Los enigmas de los “papeles de Kennedy”

Los enigmas de los “papeles de Kennedy”

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Presidente kennedy asesinado

El anuncio del presidente de Estado Unidos Donald Trump –como siempre por la red social Twitter– de que no se opondría a la desclasificación de varios millares de documentos relacionados con el asesinato de JFK ha levantado una auténtica polvareda en la comunidad de inteligencia. No faltan razones para ello.

La Razón / En el año 2007, Howard Hunt, uno de los implicados en el escándalo Watergate y antiguo agente de la CIA, falleció tras un proceso por libelo –que perdió– en el que el jurado determinó que se encontraba en Dallas el día del magnicidio presidencial y que el asesinato no era obra de un solo asesino sino de una conspiración. Por si fuera poco, los hijos del agente fallecido, Saint John Hunt y David Hunt, anunciaron que su padre había dejado grabaciones en las que no sólo se autoinculpaba del asesinato, sino que además apuntaba como implicados a Lyndon B. Johnson, el sucesor de John Kennedy, así como a Cord Meyer, David Phillips, Frank Sturgis, David Morales, Antonio Veciana, William Harvey y a un asesino francés relacionado con la mafia llamado Lucien Sarti.

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Los hijos de Hunt pusieron los materiales a disposición de «Los Angeles Times», pero el periódico determinó que no eran «concluyentes». La realidad, desde luego, es que, a décadas de distancia y a pesar de la Comisión Warren y de algunos libros notables, no son pocos los cabos sueltos relacionados con el asesinato más famoso del siglo XX. Si efectivamente Trump no se vuelve atrás y no bloquea las desclasificación de más de 3.000 documentos inéditos y unos 30.000 sólo parcialmente accesibles, cabe la posibilidad de que se confirmen o desmientan no pocas de las hipótesis avanzadas durante décadas. Por ejemplo, se podrá saber definitivamente si Lee Harvey Oswald, el supuesto asesino de Kennedy, fue o no un agente de la CIA que actuaba a las órdenes de Hunt, que mantuvo una estrecha relación con el exilio cubano y al que, al fin y a la postre, se decidió convertir en chivo expiatorio. Podría también quedar establecido si los cubanos anticastristas –un colectivo que apareció también en el escándalo Watergate o en la captura del Che– formaron parte de un supuesto operativo para dar muerte a Kennedy, al que, décadas después, se sigue culpando de la permanencia de la dictadura comunista en Cuba. Incluso podría establecerse si el crimen organizado representó también algún papel en el asesinato, como señaló en su día el capo Giancanna aunque sin que resultara claro si había actuado en venganza por la traición a las promesas de impunidad pactadas con Joe Kennedy o simplemente como parte instrumental de una conjura mucho mayor. Por ejemplo, se ha especulado mucho con la posibilidad de que Castro estuviera detrás de la muerte –una hipótesis que justificaría la invasión de Cuba por EE UU–, pero no existe ningún indicio sólido al respecto. La implicación soviética nunca ha contado con defensores de peso, siquiera porque en los últimos meses de su vida JFK se acercó extraordinariamente a Jrushov por temor a un conflicto nuclear.


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Tampoco han faltado los que han pensado que los servicios israelíes pudieron tener su parte en los hechos, dado que Kennedy se opuso frontalmente a su programa nuclear. Según esa hipótesis, los supuestos asesinos los habría proporcionado el mafioso Mayer Lansky, judío como lo era también Jac Ruby, el hombre que asesinó a Oswald sepultándolo con sus secretos. Que Kennedy no era bien visto admite poca discusión. Para la CIA era el hombre que había prometido «partirla en mil pedazos» después de considerarse engañado en el episodio de Bahía Cochinos. Para el Pentágono, se trataba del enemigo de un ataque nuclear preventivo además del presidente que ya había comenzado la retirada paulatina de Vietnam. Para los exiliados cubanos, era el culpable de su derrota. Incluso la Reserva Federal entraba en el memorial de agraviados porque Kennedy pretendía privarles de la acuñación de moneda. Si los documentos desclasificados descubrirán implicaciones de todas o algunas de estas instancias es algo difícil de saber. Sin embargo, que todas ellas –con la excepción de los anticastristas– se vieron beneficiadas por el asesinato admite escasas dudas.

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