CARITAS IN VERITATE. La Encíclica social que trasciende la cuestión social.

CARITAS IN VERITATE. La Encíclica social que trasciende la cuestión social.

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Por Juan Francisco Arroquia (Deolavide) para elmunicipio.es 

Caridad y Verdad. Dos palabras excluidas del diccionario de lo políticamente correcto. Suprimidas del catálogo de los conceptos admitidos, de los valores socialmente respetados y respetables de la sociedad posmoderna, que niega la Verdad y desprecia la Caridad.

Caridad y Verdad son, para esta sociedad henchida de posmodernidad (de soberbia), meras supersticiones de un pasado irracional, simples prejuicios culturales o de clase. Elegirlas, no sólo como título sino como leitmotiv de la Encíclica, es por sí solo toda una declaración de intenciones.

Si el objeto inmediato y declarado de la carta encíclica es  el desarrollo humano integral, al vincular este a la caridad y a la verdad, trasciende el debate de la cuestión social o del simple desarrollo socio-económico para situarlo en el centro mismo del debate filosófico y moral que se disputa en el actual momento histórico entre los que niegan toda verdad objetiva y afirman el mero voluntarismo como elemento constitutivo y justificante del comportamiento y de las relaciones humanas y, frente a estos, los que desde el reconocimiento de la verdad propugnamos fundar en ella la conducta personal y el orden social.

Ciertamente esta es la gran cuestión de nuestro tiempo. La cuestión eterna, que disputa la humanidad desde el Edén, que hoy cursa con renovadas fuerzas y argumentos: soberbia Vs. humildad.

Imperio de la voluntad humana sin cortapisas morales, erigiendo al hombre en dios de sí mismo o imperio de la verdad desde un concepto trascendente del hombre y de la existencia. Estos son los dos conceptos filosóficos, morales, que se disputan la primacía en el modo de vida humano y en el orden social, político y económico.

Dos son las propuestas que hoy se postulan como informadoras del orden humano:

Una, afirmada en la razón sin otro referente que la misma voluntad humana.

Otra, afirmada en la razón y voluntad humanas, abiertas a la trascendencia.

Obviamente, es esta segunda la propugnada por la Encíclica.

“Solamente un humanismo abierto al Absoluto nos puede guiar en la promoción y realización de formas de vida social y civil…, protegiéndonos del riesgo de quedar apresados por las modas del momento. La conciencia del amor indestructible de Dios es la que nos sostiene… en la tarea constante de dar un recto ordenamiento a las realidades humanas”  (CiV. 78)

Ciertamente, sólo un humanismo enraizado en la verdad puede garantizar un orden justo. De esto deben deducirse las oportunas consecuencias a la hora de establecer los elementos característicos, constitutivos, no sólo del modo de vida personal, sino del orden social, político y económico.

Un orden que, eludiendo el “riesgo de quedar apresados por las modas del momento”, no puede fundamentarse en la arbitrariedad de la simple voluntad, en el simple capricho.

Siendo así, siendo que “el humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano” (6.78), es necesario afirmar en Él el concepto de ser humano y de sociedad, el modo personal de ser y el orden social.

Tal afirmación, tal proclamación de fe, nos remite a una visión trascendente del ser humano, trasunto de Dios, creado por Él a su imagen y semejanza, llamado por Él a la perfección y a la salvación. Un ser humano que “encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente;…  y  (hacerle) libre”  (1.1)

El auténtico desarrollo exige, ciertamente, reconocer al hombre en su integridad. No puede servirse al ser humano, a su auténtico desarrollo, mutilándolo de su realidad espiritual, como tampoco de su proyección social.

Efectivamente, “el auténtico desarrollo del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones. Sin la perspectiva de una vida eterna, el progreso humano en este mundo se queda sin aliento”. (1.11).

Tampoco hay verdadero desarrollo si no es de todos los hombres.

“La verdad del desarrollo consiste en su totalidad: si no es de todo el hombre y de todos los hombres, no es el verdadero desarrollo” (1.18).

El verdadero desarrollo reclama, pues, su totalidad. Ha de ser de todo el hombre y de todos los hombres.

Por otra parte, “El desarrollo humano integral supone la libertad responsable de la persona y los pueblos” (1.17)

Un desarrollo humano integral que reclama la libertad responsable en el respeto a la verdad.

“Solo  si es libre, el desarrollo puede ser íntegramente humano”  (1.17)

“El desarrollo humano como vocación exige también que se respete la verdad” (1.18).

