Arriba la familia

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Familia_tradicional

Por Jorge Juan Perales

Entiendo que la familia está formada por la unión en matrimonio, libremente asumido, entre un hombre y una mujer, abiertos a la vida, que se donan en eros y en ágape, para el bien de ambos esposos y de su descendencia, compartiendo, responsablemente, sentimientos, bienes, trabajo y dificultades, en un proyecto de compromiso mutuo, de igualdad, respeto, confianza, fidelidad y lealtad. Con voluntad de continuidad sin límites, sellado por el amor que se manifiestan, que cultivan constantemente con esmero y siempre dispuestos al perdón, viviendo en una comunidad de gratuidad entre ellos y con los hijos, proporcionándose la máxima felicidad, seguridad, protección y cuidados. Manteniendo, generosamente, vínculos consanguíneos y afectivos con las personas ascendientes, colaterales y descendientes, unidos por una misma raíz de parentesco.

Todos los seres humanos tenemos, sin excepción, la condición de ser hijos. Todos los hombres tenemos la necesidad de una madre y de un padre para poder venir al mundo y además ser queridos, alimentados, educados, protegidos y defendidos por ellos en nuestros primeros años. Todos los humanos tenemos el instinto de multiplicarnos y de responsabilizarnos de nuestra prole. En lo más profundo de todo miembro de la especie humana, está grabada la prohibición de las relaciones incestuosas como Ley Natural, común a todos los hombres, dando universalidad y amparo sobrenatural a las relaciones interfamiliares.

Es en la familia, en el buen hogar familiar, en su sana convivencia, en donde el padre y la madre se encuentran con su misión vocacional íntima, públicamente expresada y libremente aceptada, en donde los hijos encuentran refugio y referencias, en donde se descubre la conciencia de la identidad propia y la de los otros, en donde se construye básicamente la persona, en donde se desarrollan las primeras y más determinantes relaciones sociales, en donde el concepto hermano cobra realidad y sentido, en donde se aprenden los más nobles valores de la vida, en donde el bien y el mal se diferencian con claridad, en donde se transmiten las tradiciones morales y culturales que conforman a los pueblos, depurándose en el devenir del tiempo, en donde se forjan las conductas que marcarán la forma del ser, del estar y del modo de comportarse en el mundo, en donde los fracasos encuentran consuelo, en donde los éxitos son compartidos, en donde la enfermedad moviliza recursos humanos de unión y sacrificio, en donde se celebra la vida y se llora la muerte, en donde los muertos siguen teniendo un lugar y un recuerdo, en donde los recuerdos importantes son más presentes que pretéritos, en donde se encuentran apoyos para seguir creciendo, en donde a los muertos se les sigue queriendo, en donde se transmite la vida trascendiendo el espacio-tiempo, en donde se vivencia que el amor es verdaderamente gratuito, permanente, auténtico y eterno.

En la familia, en el Municipio y en el Sindicato, fundamenta el nacionalsindicalismo la estructura del Estado que propugna. La familia es la célula social primordial, es la piedra sobre la que se puede y se debe edificar el Estado, que busque el bien de cada uno de los hombres libres que le integran, el bien común, a los que tiene que servir y proporcionar normas y medios que faciliten y promuevan una justicia social para todos, que tienda a la excelencia, que en su sociedad todas las familias tengan medios para ser felices, que no les falte el pan ni el techo, dentro de una Patria libre, grande y unida, abierta al mundo y solidaria con el resto de la humanidad.

Cuando las familias encuentran el sentido de su destino, que no es otro que el de forjar hombres alegres, maduros y sanos, física, emocional y espiritualmente, para sí y para el conjunto de la sociedad en la que viven. Entonces la Patria encuentra el suyo, su sentido histórico, el camino de la grandeza, el camino dinámico de superación, que transforma el presente, plenamente vivido, para el encuentro futuro con el Creador, final del destino, estando allí la libertad plena, la justicia verdadera, encontrándose allí la satisfacción eterna del deber cumplido.

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La unidad, la rica unidad, necesaria para conseguir objetivos comunes, sintiéndose todos distintos y únicos, es el fundamento de fuerza para alcanzar el destino común de los Hombres, de las Familias y de las Patrias.

El falangismo, gran defensor de la familia, es ante todo poesía, construcción, acción-trabajo y servicio, entendido éste como abnegación y sacrificio, cualidades de padres de familia que dan todo su esfuerzo por la felicidad, la salud y el bien integral de sus hijos.

