Así torturaba el Estado Islámico en sus cárceles para niños

Así torturaba el Estado Islámico en sus cárceles para niños

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Cárcel para niños Estado Islámico

Si le preguntas por un sonido, te va a decir que recuerda el alarido de los otros niños cuando eran torturados por no saberse el Corán.

Si le preguntas por una imagen concreta, te va a hablar del codo del pequeño Omar partido en dos, de un codo que no debía de gustarle nada a los de Estado Islámico.

Si sigues por ahí preguntando y escarbando, hay momentos en los que parece que te va a decir algo tremendo de aquel confinamiento, algo que conviene medir, pero termina callando y un tanto ensimismado. Entonces, en medio del silencio, Abdsalam hace girar su cuello con un movimiento de boxeador.

De un lado al otro.

Para destensarse.

Y suena un crujido de vértebras.

Luego sigue contando

Es lo que ocurre cuando te habla un niño encarcelado por el IS. Que ya no sabes si delante tienes a un niño o -después de todo lo vivido- es un tipo mucho más viejo que tú.

«Nos levantaban a las cinco de la mañana y nos duchaban con agua fría. Así empezaban todos los días. Había chicos con 13 años allí, los que más miedo tenían. Éramos 300 niños. Yo estuve cuatro meses allí».

Se llama Abdsalam Haj Taher, es sirio, nació en el mismo pueblo que el niño Aylan (Kobane), practica la religión musulmana, es el primer refugiado menor de edad que llegó a España en la primera remesa de acogidos -justo hace un año- y su vida cambió cuando se trasladó a Alepo junto a otros estudiantes para hacer una reválida de Secundaria.

Abdsalam cuenta aquí su historia en EL MUNDO y hoy lo hará en público durante las jornadas de puertas abiertas del Tribunal Supremo. Delante de los jueces que resuelven asuntos de asilo y leen expedientes de refugiados. Delante de los tipos que en última instancia podrían decidir lo que va a pasar con él, que en enero cumple 18 años y todavía no tiene papeles en regla.

EL SECUESTRO

«Éramos 300 niños de Kobane. Regresábamos de hacer unos exámenes en Alepo en varios autobuses. Yo iba contento porque me habían salido bien. Al llegar a un puente en Manbij, los del IS nos pararon y nos apuntaron. ‘Puedo matarte’, decían. ‘Puedo tirarte por este puente hacia abajo ahora mismo. Puedo hacer contigo lo que quiera’. ‘Eres kurdo y no eres musulmán, podemos acabar contigo ahora mismo’. Así empezó el secuestro. Nosotros, en el pueblo, habíamos oído hablar de que cortaban cabezas y eso. Y entonces tuvimos miedo porque éramos niños. Yo tenía sólo 15. Era de noche».

LA CÁRCEL

«El colegio al que nos llevaron lo habían convertido en una cárcel. Te despertaban mucho antes de que saliera el sol. Un baño frío. Y te ponían a rezar. Luego te hablaban y te decían que te fueras con ellos, que si matabas a los infieles tendrías 72 mujeres para ti solo en el Paraíso, que no nos preocupáramos de este mundo. Luego nos dejaban dormir hasta las doce de la mañana. Para comer nos daban un plato para cuatro niños. Una comida muy mala y muy escasa. Eres un niño y tienes miedo, vale, pero entiendes que si tú comes mucho se lo estás quitando a un compañero… Por la tarde nos hacían leer el Corán dos horas. Había niños analfabetos que no sabían ni leer. Pero les daba igual. Si no leían, eran azotados».

LAS TORTURAS

«Siempre iban con armas y explosivos alrededor del cuerpo. Dormíamos en habitaciones de 28, pegados como… latas de sardinas [el símil se lo sugerimos nosotros y él dice que es perfecto]. Nos daban tres sacos. Uno de almohada. Otro para ponerlo en el suelo. Otro para taparnos. Aquel colegio tenía dos plantas. En la de arriba estábamos nosotros. En la de abajo, ellos. Allí tenían una habitación solo para pegar. A algunos niños les aplicaban descargas eléctricas; a otros les sentaban en una silla con las manos atadas a la espalda y con una cuerda iban tirando hacia arriba hasta que se les doblaban los brazos; luego quitaban la silla; a otros les colgaban de los pies, boca abajo, y uno hacía como si fuera un boxeador dándole a un saco; a mí sólo me pegaron… Me acuerdo de los gritos de mis amigos en las torturas. Son ruidos que no voy a olvidar. Piensas que el próximo vas a ser tú».

LA FUGA

«Me daba rabia que ellos se creyesen mejores musulmanes: el buen musulmán no mata. Por eso yo era mejor musulmán que ellos… Llorábamos. A los más pequeños les hacíamos reír para olvidar. Pensaba por las noches: ‘Me tengo que ir’. Hasta que un día les dije a los amigos: ‘Yo me voy a ir, si alguien se quiere venir… Me importa mi familia, mi vida no va ser con esta gente, tengo sueños’. Y monté un plan de fuga. Me gané la confianza de un terrorista durante semanas, era encargado de habitación, logré una llave. Fui despertando uno a uno durante la noche. Sin hacer ruidos. Acabamos en un baño que daba a un muro y por ahí escalamos los 13. Cuando llamé a mi madre con la moneda que guardaba, se le cayó el teléfono de la alegría. Pensaban que estaba muerto: ‘¿No me conoces? Soy tu hijo. Estoy fuera de la cárcel’».(…)

Amanece en Madrid. Abdsalam sigue haciendo crujir las vértebras del cuello de cuando en cuando. Pero a estas alturas de la conversación ya está menos tenso. Y ello es por dos motivos. La entrevista ha tenido lugar en el Centro de Estudios Santa Bárbara («son como mi familia») y a su lado ha estado sentado todo el rato José Manuel Pardo, su profesor de teatro: el curso pasado -ya ven- Abdsalam hizo el papel protagonista de Los miserables.

Turquía, Isla de Cos, Atenas, Macedonia, Serbia, Hungría, Austria, Alemania, España… A pie, corriendo, en barca y a oscuras, en tren, en autobús. Sin mirar atrás. Como cuando huyes del diablo.

-¿Pasaste más miedo con el IS o con la huida que vino después?

-Con las dos cosas. Me da mucho miedo el agua. Por los botes.

-¿Algo más?

-Hay una imagen. Degollaron a mi profesor de inglés. Le pararon los del IS en aquel puente. Cachearon a su hermana, sobándola bien. Él salió a defenderla. Le cortaron el cuello.

Su solicitud de estatuto de refugiado debe de estar perdida en algún cajón. Con una sola escena, el profesor de teatro nos resume el estado en que llegó Abdsalam.

Ocurrió el primer día que le conoció en clase. El profesor se puso a explicarles la respiración diafragmática y cómo hacer para tomar aire de ese modo. Entonces se quitó el cinturón con la intención de atárselo en el tórax y hacer una prueba. Cuando el chico vio aquel gesto y la correa en la mano, tuvo una sacudida.

-¿Qué le ha pasado a este chico? – preguntó luego en el claustro-. Quiero conocer la historia de este chico.Y poco a poco la fue conociendo. Y hoy mismo, sentado al lado de Abdsalam, en silencio, ha estado escuchando cosas que ni conocía.

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