Libertad responsable que es incompatible con los “mesianismos ilusorios”, caracterizados por la negación de la dimensión trascendente del desarrollo humano. Nuevos panteísmos materialistas que comportan el sometimiento del hombre, al que reducen a simple medio para el desarrollo material.

Sólo desde el reconocimiento de la condición trascendente del hombre es posible un hombre libre.

Las causas del subdesarrollo, para el Santo Padre, no son principalmente de orden material, sino que han de buscarse en la propia voluntad del hombre, que con frecuencia se desentiende de los deberes de la solidaridad, y en el pensamiento, que no siempre sabe orientar adecuadamente el deseo.

Tampoco el subdesarrollo, las situaciones de injusticia, traen causa de la casualidad ni de determinismos de ninguna clase.

Voluntad insolidaria y pensamiento hedonista, alimentan la causa más importante (a juicio del Santo Padre) del subdesarrollo; la falta de fraternidad entre los hombre y los pueblos (1.19). Fraternidad que no es posible sin la caridad (amor) que nace de una vocación trascendente de Dios.

En Caritas in Veritate la Iglesia reitera la “urgencia de las reformas” necesarias para hacer frente, con valor y sin demora, a los grandes problemas e injusticias en el desarrollo de los pueblos (2.20).

Una urgencia que no responde sólo a una situación coyuntural atribuible a la crisis actual, sino a la “necesidad de alcanzar una auténtica fraternidad… con el fin de hacer cambiar los procesos económicos y sociales actuales hacia metas plenamente humanas” (2.20)

Tan rotunda afirmación no puede caer, no debemos dejarla caer, en el cajón del olvido.

La finalidad ha de ser, en palabras de la Encíclica; cambiar los procesos económicos y sociales actuales hacia metas plenamente humanas.

El medio, alcanzar una auténtica fraternidad.

Ciertamente, las estructuras económicas y sociales así como las diversas instituciones tienen singular influjo en las situaciones de subdesarrollo e injusticia. De ahí la proclamada necesidad de cambiar las vigentes.

Pope signs encyclical

Pero tales estructuras e instituciones no son ni el producto de la fatalidad ni de ningún determinismo histórico; sino de la propia libertad humana.

El hombre, su conducta desviada de la verdad y de la caridad, está en el origen de la injusticia y del subdesarrollo:

“Creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal de la Historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y la salvación con formas inmanentes de bienestar material y de actuación social…estas posturas han desembocado en sistemas económicos, sociales y políticos que han tiranizado la libertad de las personas y de los organismos sociales y que, precisamente por eso, no han sido capaces de asegurar la justicia que prometían” (3. 34).

El camino de la justicia y el verdadero desarrollo ha de partir del mismo ser humano. De su conversión a la caridad en la verdad.

Una conversión a la humildad. Una conversión que, lejos de la soberbia de creerse autosuficiente, vuelva al hombre a reconocerse en su propia naturaleza, reconocerse a sí mismo en su integridad.

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Reconocerse en su condición de “criatura”, por la que ha recibido el don gratuito de la vida y ha sido llamado a la trascendencia.

Una conversión que demanda a cada hombre un compromiso con el hombre desde la verdad.

Un compromiso con el hombre y su desarrollo que abarca todos los aspectos de la existencia. “El desarrollo necesita ser, ante todo, auténtico e integral” (2.23).

Un compromiso que se proyecta en primer término en la defensa del respeto a la vida “que en modo alguno puede separarse de las cuestiones relacionadas con el desarrollo de los pueblos” (2.28). Defensa del primordial derecho a vivir, que lleva a denunciar las legislaciones contrarias a la vida que contribuyen a afirmar y difundir una cada vez más extendida mentalidad antinatalista. El aborto, la eutanasia, la difusión de prácticas contraceptivas, son denuncias por la Encíclica, al igual que la pobreza de la que trae causa el alto índice de mortalidad infantil que aún hoy sufre buena parte de la humanidad.

Un compromiso que se manifiesta también en la defensa del derecho a la libertad religiosa. Libertad religiosa amenazada tanto por el terrorismo de inspiración fundamentalista como por la promoción programada de la indiferencia religiosa o del ateísmo práctico.

Libertad religiosa que “no significa indiferentismo religioso y no comporta que todas las religiones sean iguales”. (5.55)

Libertad religiosa que reclama  una presencia efectiva en la esfera pública que haga posible el diálogo fecundo entre fe y razón y propicie, lejos de cualquier sincretismo que se repudia, la colaboración fraterna entre creyentes y no creyentes en la tarea compartida de una Humanidad en justicia y paz; “para que nuestro mundo responda efectivamente al proyecto divino: vivir como una familia, bajo la mirada del Creador” (5.57).

