buena parte de los universitarios e intelectuales de entonces; una corporación que se reconocía y se legitimaba a sí misma.

El populismo gaullista[6] ocupó el poder político durante diez años pero sin estar jamás en condiciones de alterar lo más mínimo el poder cultural de la izquierda marxista. Esta lucha por cierto no interesaba a la mayoría del pueblo, que seguía viviendo ignorándola olímpicamente. Sin embargo, en 1989, la fuerte contestación intelectual del fenómeno revolucionario sorprendió por dos razones. Primero, porque ocurrió bajo el mandato del socialista Mitterrand (1981-1995) a pesar de toda la propaganda gubernamental. No se debe olvidar que gran parte de la élite político-intelectual procedía de la contestación del 68. Era, como explicó Pier  Paolo Pasolini, la punta de lanza “progresista” que se encargaba de destruir los valores aborrecidos por el neo-capitalismo: la tradición, el sentido de lo sagrado, el arraigo, la identidad histórico-cultural, y el lazo orgánico con la comunidad de valores y de hombres.

La segunda causa de asombro fue que la contestación de 1989 se desarrolló esencialmente en los círculos académicos involucrando a profesores republicanos muy alejados de los medios monárquicos. Ni el protestante, republicano y gaullista, Pierre Chaunu, autor de Le Grand déclassement. À propos d’une commémoration (1989), ni el social-demócrata, antiguo comunista, François Furet, autor de Penser la Révolution française (1978) eran sospechosos de simpatías reaccionarias, ni tampoco, por supuesto, el nutrido grupo de universitarios franceses y anglosajones (como Aftalion, Cobban, Crouzet, Forest o Richet) que contribuyeron a hacer el balance definitivo y aterrador del periodo revolucionario.

La muerte de la escatología sovieto-leninista iba a causar extravíos irreparables a la historiografía social-marxista. El muro se resquebrajó y al final se desplomó. Antes del bicentenario, Solzhenitsin ya había desenmascarado 1917 con El archipiélago del Gulag (París, 1973). Pero a pesar de ello a la hora de la caída del Muro de Berlín (1989) y del bloque soviético aún abundaban los mitos sobre la revolución rusa. Dos obras francesas contribuyeron a rematar la faena, Le passé d’une illusion. Essai sur l’idée communiste au XXe siècle, de François Furet (1995) y Le livre noir du communisme, obra colectiva dirigida por Stéphane Courtois (1997). Estos dos autores levantaron encarnecidas polémicas; pero una vez calmados los odios y abandonadas las violencias psicológicas, nada volvería a ser igual. Al cabo de más de cuarenta años, la hegemonía de la historiografía marxista en la Universidad francesa pasó a la historia.

Otra dominación ideológica la sustituyó: el progresismo mundialista, mezcla de multiculturalismo, individualismo y neocapitalismo (la alianza del liberalismo libertario con el neocapitalismo)[7], pero éste apenas duró veinte años. Pronto la nueva ideología dominante de la clase política, económica y mediática entro en competencia con la ideología mayoritaria del pueblo, la del arraigo o apego al modo de vida solidario y fraternal. Un indicador de la violencia del nuevo conflicto pueblo / oligarquía ha sido la publicación del panfleto de Daniel Lindenberg Le rappel à l’ordre: Enquête sur les nouveaux réactionnaires (2002), libro de un antiguo marxista convertido al progresismo mundialista, que no dudo en establecer la lista negra de los intelectuales franceses críticos del pensamiento único con el propósito inconfesado de desencadenar contra ellos un linchamiento mediático.

Tal era el contexto histórico-cultural francés, descrito por supuesto a muy grandes pinceladas, cuando salió la edición francesa del libro de Payne. Me atrevería a decir que, mutatis mutandis, y por supuesto sin tener que afrontar las terribles diatribas e insultos padecidos por sus colegas franceses, Stanley Payne desempeño en Francia con La guerre d’Espagne. L’histoire face à la confusion mémorielle, un papel liberador de la palabra, emancipador contra el terrorismo intelectual, parecido al que desarrollaron en su momento Chaunu, Furet, Courtois y otros. Dicho de otra forma, el público culto francés tuvo que esperar hasta 2010 para que otro “lugar privilegiado de la mentira y de la manipulación”, como decía Pierre Chaunu[8], fuera descubierto y revelado con el rigor y el método científico necesario, sin caer en la facilidad engañosa de la exageración para la “buena causa”. Payne tuvo así el inmenso merito de abrir los ojos al público culto francés. Logro desmitificar la guerra civil española de una manera tan completa y definitiva como lo habían hecho sus colegas historiadores franceses más destacados con la Revolución francesa y la Revolución bolchevique.

