El Padre Las Casas y La Leyenda Negra

El Padre Las Casas y La Leyenda Negra

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Por Ramón MENÉNDEZ PIDAL

-Director de la Real Academia Española.-

N.B. elmunicipio.es a sugerencia de Sigfredo Hillers (SH) ofrece a sus lectores los últimos párrafos de la conferencia inaugural del curso 62-63 del Instituto de Estudios Africanos que Don Ramón Menéndez Pidal impartió en el CSIC el 23-11-1962 y que antes había pronunciado en Oxford.

Don Ramón Menéndez Pidal tuvo la deferencia de adelantar el contenido de dicha conferencia a Sigfredo Hillers cuando, a sugerencia del Profesor Viñas Mey, mantuvieron un intercambio epistolar, con motivo de la preparación del libro “La Obra Social de España en América” en cuyo apéndice aparece reproducido el texto que elmunicipio.es, con autorización de Sigfredo Hillers, transcribe íntegramente por considerarlo de gran interés.

“…La doctrina de Las Casas era en la práctica no porque se opusiera a las leyes del reino, que debían modificarse si eran injustas, sino porque era doctrina descarriada, fuera de toda realidad, parto de una mente contradictoria. La acción, la vida toda de Las Casas, abunda en las contradicciones inherentes a las fantasías vanas, y aun en la rígida aplicación misma de su doctrina él se ve obligado a contradecirse en graves ocasiones: cuando quiso colonizar a Cumaná sin la necesaria previsión tuvo que nombrar confesores que prescindiesen de las normas de su confesionario; cuando en territorio de la Vera Paz ensayó su colonización inerme, comenzó por necesitar el concurso de caciques cristianizados por los encomenderos y acabó pidiendo a los frailes que se hiciesen guerra de exterminio a los indios agresivos.

Debe distinguirse siempre que en Las Casas hay que distinguirse dos formas de obrar. Hay un Las Casas normal, un hombre entusiasta que renuncia a una vida de comodidades y legitimas ambiciones, para entregarse al mas rígido ascetismo; consagrado a la defensa de una causa nobilísima, emplea en ella toda su extraordinaria energía moral y física; incansable hasta los últimos años de una muy larga vida, trabaja con tenaz esfuerzo este enérgico Procurador de los Indios, el más solícito de todos cuantos llevaron ese honroso titulo; él es el mas activo en viajes, en informes, en súplicas, admoniciones , en disputas; escribe mas que nadie, se muestra habilísimo propagandista, de vehemente celo, tanto que sus contemporáneos le admiran como candela que todo lo enciende, o como eficacísimo en persuadir, es consultado por muchos como persona de reconocida experiencia; es respetado por todos, aunque repudien sus doctrinas.

Pero al lado de este Las Casas normal, de tan ejemplar vida, hay un Las Casas anormal. Desde el momento mismo de su conversión, en 1514, da muestras de anormalidad mental, manifestada en continuas contradicciones desrazonables. Emprende en 1514 una vida ascética de renunciación austera, pero contradice la humilde abnegación, esencial en el asceta, mostrándose egoísta, vanidoso y engreído, que alaba de santidad y de inteligencia superior a los que les rodean. Y téngase en cuenta que esta soberbia, según los ejemplarios de los ascetas del desierto tan leídos en el XVI, era el pecado insidioso por los que el demonio se apoderaba del hombre virtuoso que ya no comentía ninguna otra falta. A pesas de su ascetismo, Las Casas es un sevillano alabancioso que, en punto a alabarse, hace todo lo posible por mejorar la humorística fama del que gozan sus coterráneos.

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Otra notable contradicción. Las Casas afirma que todo el dinero que se trae de América es robado, y que los españoles están obligados a restituirlo a los indios, pero el cobra durante toda su vida una pensión de 300 a 500000 maravedís, pagaderos con la renta de Indias. Quisiéramos disculparle pensando que él justificaba su pensión porque la destinaba a un buen propósito, ya que a, fin cobraba el dinero robado para predicar que no se robase; pero esto no vale con Las Casas, ya que el condenaba ,as fundaciones piadosas hechas por los españoles indianos.

Otra contradicción ilógica sobre otro tema en que Las Casas ponía tanto empeño como en el anterior: el de la esclavitud. Afirma que todos los indios esclavos deben ser liberados, porque las guerras en que se esclavizaron fueron todas sin excepción injustas; pero tiene por esclavos legales a todos los negros, y fomenta mucho el envío de millares de esclavos negros a América, dando por buenos que los portugueses, que los esclavizaban, hacían en África guerras injustas, todas sin excepción.