Compromiso que reclama un fundamento moral en la actividad de todos cuantos intervienen en los procesos productivos y las relaciones humanas y sociales que de ellos emanan.

Fundamento moral que ha de afirmar, en primer término, “el principio de la centralidad de la persona humana” (4.47) y llama a “establecer políticas que promuevan la centralidad y la integridad de la familia, fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, célula primordial y vital de la sociedad” (4.44).

Principio de centralidad de la persona humana que se afirma y concreta en la defensa de la dignidad del trabajo humano.

Una dignidad que reclama un “trabajo decente… que sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer” (5.63)

Dignidad que reclama, sin duda, un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores al desarrollo de su comunidad, que evite toda discriminación, que permita satisfacer las necesidades de las familias, que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz, que permita el desarrollo del ámbito personal, familiar y espiritual y asegure una jubilación digna.

Dignidad que reclama, en palabras de la Encíclica referida a los trabajadores emigrantes pero que, obviamente, es aplicable a todos los trabajadores; que los “trabajadores no pueden ser considerados como una mercancía o una mera fuerza laboral. Por tanto, no deben ser tratados como cualquier otro factor de producción. Todo emigrante (todo trabajador) es una persona humana que, en cuanto tal, posee derechos fundamentales inalienables que han de ser respetados por todos y en cualquier situación” (5.62).

Un compromiso moral con los valores de la vida que se proyecta  igualmente en la relación del hombre con el medio ambiente y los recursos naturales no renovables y de lo pueblos entre sí en relación con estos.

“Es lícito que el hombre gobierne responsablemente la naturaleza para custodiarla, hacerla productiva y cultivarla también con métodos nuevos y tecnologías avanzadas, de modo que pueda acoger y alimentar dignamente a la población que la habita” (4.50).

Gobierno responsable que se traduce en la obligación de conservar la tierra en condiciones tales que permitan a las futuras generaciones habitarla dignamente y cultivarla.

Se exige, para ello, un compromiso de los gobiernos para contrarrestar eficazmente los modos nocivos de utilización del medio ambiente y para que los coste derivados de la utilización de los recursos naturales sean soportados totalmente por sus beneficiarios y no por otros, o diferidos a las generaciones futuras.

El modo en que el hombre trata a la naturaleza tiene mucho que ver, sin duda, con su estilo de vida. La Encíclica reclama una revisión profunda del estilo de vida hedonista y consumista que prevalece en muchas partes del mundo y que está en el origen de la sobre explotación de los recursos naturales.

Es necesario, en contraposición con los usos actuales, adoptar nuevos estilos de vida en que la búsqueda de la verdad, la belleza, el bien y la comunión con los demás para un crecimiento común informen las actitudes y decisiones económicas.

Así mismo, aquel compromiso moral reclama una renovada solidaridad respecto al acceso a los recursos naturales. Un acceso que no puede “dejarse en manos del primero que llega, o depender de la lógica del más fuerte” (4.49) y que reclama de la comunidad internacional “el deber imprescindible de encontrar los modos institucionales para ordenar (su) aprovechamiento” (4.49).

Sin embargo, alerta la Encíclica, este gobierno responsable de los recursos naturales no puede derivar en actitudes neopaganas o de nuevo panteísmo naturalista de aquellos que otorgan preferencia o primacía a la naturaleza sobre el propio ser humano. Tal actitud se reputa contraria al verdadero desarrollo.

Un compromiso moral que reclama igualmente “dar forma y organización a las instituciones económicas que, sin renunciar al beneficio, quieren ir más allá de la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en sí mismo” (3.38)

Forma y organización que en línea con lo mantenido por la doctrina social de la Iglesia, junto a la “justicia conmutativa” que encarna el mercado, reclaman la “justicia distributiva” y “la justicia social”; sin las cuales no es posible alcanzar la necesaria cohesión social para el buen funcionamiento de aquel.

“Justicia distributiva” y “justicia” social”  que, como expresiones del “bien común”, exceden la mera lógica mercantil para ser competencia de la comunidad política. La actividad económica, encargada de crear riqueza, y la acción política, encargada de garantizar la justicia distributiva (y social), no pueden disociarse.

La economía y las finanzas, afirma la Encíclica, son instrumentos. Instrumentos benéficos o perversos, según sean concebidos y utilizados por el hombre. Como tales instrumentos, es el modo en que el hombre los concibe y utiliza lo que les habilita para el bien o para el mal.