Los avatares de la historiografía de la “guerre d’Espagne” en Francia

Pero para entender las diferentes dimensiones de tal acontecimiento hay que recordar lo que ha sido la historiografía francesa sobre la guerra civil española durante más de 70 años. La “guerre d’Espagne”, como dicen los franceses, fue uno de los grandes conflictos del siglo XX que más han dividido la opinión pública del Hexágono. Durante siete décadas, los numerosísimos libros publicados en Francia sobre el tema fueron unánimemente favorables al bando republicano o frente-populista (con la excepción marginal de tres ó cuatro títulos). En su inmensa mayoría estas obras se inscribieron en el registro de la política en lugar de en el campo de estudio de la historia. Eran contrapartidas de las obras escritas “en caliente” por actores o simpatizantes del bando franquista, como Joaquín Arrarás o Robert Brasillach. No es de extrañar, dada la presencia y la actividad militante y/o docente de los exiliados y de sus descendientes, particularmente numerosos en Francia. Así, la Société des hispanistes français, creada en 1962, nació de la voluntad expresa de unos profesores “antifranquistas”, militantes o simpatizantes de las izquierdas comunista-estalinista, trotskista, socialista, socialdemócrata, anarquista y liberal-jacobina. Paradigmático es el caso del comunista, Manuel Tuñon de Lara, que fue profesor de Historia de España y de literatura española en la pequeña universidad de Pau a partir de 1965, y director del Centro de Investigaciones Hispánicas de dicha institución a partir de 1970.

En los años sesenta, cuando la gran mayoría de los escritores cedía a la tentación de la historia partidista, algunos historiadores del área anglosajona desarrollaron un primer gran esfuerzo de síntesis crítica y objetiva. Dos de sus obras traducidas al francés han sido muy resistentes a los daños del tiempo. La primera, publicada con regularidad desde entonces es La guerre d’Espagne de Hugh Thomas, revisada en sucesivas ediciones. El autor ha evolucionado desde un socialismo favorable a Largo Caballero, al neoliberalismo thatcheriano, pasando por una marcada simpatía por Azaña. Pero a pesar de sustanciales deficiencias y carencias documentales, sigue siendo una obra clásica muy apreciada por el público francés. La segunda, es El gran camuflaje, obra de un ex corresponsal de guerra en la zona republicana: Burnett Bolloten. Un libro imprescindible para entender las luchas en el campo republicano muy severo con la actitud de los comunistas. Su publicación en París se retraso hasta 1977. Debido a la hostilidad de la intelectualidad marxista y criptomarxista y a pesar de un título francés, menos comprometido, La Révolution espagnole: La Gauche et la lutte pour le pouvoir, paso casi desapercibido. Ninguno de los otros autores relacionados con la tradición historiográfica anglosajona de la Guerra civil, como Raymond Carr, Gabriel Jackson, Edward Malefakis, Herbert Southworth, Gordon Thomas, Max Morgan-Witts o Anthony Beevor, consiguieron salir del estrecho círculo  de los llamados “especialistas” o “expertos”[9].

A decir verdad, los principales historiadores del tema reconocidos o aceptados por la Universidad francesa fueron tres franceses: el comunista Pierre Vilar (vice presidente de la asociación France-Cuba), autor del librito La guerre d’Espagne (1986) publicado significativamente en la colección, recomendada para estudiantes, Que sais-jey los trotskistas Pierre Broué y Émile Temime, autores de La révolution et la guerre d’Espagne  (1961 reeditado en 1979 y 1996). Pero aqui se deben también mencionar los libros de Jacques Delperrié de Bayac, Les Brigades internationales (1968), Maryse Bertrand de Muñoz (La guerre civile espagnole et la littérature française, 1972), Carlos Serrano (PCF et guerre d’Espagne, 1987), François Godicheau (La guerre d’Espagne. République et Révolution en Catalogne, 2004 et La guerre d’Espagne : de la démocratie à la dictature, 2006), sin olvidar los recuerdos del comunista, Jean Ortiz  (Rouges vies : mémoire(s), 2013).

Con el paso de los años, la mayoría de las izquierdas francesas han asumido su relación con el capitalismo o la economía de mercado mientras el grupo cerrado de universitarios especialistas de la guerra civil se ha mantenido sumiso al marxismo cultural. Las obras de estos autores, abiertamente hostiles al dialogo con los representantes de la historia supuestamente “derechista, reaccionaria o fascista”, han sido aburridamente repetitivas. Carecieron de rigor y de equilibrio y en el fondo no pasaron de ser obras semi-militantes o semi-cientificas. Protegiendo celosamente sus “querencias” profesionales, estos “especialistas” han sido muy poco proclives a promover la traducción de las obras de sus colegas españoles a pesar de que estos tuviesen las mismas convicciones que ellos. Santos Juliá, Francisco Espinosa, Alberto Ruiz Tapia, Enrique Moradiellos, Juan Pablo Fusi, Javier Tusell, y tantos otros, siguen totalmente desconocidos en Francia fuera de pequeños cenáculos.

Durante los años 1980-2010, la guerra civil española ha sido también motivo de unos cuantos coloquios que organizaron o auspiciaron varias universidades, particularmente en Perpiñan (1989), Clermont Ferrand (2005), Nantes (2006) y París (2006), pero eso siempre con la intención inconfesada de debatir “entre nosotros” o “entre sí mismos” y no con el “otro”, el sujeto de oprobio.

En realidad, sobre el tema de la guerra civil, los únicos historiadores franceses de renombre, que se han esforzado con cierto éxito por aproximarse a la objetividad (sin pretender por eso a una total imparcialidad) han sido, Guy Hermet (La guerre d’Espagne, 1989) y Bartolomé Bennassar (La guerre d’Espagne, 2004) este último, admitiendo honestamente su simpatía por Manuel Azaña. Una actitud poco común que les valió por supuesto la crítica de varios colegas proclives a la historia militante.