Pongamos ejemplos de otra contradicción de carácter erudito: deformación de los datos científicos. Las Casas, en su apología de las Indias, sostiene que la isla Española o de Santo Domingo es mayor que Inglaterra, y pero ello se dilata en contradecir los datos que sobre Inglaterra dan Diodoro, César, Plinio, San Isidro; todos estos autores yerran: el lo sabe por “la verdadera experiencia” del arte de navegar, cita al aire que las muchas que a Las Casas le gusta hacer; él sabe que la Isla Española es mayor. Y si nos preguntamos, ¿por qué Las Casas, para abultar que la Española es una isla muy grande, se empeña en esa absurda comparación con Inglaterra? ¿Por qué se enfrasca en una disparatada discusión de datos numéricos? Entonces tenemos que recordar una feliz intuición psicológica de Cervantes; recordamos a Don Quijote cuando en Sierra Morena, quiere hacer las cien locuras que hizo Orlando, al saber la infidelidad de la bella Ángelica, pues si Sancho le replica que Dulcinea no le ha dado motivos para tales locuras, Don Qiuijote le ataja de que en eso consiste su fineza, “que en volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias; el toque esta en desatinar sin ocasión”, para más delicadamente servir a su dama. Las Casas podía pasar muy bien dejando a Inglaterra mayor que la Española, para el toque está en desatinar sin ocasión, para mejor servir a la grandeza de las Indias. Casos como este, que abundan, nos indican que Las Casas los mismo que abulta inconteniblemente los elogios que se tributa a si mismo y a las Indias, deforma fatal e innecesariamente los datos que quiere depreciar y despreciar para que favorezcan las preocupaciones por él cultivadas.

Pongamos y añadamos, por último, la contradicción mas grave. Las Casas es un fraile virtuoso, pero para defender a los indios de las crueldades que en el trato de ellos se cometián emplea gran parte de su actividad e calumniar a todos los conquistadores con falsedades e imposturas reconocidas por los biógrafos mas admiradores de la virtud de este celoso procurador de indios.

Estas monstruosas difamaciones no podemos comprenderlas en un hombre evidentemente virtuoso, sino suponiendo en él un defecto psíquico constitucional; las otras muchas y solemnes contradicciones doctrinales e intelectuales tampoco son comprensibles en un hombre erudito, dado al estudio, a la meditación y a la polémica, si no vemos en él una mentalidad anómala. El Las Casas virtuosos no es a la vez un difamador; el Las Casas estudioso no es a la vez un malicioso tergiversador de datos. Las Casas es un enfermo mental, es un paranoico que falsea necesaria e involuntariamente los daos de la realidad.

Uso este termino “paranoico” en su acepción vulgar, como profano que soy en psicología y psiquiatría; expongo y trato todos los rasgos anormales que os biográficos no observan en la vida de este celebre dominico, y los entrego a los técnicos para que lo traten ellos técnicamente. Espero que la biografía de Las Casas deje de fundarse, como se fundó hasta ahora, en los incesantes elogios que el biografiado se tributa, y espero que aun los mas exaltados lascasitas dejen de dar crédito al desprecio que Las Casas arroja sobre cuantos estorban a las fantasías por él engendradas; espero que no sigan creyendo que Inglaterra es menor que la isla Española. Espero que una severa critica sustituya a la increíble credulidad habitual.

Y así termino. He venido a hablar de Las Casas y de la Leyenda Negra para decir que debemos pensar poco en esa Leyenda, ese lamentable contratiempo en España. En vez de tronar contra la maledicencia de Las Casas, el gran artífice del descredito español, tratamos de explicarla. Y en fin de cuentas, debemos aplaudir la libertad de Carlos V y Felipe II dejaron a Las Casas para que publicara sus acusaciones, aunque propias de una mente enfermiza y aberrante; pero debemos, a la vez, lamentar que no se promovieran entonces rectificaciones adecuadas, y lamentar sobre todo que en el tiempo de Felipe III fuera tan grande la pusilanimidad que se prohibiera la rectificación que intentó publicar el capitán Vargas Machuca. Resignémonos a esta apática indiferencia, muy española, por cierto. Dejémonos de pensar en la Leyenda Negra o en la Leyenda Aurea, y pensemos mucho en la imparcialidad crítica histórica de nuestra obra Americana, para dar luz a nuestra conducta de antes y de ahora”.

elmunicipio

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