En la ética joseantoniana no cabe la deserción en aquellas misiones importantes de la vida, y la familia es una de ellas, ni por impaciencia, ni por desaliento, ni por cobardía. Hay compromisos que solo pueden ser irrevocables y el matrimonio lo es.

Pero todo esto, son principios, intenciones, creencias, ideas, ideología. El falangismo no se puede ni se debe imponer, es una forma de pensar, de sentir y de ser. Tiene que conquistar revolucionariamente las voluntades de los hombres a los que se dirige, respetando su libertad, entusiasmando, argumentando, convenciendo…enamorando. Puede hacerlo, tiene en su cuerpo doctrinal, un tesoro de bondades y propuestas sólidas e inéditas, de altísimo valor, que cuando son bien conocidas y transmitidas, enganchan. Se debe debatir, analizar, elaborar propuestas, dar soluciones, desde el nacionalsindicalismo, a los conflictos personales y sociales de hoy, este de la familia me parece importantísimo.

Nunca como ahora, los ingenieros generales de los ejércitos del mal, han diseñado estrategias tan eficaces para la destrucción del núcleo familiar. Parece que van ganando, ya en España se destruye más familias de las que se forman, la gran mayoría de ellas, o no tienen hijos o solo tienen uno. Más de tres millones de españoles viven solos. El miedo al compromiso se apodera de los jóvenes, aún más si este es para siempre. Un gran número de mujeres reprimen el instinto maternal rechazando ser madres biológicas. Un gran número de hombres se esconden, se desentienden de la responsabilidad que conlleva ser padres. El miedo de los padres a ejercer la autoridad, les paraliza, ausentándose y desentendiéndose, de la educación y de la rectificación de las conductas deformadas de sus hijos. Los hijos tienen dificultades para descubrir en sus padres modelos válidos y consistentes, que les sirvan de referencias ilusionantes para sus vidas. El amor se expresa, cada vez más, solo en términos sexuales y de consumo. Se facilitan medios de ruptura rápidos, sin ofrecer alternativas de soluciones a los conflictos de las parejas y del conjunto familiar. Millones de niños han vivido la ruptura de sus hogares, estando la gran mayoría desorientados y sufriendo las consecuencias del fracaso de sus progenitores, rechazando a la familia por dolorosa. La estabilidad psicológica de las personas y de la sociedad se tambalea. La violencia y el mal trato, aparecen cada vez con más virulencia, en el seno de las familias, generalmente rotas. Las psicopatologías de etiología familiar aumentan considerablemente. Cada vez más, las autoridades del Estado sustituyen a los padres en la educación de los hijos, ganando sus voluntades para, rompiendo las conexiones familiares, sembrar en las mentes de los niños y de los jóvenes, las ideologías materialistas de género y las relativistas de la Nueva Era. Se asesina “legalmente” a los hijos antes de nacer y ahora se quiere asesinar a los enfermos “terminales” y a los ancianos “irrecuperables” antes de que sigan causando molestias y gastos económicos, y esto, dicen que es, para que no “sufran” ni ellos ni sus familiares. Se inventan estructuras de familia artificiales, cerradas a la vida y contrarias a la Ley Natural y todo esto en nombre del progreso, de la modernidad, de la tolerancia y de lo socialmente avanzado.

Decía el gran G.K. Chesterton que “quienes hablan contra la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen”. Me temo y lejos de mi la intención de desautorizar a Chesterton, Dios me libre de ello, que algunos Generales si que saben lo que hacen y para que lanzan a sus ejércitos,-soldados que normalmente no saben el objetivo real de su lucha-, a la aniquilación de la familia. Parece que van ganando, dejarán muerte y destrucción, pero no tienen la poesía que construye, ni el sacrificio que fortalece, ni la FE que lleva al triunfo final. Saben de antemano que serán derrotados, es el designio del mal. La vida no les pertenece y la familia es vida y fomento de la vida. Hay que estar en la defensa de la familia, para el Hombre y por la Patria.

Arriba la familia.