Una acción que debe orientarse al objetivo de “un nuevo orden económico – productivo, socialmente responsable y a medida del hombre” (3.41) que requiere “cambios profundos en el modo de entender la empresa” (3.40).

Una empresa cuya gestión no puede responder sólo al interés de sus propietarios, sino al de todos los sujetos que a ella contribuyen; trabajadores, clientes, proveedores, la propia comunidad de referencia.

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Una nueva empresa en la que el trabajador tenga la oportunidad de ser sujeto efectivo de la producción, proyectándose en el trabajo en cuanto persona, de modo que él mismo “sea consciente de que está trabajando en algo propio” (3.41). Lo que, para no caer en la mera ilusión, debe entenderse que reclama un modo de empresa que sea, efectivamente, coherente con tal sentimiento.

“Invertir tiene siempre un significado moral” (3.40). El empleo de los recursos financieros no puede está motivado por la especulación ni por la busca exclusiva de un beneficio inmediato.

Por la misma razón, sin negar los efectos positivos que pueda tener en los países de destino, no es lícita la deslocalización de empresas “únicamente para aprovechar particulares condiciones favorables o, peor aún, para explotar sin aportar a la sociedad local una verdadera contribución para el nacimiento de un sólido sistema productivo y social” (3.40) Así mismo, en la deslocalización deben quedar a salvo los vínculos de justicia, teniendo en cuenta la forma en que se ha formado el capital y los perjuicios que comporta para las personas el que este no se emplee en los lugares donde se ha generado.

“El desarrollo de los pueblos depende sobre todo de que se reconozcan como parte de una sola familia” (5.53). Es necesario impulsar el concepto y el sentimiento de familia humana, a la que todos los hombres y todos los pueblos pertenecen, en la que se llevan a cabo no sólo las relaciones interpersonales en las que, en cuanto de naturaleza espiritual, encuentra plenitud la criatura humana; sino también entre los pueblos.

Una familia universal en la que, conforme a la revelación cristiana,  “no absorbe en sí a la persona anulando su autonomía, como ocurre en las diversas formas del totalitarismo, sino que la valoriza más aún porque la relación entre persona y comunidad es la de un todo hacia otro todo… la unidad de la familia humana no anula de por sí a las personas, los pueblos o las culturas, sino que los hace más trasparentes los unos con los otros, más unidos en su legítima diversidad” (5.53)

Este concepto y sentimiento de pertenencia a una misma familia humana, que se manifiesta cada día más necesaria como respuesta a la realidad de una globalización creciente abre paso, a juicio del Santo Padre, a la necesidad de una autoridad mundial que permita gobernar la globalización y orientarla hacia un verdadero desarrollo humano.

Tal autoridad debe responder, para evitar “un peligroso poder universal de tipo monocrático” (5.57), a principios de subsidiaridad y solidaridad tales que permitan la efectiva y verdadera libertad personal, así como un auténtico desarrollo humano integral fundamentado en un orden social conforme al orden moral.

Esta es, sin duda, la tesis fundamental de esta Encíclica social que trasciende la mera cuestión social para situarse en primera línea de la controversia filosófica y moral que el llamado Occidente (y, por consecuencia, el mundo entero) tiene planteada: El auténtico desarrollo humano ha de ser integral y fundamentado en un orden social conforme al orden moral.

La victoria de la tesis opuesta que encarna la posmodernidad, que se sustancia en negar toda categoría no inmanente a la propia voluntad, no inmanente al propio capricho humano, traerá por consecuencia inevitable no solo la injusticia social, sino el totalitarismo.

Se impone la necesidad de enfrentar aquella tesis con la que afirma en la verdad y la caridad la justicia, la libertad y la salvación misma del hombre.

Tal es la tarea a la que estamos convocados los católicos y los que, no siéndolo, comparten la certeza de su necesidad y conveniencia.

Tarea que, desde la Fe y la Esperanza, debería afrontarse decididamente, sin complejos. Sin concesiones a lo social y/o políticamente “correcto”. Con desarrollos claramente coherentes con los valores y los fines que se proclaman. Con discursos diáfanos, sin lugar a interpretaciones o dobles lecturas. Con un lenguaje incontrovertible, alejado de términos con doble filo que remiten a conceptos ajenos que, en no poca medida, sólo alientan la confusión.

Los católicos y todos los que sin serlo sirven a la Verdad, estamos llamados a ser “piedra de escándalo” en un mundo que la niega.

En esta tarea siempre nos alentarán las palabras con las que Juan Pablo II inauguraba su Pontificado: “No tengáis miedo”.

Juan Francisco Arroquia (Deolavide)

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