Sobra decir que todos los trabajos de los autores españoles que simpatizaron con cualquiera de las tendencias del bando nacional[10] (liberales, radicales, agrarios, monárquicos conservadores, liberales o carlistas, nacionalistas y falangistas) han sido siempre desdeñados o violentamente criticados. Así fueron sucesivamente silenciados, declarados “ensayistas mediocres” o desechados de un plumazo, Vicente Palacio Atard, Carlos Seco, Ricardo de la Cierva, Jesús y Ramón Salas Larrazábal, José Manuel Cuenca Toribio, José María Marco, Manuel Alvarez Tardío, José Manuel Martínez, José María Gárate Córdoba, César Vidal, Javier Esparza, Ángel David Martín Rubio, Alfonso Bullón de Mendoza, Luis Eugenio Togores y, por supuesto, Pío Moa,  sin que el gran público francés pueda jamás juzgar por su cuenta[11]. En el caso de Pío Moa, debido a sus impresionantes éxitos editoriales, la prestigiosa editorial parisina Tallandier decidió comprar los derechos de  Los mitos de la guerra civil. La traducción fue encargada al hispanista de renombre Pierre Rigoulot y a su mujer (Pierre Rigoulot, es un especialista del marxismo y un crítico renombrado del totalitarismo, ha sido maoísta y miembro del Comité directivo de los Temps Modernes de Sartre y Beauvoir en su juventud). Se anuncio la publicación con su ISBN para 2006, el 70 aniversario de la guerra civil. Pero se aplazo una y otra vez; y finalmente, debido a disuasivas presiones, la editorial tuvo que renunciar.

Un año despues, en 2007, la misma editorial Tallandier publicaba un libro menos comprometedor: La guerre d’Espagne, l’Histoire, les Lendemains, la Mémoire: Actes du colloque Passé et actualité de la guerre d’Espagne, 17-18 novembre 2006. Se trata de una obra colectiva, nacida de las Actas de un coloquio organizado por (entre otros), “Los amigos de los combatientes en la España republicana”; una obra dirigida por el comunista Roger Bourderon[12], y precedida por el discurso de apertura de la socialista, alcaldesa de París (entonces vice alcaldesa), Anne Hidalgo.

Por el contrario, los libros complacientes o mínimamente comprensivos con el bando nacional han sido escasísimos por no decir inexistentes. Un caso atípico es el libro de los cuñados, Robert Brasillach y Maurice Bardèche, Histoire de la guerre d’Espagne, publicado en 1939. Se trata de un libro-reportaje para militantes cuyo interés es más literario que histórico. Pero quizás dos escritores y periodistas, merecen una mención particular, por sus intentos de neutralidad,  Jean Descola y Philippe Nourry. Varias décadas después, Sylvain Roussillon, aparentemente alentado por Bartolomé Bennassar, publico Les “Brigades internationales” de Franco (2012) y Christophe Dolbeau, Ce qu’on ne vous a jamais dit sur la guerre d’Espagne (2010).

En 1989 y en 1993, gracias a la ayuda de mi difunto maestro,  Pierre Chaunu, publiqué La guerre d’Espagne revisitée en la editorial Economica, especializada en la edición de trabajos universitarios. Pierre Chaunu era Miembro del Institut de France. Hispanista renombrado por su monumental obra, Séville et l’Atlantique (VIII tomos, 1960) es uno de los más importantes historiadores de la Universidad francesa del siglo XX, como sus colegas Febvre, Bloch, Braudel o Duroselle. Chaunu me animó a dar la palabra, por primera vez, a algunos historiadores y politólogos españoles condenados, censurados y odiados por “el lobby de los hispanistas franceses militantes”, como los llamaba con humor, a sabiendas que esto iba a ser motivo de consternación y de ira para muchos de ellos.

Mi temprano encuentro y mi tardío reencuentro con Stanley Payne

Mi primer encuentro con Stanley Payne se remonta a la casual pero atentísima lectura de su Phalange. Histoire du fascisme espagnol. Payne había defendido su tesis doctoral sobre “La Falange” en la Universidad de Columbia, en la primavera de 1960 y su texto había sido editado un año después por la Stanford University Press. En 1965, la editorial, Ruedo Ibérico, editorial de los exiliados republicanos en París (1961-1982), se encargo de publicar las traducciones españolas y francesas.

Diez años después, me toco buscar un tema para mi tesis de doctorado de Estado de ciencia política (un doctorado suprimido y reemplazado en 1984 por la “habilitación” por considerarse demasiado “elitista”). Leí Phalange. Histoire du fascisme espagnol en 1973, que me pareció un modelo de historia científica y a continuación Antifalange, obra del periodista y polemista, apasionado por la historia, Hertbert Southworth,  Los dos libros habían sido publicados en 1965 y 1967 por la editorial, Ruedo Ibérico, dirigida por el anarquista y marxista, José Martínez, pero, como buen producto de la Universidad francesa, en aquella época consideraba este dato como garantía de originalidad y creatividad.