Hispaniainfo

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1 Comentario

  1. Creados por amor, somos llamados al amor. El amor es, por tanto, la vocación genuina de todo ser humano. El hombre (varón y mujer) está llamado al amor. En él se realiza plenamente. En él encuentra la verdad y, con ella, la libertad y la auténtica felicidad.
    Esta vocación tiene en el amor conyugal una de sus manifestaciones más importantes. No es algo meramente biológico sino que es la expresión de la comunión, física y espiritual, que varón y mujer se otorgan en el compromiso de amarse y de respetarse.
    El matrimonio es el “lugar” en el que esta donación mutua, en que consiste el pacto de amor conyugal, tiene su seno, es el lugar en donde se hace posible que esposo y esposa se comprometan en íntima comunidad de vida con vocación de mutuo apoyo y fidelidad.
    Aún cuando el matrimonio así entendido y vivido es en sí mismo una muestra de amor, este no se agota en los esposos. Por el contrario, su fruto natural es la familia. Varón y mujer obtienen como fruto de su amor el don precioso de los hijos, convirtiéndose así en la base de una nueva generación de seres humanos siendo, por tanto, el pilar de la sociedad futura.
    En la familia se establecen las primeras relaciones interpersonales mediante las cuales nos preparamos para formar parte de una familia todavía mayor y más compleja, la sociedad global. No obstante todo lo que somos viene marcado por nuestra infancia, por nuestra familia, por la educación que nos ha brindado y por las experiencias que junto a ella hemos vivido, no en vano es el único grupo social al que no nos brindan la opción de pertenecer.
    ¿Cuál es la misión de la familia?. ¿Cuál es su función en la sociedad actual?.
    Vivimos tiempos de confusión. Es cierto.
    Tal vez, ni mejores ni peores que otros que pasaron o que vendrán.
    Por doquier recibimos mensajes embaucadores, modernos cantos de sirena, que prometen la felicidad fácil del egoísmo hedonista.
    Es verdad. Pero no podemos, ni queremos, taparnos los oídos o inmovilizarnos dejándonos atar al mástil de la nave de la vida.
    Toda familia, cada familia, puede encontrar su misión. Porque está en ella misma.
    Efectivamente, la familia tiene la misión de ser, cada día más, lo que es en sí misma. Es decir, comunidad de vida y amor.
    La familia ha recibido la misión irrenunciable de custodiar, revelar y transmitir el amor y la vida, los valores que nos diferencian de simples mamíferos, los valores que nos convierten en lo que somos, seres humanos.
    Todos y cada uno de los cometidos que se realizan en el seno de la familia han de ser expresión de esta misión fundamental.
    Así:
    En la transmisión de la vida, fruto y signo del amor conyugal, testimonio vivo de la entrega plena y recíproca de los esposos; que no se agota en la mera procreación, sino que se amplía y se enriquece con todos los frutos de vida moral y espiritual que el padre y la madre están llamados a dar a los hijos y, por su mediación, a la sociedad en su conjunto. Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima y excelsa obligación de educarlos. Esta obligación esencial les otorga, así mismo, el derecho original y primario, insustituible e inalienable de hacerlo y que, por tanto, no puede ser ni totalmente delegado ni, por supuesto, usurpado por otros; pero que exige, por su dimensión y complejidad, la colaboración de otras instancias educativas desde el derecho inalienable de los padres a la elección de una educación conforme con sus legítimas convicciones civiles, morales y religiosas.
    En la construcción, desde el amor y para el amor, de una comunidad de personas sobre la piedra angular de la unidad indisoluble de la comunión conyugal, que se amplía en la familia a los hijos y también, lejos de las familias nucleares en boga, a los demás parientes (abuelos, tíos, primos..), haciendo de ella, mediante el ejemplo y el servicio, la primera y fundamental escuela de valores humanos.
    Como colaboradora necesaria en la construcción del mundo, haciendo posible una vida propiamente humana. Custodiando y transmitiendo los valores de entrega, servicio y respeto a la inalienable dignidad personal, que le son propios; pero, también, mediante la intervención política, entendida como servicio a la sociedad. Procurando que las leyes y las Instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y deberes de la familia y, por ende, del individuo en su auténtica dimensión de ser humano. Reclamando de los poderes públicos y de la sociedad toda el respeto al que la familia es acreedora como titular de un derecho propio y primordial que no se compadece de imposiciones contra su propia naturaleza. La defensa de los derechos de la familia, la búsqueda incansable de la justicia, la libertad y la paz para la humanidad toda, debe ser la causa de su actuación política, que tiene en la asociación con otras familias el instrumento más eficaz para su consecución.
    Finalmente, para nosotros los católicos, la familia es, en palabras del Concilio Vaticano II, Ecclesia domestica. A su modo, siendo ella misma y mediante la participación en la vida y misión de la Iglesia (Madre y Maestra), la familia colabora en la construcción del Reino de Dios en la historia.
    En definitiva, cuando es fiel a sí misma, la familia es: transmisora de vida, crisol de amor, cátedra de costumbres, instrumento de civilidad y fuente de fe y de justicia.
    Dios nos ayude a conservarla, honrarla y engrandecerla.

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