Sin embargo, siendo un espíritu independiente, y habiendo fortalecido mi espíritu crítico con la docencia de mis mejores maestros universitarios, adquirí enseguida las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera. Había tenido como profesores a la flor y nata de la Universidad francesa, académicos herederos y deudores de la prestigiosa École de Bordeaux capitaneada por el decano Léon Duguit. Ellos supieron inculcarme para siempre que en las ciencias sociales, el debate contradictorio y la libre discusión son consustanciales. El libro imprescindible de Jean-Louis Loubet del Bayle, Les non-conformistes des années 30. Une tentative de renouvellement de la pensée politique française (1969), sobre los jóvenes intelectuales franceses contestatarios de los años 1930[13], me ayudo a reflexionar y a tomar distancia con la tesis reductora del supuestamente “fascismo joséantoniano” expresión radical, o extraña y sofisticada, de un modelo genérico e internacional de fascismo. Tome conciencia de que el pensamiento político de Primo de Rivera había sido muchísimo más próximo al nuevo humanismo cristiano de los no conformistas franceses de los años treinta que del de cualquier otra corriente político-cultural de la época. En otras palabras, se encontraba muchísimo más cerca de los no conformista franceses – y también del Fianna Fail del irlandés Eamon de Valera, como lo demostró luego la historiadora americana Adriana Inés Pena – que del pensamiento de los autores conservadores-revolucionarios alemanes (1918-1932), encontrándose por otra parte el pensamiento de estos últimos muy alejado del de los principales doctrinarios del nacionalsocialismo hitleriano y del fascismo mussoliniano[14].

Pero esto dicho, debo subrayar que sigo endeudado y agradecido a Stanley Payne por haberme incitado a elegir el tema de mi tesis: La pensée politique de José Antonio (1975)[15]. Recuerdo que tenía dos opciones. Podía seguir ahondando más en el pensamiento de las figuras cumbres de la Escuela de Salamanca, en particular Vitoria y Suárez, temas de mis tesinas, o podía dedicarme al estudio de la Prensa española en vísperas de la Transición, a sugerencia de mis profesores. Al final, la lectura de La Falange de Payne fue determinante. Su obra me ayudo a despertar su interés y convencer a mi director de tesis. Ninguna otra elección hubiese sido probablemente más acertada. Defendí mi tesis, en noviembre 1975, ante un tribunal compuesto por cinco especialistas en derecho, ciencia política, economía e historia[16]. Me fueron concedidas la calificación summa cum laude (“mention très honorable”) y las unánimes felicitaciones del jurado con una propuesta de edición. Añadiré que a su vez influencie y alenté a mi director de tesis, Dmitri Lavroff, catedrático de derecho constitucional y futuro Presidente de la Universidad de Burdeos, a interesarse más por la vida política española, lo que le llevo a actuar como consejero técnico en la redacción de la Constitución española de 1978.

Más adelante me aparte del mundo académico para ocupar funciones en la diplomacia, siendo miembro del gabinete del Secretario general de la OCDE y su secretario particular al final de su mandato. Pasaron muchos años, pero nunca deje de interesarme por los trabajos de Stanley Payne. Nuestras vidas iban a cruzarse pero solo a finales de los años 2000. En 2009, acabada la lectura de 40 preguntas fundamentales sobre la guerra civil, sentí una profunda indignación ante el muro de silencio que rodeaba la obra de Payne en Francia. Jure hacer todo lo posible para acabar con esa aberrante situación. Tome contacto con Renaud Escande, director literario de la prestigiosa editorial parisina, Le Cerf, que había dirigido la obra colectiva Le livre noir de la Révolution française en 2008. Propuse redactar una presentación de Payne y de su obra para el público francés y revise enteramente la traducción. El manuscrito francés definitivo fue leído por Stéphane Courtois, famoso director de “Le livre noir du communisme” quien lo acepto entusiasmado dándole el número 25 en su colección Démocratie ou totalitarisme. Con la publicación de La Guerre d’Espagne. L’histoire face à la confusión mémorielle, Stanley Payne dejo de ser el caso vergonzoso del profesor americano de renombre internacional victima en Francia de la ley del silencio.

La recepción del libro La Guerre d’Espagne. L’histoire face à la confusion mémorielle

En 2010, a pesar de los muchos libros ya editados el público francés no tenía aún un panorama completo reciente escrito por un verdadero experto, es decir, por un historiador reconocido internacionalmente y cuya vida estuviera dedicada a la investigación y la enseñanza. El libro de Payne iba a colmar tal vacío.

La Guerra Civil Española ha sido presentado como un enfrentamiento entre el fascismo y la democracia, una lucha de los pobres contra los ricos, una revolución colectivista en contra del capitalismo reaccionario, una lucha de la civilización occidental contra la barbarie comunista, una cruzada cristiana contra el Anticristo, una guerra de liberación nacional contra el imperialismo extranjero (soviético-alemán o italiano), un preludio de la Segunda Guerra Mundial o un duelo entre el totalitarismo de izquierda y el autoritarismo de la derecha. Pero para Stanley Payne, todos estos puntos de vista opuestos son esquemáticos e incompletos. Para explicar los orígenes y las causas de los conflictos, a menudo se ha subrayado el entrelazamiento de los problemas estructurales, coyunturales y políticos exclusivamente. Es evidente que la situación de un país en desarrollo, con las condiciones de vida deplorables de casi dos millones de trabajadores agrícolas y cuatro millones de trabajadores urbanos, fue perjudicial. Los efectos negativos de los años de depresión no podían facilitar el juego de la democracia. Pero dicho esto, no es fácil demostrar que los factores estructurales y cíclicos determinaron el curso de los acontecimientos. La clave para la caída final, subraya Stanley Payne, se encuentra más bien en la incapacidad de los partidos políticos para resolver los problemas de la época. Los problemas más importantes, los más decisivos, se vieron más perjudicados por la dinámica específica de los principales partidos políticos y los errores de sus dirigentes que por los factores estructurales y coyunturales.

La guerra civil no era inevitable. No fue el producto exclusivo del rechazo de la reforma por las derechas. No fue el resultado de los activistas violentos de todas las tendencias. Los factores fundamentales, precisa Stanley Payne, fueron la rigidez del conservadurismo de la CEDA, la debilidad del centro liberal-democrático (el Partido Radical de Alejandro Lerroux fue desacreditado por unos escándalos financieros que hoy en día serían juzgados de escasa importancia), la insistencia de los republicanos de izquierda en buscar la unidad con la izquierda revolucionaria en lugar de buscar una alianza con el centro liberal, la radicalización o “bolchevización” del Partido Socialista, y por último, los errores terribles de dos líderes principales: Niceto Alcalá Zamora y Manuel Azaña.

Un punto es claro: en 1936, nadie creía en la democracia liberal, tal como existe hoy en España. El mito revolucionario, compartido por toda la izquierda fue el de la lucha armada. La democracia liberal era vista únicamente como una forma para lograr sus fines: el Estado socialista. Tampoco creía en la democracia la izquierda republicana, dogmática y sectaria, dominados por la personalidad de Manuel Azaña que se había comprometido en el levantamiento socialista de 1934. Los nacionalistas del PNV (Partido Nacionalista Vasco) y ERC (Esquerra Republicana de Cataluña) perseguían sus propios objetivos que no eran ni la revolución social ni la democracia, sino la autonomía más amplia o la independencia de sus territorios. La CEDA, que había defendido la estricta ley y el orden republicano de 1933 a febrero de 1936, deseaba luego un levantamiento militar. En cuanto a los monárquicos de Renovación Española, los falangistas y carlistas, evidentemente no creían en la democracia liberal. Básicamente, dice Stanley Payne, “el único partido que había defendido durante la República, sin pensarlo dos veces, la democracia, fue el partido republicano radical“, pero después de las elecciones de febrero de 1936 no representaba nada.

De hecho, los republicanos dieron un golpe contra la monarquía en 1930, los anarquistas se lanzaron a tres levantamientos contra la República en 1931, 1932 y 1933, un pequeño grupo de conservadores hicieron un intento de golpe militar en agosto de 1932 y, finalmente, los socialistas se rebelaron contra el gobierno de la República, del radical Alejandro Lerroux, en octubre de 1934. Con el apoyo de toda la izquierda, la insurrección socialista se planteó como una guerra civil para establecer la dictadura del proletariado. No era la primera etapa de la guerra civil, pero sí el primer asalto amenazador, el primer intento serio de destruir la República. La gravedad de los acontecimientos de 1934 fue subrayada por autores tan diversos como Jackson, Ramos Oliveira, Sánchez Albornoz o Brenan.

El resultado de las elecciones de febrero de 1936 nunca fue publicado oficialmente. El Frente Popular asumió el poder después de la primera vuelta sin esperar a la segunda como requería la ley. Más de 50 actas de derechas fueron invalidadas y sistemáticamente asignadas a la izquierda[17]. El Presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, fue destituido ilegalmente. El terror se impuso en las calles, causando más de 300 muertos en tres meses. En julio de 1936, la oposición al Frente Popular estaba siendo eliminada.

Abundan las interesantes y rigurosas perspectivas, demostraciones y conclusiones en La Guerre d’Espagne. L’histoire face à la confusión mémorielle. Los datos de Payne no engañan y los medios de comunicación que informaron a raíz de la publicación de su obra en París no se equivocaron respecto a esto. Los comentarios fueron casi unánimemente positivos y calurosos. No faltaron por supuesto las inevitables plumas agresivas de historiadores militantes o simpatizantes de la extrema izquierda. Otros  prefirieron mantener un silencio sepulcral[18]. Estos no perdonan al profesor americano su sinceridad y su ponderación: “Me había educado, escribe Payne, siguiendo la interpretación habitual y políticamente correcta de la España contemporánea, según la cual la derecha era inicua, reaccionaria y autoritaria, mientras que la izquierda (a pesar de ciertos excesos lamentables) era fundamentalmente progresista y democrática. Mi investigación sobre los procesos revolucionarios registrados en España me condujo a conclusiones bastante diferentes, poniendo de manifiesto que la izquierda no era necesariamente progresista ni desde luego democrática, sino que en realidad, en la década de 1930, había ocasionado un retroceso de la democracia relativamente liberal instaurada entre 1931 y 1932[19].

Tampoco le perdonan su voluntad de apertura y equilibrio que le llevo a decir de Pio Moa: “discrepo con varias de sus tesis” pero “Lo fundamental es más bien que su obra es crítica, innovadora e introduce un chorro de aire fresco en una zona vital de la historiografía contemporánea española anquilosada desde hace mucho tiempo por angostas monografías formulistas, vetustos estereotipos y una corrección política dominante desde hace mucho tiempo. Quienes discrepen con Moa necesitan enfrentarse a su obra seriamente y, si discrepan, demostrar su desacuerdo en términos de una investigación histórica y un análisis serio que retome los temas cruciales que afronta en vez de dedicarse a eliminar su obra por medio de una suerte de censura de silencio o de diatribas denunciatorias más propias de la Italia fascista o la Unión Soviética que de la España democrática”[20].

Y menos aún soportan que siendo fiel a sus ideales de independencia y de libertad de expresión se haya atrevido a decir: “Lo peor de la llamada “memoria histórica no es la falsificación de la historia, sino la intención política que contiene, su pretensión de fomentar la agitación social”[21]. En resumen, los adversarios de Payne lo condenan de manera irrevocable por haber contribuido decisivamente al derrumbe de la interpretación “oficial”, mítica e idílica según la cual los “buenos” republicanos defendían la legalidad, la libertad, la democracia, la emancipación de los trabajadores y las modernizaciones de la sociedad española, frente a los “malos”, nazi-fascistas, golpistas, violentos y explotadores.

Pero lo más alentador es que las críticas exageradas contra la obra de Payne no hayan tenido eco alguno en Francia. Por el contrario la recepción de su obra ha sido sumamente favorable. He aquí una breve selección de textos, escogidos entre decenas de reseñas y notas, que lo puede demostrar.

– « Payne reduce a nada la tesis de la izquierda liberal según la cual el bando republicano solo era la punta de lanza de la república democrática y burgués” Books Magazine, 1 de noviembre de 2010. 

– “Un libro que hay que leer para ampliar su enfoque […]. El autor rechaza el maniqueísmo que hace de este conflicto un enfrentamiento entre buenos republicanos y malos franquistas, […] muestra que la crueldad y la barbarie, pero también el heroísmo y el honor han sido la prerrogativa de los dos bandos”. Paul-François Paoli, « La Guerre d’Espagne revue et corrigée », Le Figaro Littéraire, 9 de diciembre de 2010.

– “Uno de los mejores especialistas de la Guerra civil […] un historiador con visión equilibrada y desapasionada”. Jean Sévillia, « La guerre sans pitié », Le Figaro Magazine, 31 de diciembre de 2010.

– “[…] al historiador no le corresponde juzgar ni militar sino intentar explicar y hacer que se comprenda. Stanley Payne lo logra admirablemente”. B. Pellistrandi, Histoire du christianisme, enero – febrero 2011.

– “Uno de los mejores especialistas del tema, ofrece al público francés un patrón de lectura riguroso de la tragedia […] una obra de una densidad e importancia excepcional”. Ph. Conrad, Nouvelle Revue d’Histoire, enero – febrero 2011.

– “[Stanley Payne] da nuevas claves de comprensión del conflicto […] contesta de manera desapasionada y sistemática a las preguntas más polémicas. Un libro útil”. La Revue parlementaire, 29 de marzo de 2011.

– “Una de las mejores historias de aquel conflicto […] una visión rigurosa y equilibrada”. Valeurs Actuelles, Focus Histoire, 31 de marzo de 2011.

– “Es imposible exagerar la importancia de este libro. Un maestro indiscutible de la historia hispánica injustamente desconocido en Francia”. P. Bérard, Le Bulletin des Lettres, 1 de abril de 2011. 

– “Se debe saludar la iniciativa de la editorial Le Cerf de publicar la síntesis de un especialista ilustre” G. Vergnon, L’Ours, 1 de abril de 2011.

– “Por fin una obra sobre la guerra de España que permite escapar de la leyenda y del sectarismo persistente. Hay que agradecer las Ediciones Le Cerf y Stephane Courtois de haber tenido el valor de romper el muro de silencio y de la complicidad que parecía indestructible” H. Benoît, La Nef, 1 de abril de 2011.

– “[…] uno de los mayores especialistas extranjeros de la guerra civil española. Una aportación extremadamente rica”. Catholica, 5 avril 2011.

– “El testamento de una vida consagrada al estudio de la España del siglo XX […] Francia lo tenía ignorado hasta hoy. Razón de más por leer esa summa sobre la guerra de España. Un historiador esencial […]” J.-L. Pouthier, Études – Revue Culturelle Contemporaine, mayo 2011.

– “Payne nunca se lanza sin tener buenas cartas cuando hace hechizo con las ideas preconcebidas”, Historia, nº 773, mayo 2011.

– “El profesor americano Stanley Payne es un historiador internacionalmente renombrado […]. Desprovisto de todo espíritu polémico, solo se preocupa de restablecer la realidad de los hechos […]. He aquí un libro indispensable. Y.-H. Aillard, Politique Magazine, mayo 2011.

– “Este libro, primera traducción en lengua francesa de los trabajos del historiador americano Stanley Payne está llamado a ocupar un lugar preeminente entre los títulos generalistas disponibles en Francia sobre la guerra civil española […] uno de los más importantes especialistas del tema”. J.-E. Serrano, Revue Française de Science Politique, Vol. 61, nº4, agosto 2011.

He tenido personalmente el placer y el honor de escribir lo que opino de Payne y de su obra en el prefacio de La guerre d’Espagne. L’histoire face à la confusion mémorielle. Pero el lector me perdonara si aprovecho la circunstancia para ratificar en español lo dicho en francés. “Stanley Payne sabe que la importancia de una contribución a la historiografía de la República y la Guerra Civil española no se debe tanto a la función del investigador como a la calidad del historiador. Él sabe que es ridículo afirmar que uno puede descubrir nuevos datos fundamentales en un terreno en que legiones de autores han trabajado durante décadas. Pero tiene una gran ventaja: su rigor y honestidad intelectual. Gracias a ellos, ofrece a sus lectores una visión imparcial, equilibrada y desinteresada, evitando caer en el academicismo o en el conformismo; expone y refuta las interpretaciones cuestionables sin caer en la caricatura o la crítica injusta. Sus errores son raros. Nunca pierde la compostura, nunca se aparta de una cierta reserva anglosajona. Si el espíritu crítico y la empatía parecen contradictorios para algunos, él es capaz de conciliarlos. Aquí, todo es una cuestión de grado, de matiz, de discernimiento, de buen sentido y honestidad. El profesor Stanley Payne: ¡Un gran historiador! ¡En su especialidad, el mejor hispanista del cambio de siglo!

Arnaud Imatz

[1] En Francia, la agregación (AGREG) es la oposición para el acceso a la condición de profesor de la enseñanza pública del Estado.

[2] La laicidad francesa no se entiende como la lucha bimilenaria de la Iglesia para evitar la instrumentalización de la religión e impedir la sacralización del Estado sino como la lucha bicentenaria del Estado para liberarse de toda influencia de la Iglesia.

[3] Sobre el “populicidio” de la Vendée, véase los trabajos de Reynald Secher.

[4] No se debe olvidar que el paradigma racial republicano francés tiene sus raíces en la cultura filosófica del Siglo de las Luces (siglo XVIII) y en la del principio del siglo XIX. Diderot, d’Alembert, Voltaire, el Baron d’Holbach y los sansimonianos no creían en la igualdad de las razas. El paradigma racial estuvo presente en la ideología republicana francesa durante casi un siglo (1850-1940). Lo defendieron personalidades de izquierdas entre las más prestigiosas del mundo académico de la época (Véase los trabajos de Claude Blanckaert, Alice L. Conklin y Carole Reynaud-Paligot). En cuanto al antisemitismo, se sabe que impregnaba sobradamente las mentalidades de los dirigentes del movimiento socialista francés tanto a finales del siglo XIX como a principios del siglo XX (Véase las investigaciones y obras  de Marc Crapez, Zeev Sternhell, Pierre-André Taguieff y  Michel Winock).

[5] Entre sus discípulos recientes se puede citar al marxista Michel Vovelle y al robespierrista Jean-Clément Martin.

[6] A principios del siglo XXI, Charles de Gaulle ha venido a ser una especie de icono oficial de la historia de Francia. Su figura está a menudo instrumentalizada por sus enemigos de ayer (los de derechas como los de izquierdas). Por eso se debe aclarar lo que era realmente el Presidente de Gaulle y el gaullismo en los años 1960. El pensamiento político de De Gaulle quería reconciliar la idea nacional con la justicia social. Según él, no se podía amparar realmente la libertad, la justicia social y el interés del pueblo sin defender simultáneamente la soberanía y la independencia política, económica y cultural. De Gaulle encarnaba la versión francesa del nacional-populismo. Pasión por la grandeza de la nación, resistencia a la hegemonía americana, elogio de la herencia de la Europa blanca y cristiana, inmigración selectiva, reivindicación de la Europa de las naciones de Brest a Vladivostok (el eje Madrid-París-Moscú), aspiración a la unidad nacional, democracia directa (referendos de iniciativa popular), desprecio por la partidocracia, antiparlamentarismo, populismo, “ordo-liberalismo”, planificación indicativa, asociación capital-trabajo (es decir participación de los trabajadores en los beneficios de la empresa, difusión de la copropiedad y cogestión de la empresa), promoción del regionalismo y mano tendida a los países en desarrollo; tal era la esencia del gaullismo. El gaullismo de Charles De Gaulle era una de las versiones contemporáneas de la derecha social y popular, muy próxima a la izquierda nacional. Era un modelo de tercera vía. Interpretaba, modificaba, corregía, pero guardaba lo esencial: la alianza de la democracia directa y del patriotismo. Confieso que sin adherirme al partido gaullista he sido simpatizante de los jóvenes gaullistas entre 1966 y 1970. Con la muerte del general de Gaulle renuncie definitivamente y para siempre a toda forma de militancia política.

[7] Del espíritu sesentaiochesco no quedo nada de los intentos anarco-libertarios, trotskistas, maoístas y castristas, solo quedo el individualismo radical, el narcisismo y el hedonismo perfectamente compatibles con las exigencias del consumismo y el productivismo neocapitalista.

[8] Pierre Chaunu, Préface à Arnaud Imatz, La Guerre d’Espagne revisitée, Paris, Economica, 1993, p.V.

[9] En 2016 se publico en París una versión francesa de la obra del inglés, Paul Preston The Spanish Holocaust. Inquisition and Extermination in Twentieth Century Spain (en español: El Holocausto español : Odio y exterminio en la Guerra Civil y después). El editor parisino retítulo el libro Une guerre d’extermination: Espagne 1936-1945 para evitar polémicas sobre el uso indebido de la palabra holocausto. Pero ese nuevo título francés resume igualmente bien el contenido parcial, provocador y dogmatico de la obra.

[10] Llama la atención que la palabra española “nacional” haya sido siempre traducida en francés por “nationaliste” (nacionalista) cuando la traducción correcta de nacional es “national”.

[11] Tampoco se supo algo de los trabajos de Rafael Ibañez Hernández, Manuel Aguilera Povedano, Antonio Manuel Barragán Lancharro, Alvaro de Diego, Moisés Domínguez Núñez, Sergio Fernández Riquelme, José Lendoiro Salvador, Antonio Moral Roncal, Julius Ruiz, José Luis Orella, Fernando Paz Cristóbal, Francisco Torres, Jesús Romero Samper o Pedro Carlos González Cuevas.

[12] Historiador del PCF, Roger Bourderon es el antiguo redactor jefe de la revista de inspiración marxista Les cahiers d’histoire.

[13] Entre ellos se encontraban Robert Aron, Maurice Blanchot, Arnaud Dandieu, Daniel-Rops, Jean de Fabrègues, Alexandre Marc, Thierry Maulnier, Jean-Pierre Maxence, Emmanuel Mounier, Denis de Rougemont, etc.

[14] Las interpretaciones de Stanley Payne sobre el pensamiento y la acción política de José Antonio Primo de Rivera divergen sensiblemente de las mías. Un debate que sigue suscitando opiniones encontradas.

[15] Tesis doctoral publicada en Francia con el título José Antonio et la Phalange Espagnole (1981) y luego con el de José Antonio, la Phalange Espagnole et le National-syndicalisme (versión revisada y actualizada, 2000).  Las versiones españolas se publicaron más de veinte años después con los títulos José Antonio, Falange Española y el Nacionalsindicalismo, 2003 y José Antonio: entre odio y amor, con prefacio de Juan Velarde Fuertes, 2006, reed. 2007).

[16] Los cinco miembros del tribunal eran mi director de tesis, el profesor Dmitri George Lavroff, y sus colegas Étienne Dravasa, Pierre Lalumière, Jean-Louis Martres y Jean-Louis Seurin. La voluntad de respetar el equilibrio entre las diversas sensibilidades se reflejaba en la composición del jurado que incluía un gaullista, un liberal-conservador, un socio-liberal, un socialdemócrata y un socialista, todos profesores con probado espíritu abierto. Añadiré dos anécdotas reveladoras del ambiente de la época. En la cena que los profesores de la Facultad de Derecho y del Instituto de Estudios Políticos ofrecieron en mi honor, me enteré de que la fecha de la defensa de mi tesis había sido fijada justo al principio del año académico para evitar las habituales manifestaciones y violencias físicas de los ultras de izquierdas. Aparte de mis padres, el público del acto de defensa estaba compuesto, casi exclusivamente, por un grupo nutrido y entusiasta de estudiantes de África negra que aplaudió calurosamente no tanto al doctorando como al interés de la “Tercera vía” de José Antonio. Un buen amigo senegalés, con sentido del humor, me explicó más adelante que esto era todo un éxito debido a que en su país las autoridades tenían por regla “enviar estudiantes a Francia cuando querían marxistas y enviarlos a Rusia cuando querían anticomunistas”. A los diez días del acto de defensa, el profesor socialista, Pierre Lalumière (cuya grave enfermedad  impidió ser ministro de Mitterrand como lo iba a ser su mujer Catherine), me habló por teléfono y me invitó cordialmente a unirme con él a las filas de los socialistas

[17] En la primera versión digital de este artículo mencione 30 actas invalidadas en lugar de 50 como lo han demostrado recientemente los dos historiadores de la Universidad Rey Juan Carlos, Roberto Villa García y Manuel Alvarez Tardío, en su obra 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular (Barcelona, Espasa-Calpe, 2017).

[18] Véase por ejemplo el artículo partidista de Jean-François Delaunay. Este historiador cegado por la ideología, no duda en afirmar que “las 40 preguntas fundamentales sobre la Guerra Civil… recuerdan, en una especie de anábasis redentora, los catorce puntos justificativos de la sublevación contra la Segunda República” (Jean-François Delaunay, Miradas francesas sobre la guerra civil, Studia Historica. Historia Contemporánea. 2014, Vol. 32, p 435-450). Véase también el comunista, Jean Ortiz, quien para no irse a la zaga comenta “La reciente obra del historiador americano ultraconservador, S. Payne, recoge todos los clichés revisionistas” (“République Espagnole: la bataille de la mémoire”, Recherches Internationales, nº 89, enero-marzo 2011, p. 9-22), y el anarquista, Alain Santacreu, quien critica: “[una] obra de inspiración social-demócrata”[…] “mostrando que la “unión” ideológica contra-revolucionaria, liberal y estaliniana, se ha perpetuado toda la segunda mitad del siglo XX hasta hoy”, “[una obra] que solo tiene un objetivo, despreciar sistemáticamente al movimiento anarquista” (Alain Santacruz, “Espagne: la mémoire garottée (1)”, Contrelittérature, 26 juin 2013).

[19] Stanley Payne, España. Una historia única, 2008, p. 51.

[20] Stanley Payne, “Mitos y tópicos de la Guerra Civil, Revista de Libros, nº 79-80, julio-agosto 2003.

[21] Stanley Payne, declaración en la Inauguración del III Congreso Internacional sobre la II República y la Guerra civil, Universidad San Pablo CEU, 6-8 de noviembre de 2008.

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1 Comentario

  1. Extraordinario estudio. Documentadísimo. Toda una lección de imparcialidad y búsqueda de la verdad. Es el desnudamiento intelectual de “historiadores militantes”, parciales, sectarios… de una izquierda pagada y pegada al comunismo más rancio con la falsa vitola del recurrido progresismo, que ni caído el Muro de Berlín, que como una macrocatarata en los ojos, no dejaba ver la inmensa estafa histórica del ideario marxista-leninista-estalinista- soviético.
    Gracias, una vez más, Arnaud Imatz, por tus profundas y trabajadas investigaciones en busca de la difícil verdad de la Historia, en este caso de la de España.

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