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SOBRE LA HISPANIZACIÓN DE AMÉRICA

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Por Miguel Argaya Roca para elmunicipio.es

No dedicaré ni una sola línea de este artículo a desmontar leyendas negras sobre la España americana. Me limitaré a tratar la época en los mismos términos en que la historiografía trata otros procesos históricos similares, en los que no se dedican páginas y páginas ni a denuestos morales ni a justificaciones. En un libro escolar de primero de BUP que me vi obligado a utilizar hace un par de décadas se ofrecían tres ejercicios con textos a comentar por los alumnos referidos a las colonizaciones europeas durante los siglos XVI y XVII. El texto que hablaba de la colonización inglesa se titulaba “Los ingleses y el comercio”, el que se refería a la portuguesa se titulaba “Los navegantes portugueses”, y el que trataba de la española se titulaba “La crueldad de los españoles”. Pareciera que en el caso de España se le hace preciso al historiador convertirse en juez moral y construir sobre los datos toda una teoría de la maldad humana, personificada claro está en el tipo español, al parecer especialmente lascivo y sanguinario.

Otro ejemplo, esta vez de la Historia Universal del belga Jacques Pirenne. Hablando de las encomiendas (una especie de feudos) concedidas por la corona portuguesa a sus conquistadores señala únicamente que estos “estaban autorizados a cobrar diezmos” a los indígenas; pero al hablar de las encomiendas españolas en América parece verse obligado a puntualizar que en ellas “los pobladores quedaban sometidos a la esclavitud agrícola”.

Veamos otro ejemplo: un manual de historia antigua que me recomendaron en la universidad establecía diez factores que permitieron a Roma llevar a cabo la romanización de los territorios adquiridos: la ciudad, la ciudadanía, el derecho romano, la administración, el sincretismo religioso, el latín, el comercio, la esclavitud, el ejército y las calzadas. En ningún caso, ni siquiera al hablar de la esclavitud, hacía el manual reproche moral alguno; le bastaba con desbrozar los datos. Esto, obviamente, no ocurre con la España americana, sometida siempre a una revisión moral que, al parecer, no atañe a las demás potencias de su tiempo, ni a las de otros tiempos. Así, se obliga al historiador riguroso a entrar al trapo para matizar todas y cada una de las afirmaciones negativas sobre España, cosa que evidentemente no puede hacer sino refiriéndolas de nuevo. Por eso no perderé el tiempo; no rebatiré nada. Mi intención, como se verá, es de otra índole. Siguiendo el esquema de aquel manual de historia de Roma de mis años universitarios, me limitaré en estas líneas a referir y explicar, sin valoraciones morales, los diez factores que permitieron a España llevar a efecto la hispanización de América: las ciudades, el mestizaje, las encomiendas, el derecho de Indias, las instituciones asistenciales, la evangelización, la lengua y las instituciones educativas, las infraestructuras hidráulicas y las infraestructuras viarias.

LAS CIUDADES:

Para empezar, hay que destacar que la ciudad que España instala en América es del todo diferente a la que existía en esos momentos en Europa. Esta, determinada por el curso de la historia, se configuraba normalmente como una intrincada red de callejuelas. La nueva ciudad americana, en cambio, se trazó sobre un plano racional en forma de cuadrícula, según los modelos utópicos renacentistas. Se trata, por así decirlo, de las primeras ciudades “modernas”, una anticipación de trescientos años a los llamados “ensanches” del siglo XIX. El centro de este tipo de urbe es la plaza, rectangular y normalmente porticada, donde se sitúan los principales edificios públicos: la iglesia y el ayuntamiento. En el centro de las principales capitales, además, se tendió a empedrar las calles. En ciudad de México, por ejemplo, esta tarea se inició en 1605. En el recorrido de las viviendas primaba la horizontalidad, dado que las viviendas solían ser de uno o dos pisos. Normalmente estaban cimentadas sobre mampostería y disponían de patio interior a la usanza castellana. Siguiendo también la usanza castellana, para los pobres -fueran blancos, mestizos o indios- hubo edificios de patio común llamados “patios de vecindad” con galerías de viviendas de un solo cuarto o, como mucho, de dos cuartos. Estas “vecindades” solían contar con fuente propia en el patio para el abastecimiento de sus habitantes. Hacia 1630, ya había en la España americana más de trescientas de estas ciudades. Obviamente, en las poblaciones puramente indígenas (normalmente aldeas rurales) la arquitectura siguió siendo la tradicional nativa, con sus casas bajas de un solo cuarto (jacales) y sus corrales hechos de adobe.

Durante el siglo XVI, todas las ciudades y poblados estaban dirigidas por un alcalde y dos o tres regidores (gestores), elegidos democráticamente entre los vecinos. La norma se cumplía igualmente si la población era indígena. En estos casos, los alcaldes indios disponían de jurisdicción civil y penal en su territorio sobre cualquier persona que cometiese delito, fuera indio, mestizo, blanco o negro.

En las ciudades importantes, con frecuencia se constituían dos ayuntamientos, uno de indios y otro llamado “de españoles”. Sin embargo, no era tanto una separación racial como cultural, pues el ayuntamiento “de los españoles”  englobaba sin problemas a blancos, a mestizos y a todos aquellos nativos que se habían alejado de su antigua vida tribal y se habían integrado, pasando por mestizos, en la sociedad urbana: los llamados “indios enzapatados”. El ayuntamiento “de indios” se refería únicamente a aquellos que habían preferido mantener su estructura original de cacicazgo y se asentaban en aldeas rurales alrededor de la urbe. De alcaldes indígenas (llamados a menudo “gobernadores”) en estos cabildos mixtos podemos citar numerosos ejemplos, pero bastarán unos pocos: el de Juan de Guzmán Ixtolinque, alcalde o gobernador indio de Coyoacán desde 1525, el de Diego Tehuetzqui, alcalde indio  de Tenochtitlan-México hasta su muerte en 1554, el de Esteban de Guzmán, alcalde indio de Xochimilco en 1554, el de Antonio Totoquihuatzin, alcalde de Tacuba desde 1550, el de Hernando Pimentel, alcalde de Tetzcoco desde 1545, el de Pedro Jiménez, alcalde indio de los otomíes en Tlalnepantla en 1594. Huelga seguir amontonando ejemplos. Lo que sí vale la pena decir es que, en todos esos casos de doble ayuntamiento, por encima de ambas instancias figuraba un alcalde mayor y un corregidor económico normalmente designados por el virrey, salvo en algunos lugares en que por su especial significación política los designaba directamente el rey.

En suma: la ciudad actuó en América -del mismo modo que en la Península Ibérica- como verdadero centro de poder democrático frente a las altas instituciones virreinales. La imposibilidad de acudir a las Cortes del otro lado del océano hizo que en no pocas ocasiones los propios cabildos constituyesen su propia manera de parlamentarismo convocando y reuniendo los llamados “ayuntamientos generales”, a los que acudían procuradores de todas las ciudades. En el siglo XVI conocemos al menos cuatro de estos “ayuntamientos generales”: el celebrado en Santo Domingo en 1518, el de México en 1525, el de Santiago de Cuba en 1528 y el de Lima en 1544. Se dirá que ese carácter democrático desaparece en el siglo XVII, y no será mentira, aunque tampoco lo sería recordar que esa desaparición se produce en igual medida en la propia Europa, sometida en esos momentos a un intenso proceso de absolutización y centralización del poder.

En todo caso, la convivencia entre ambos ayuntamientos de un mismo cabildo urbano fue haciéndose con el tiempo más estrecha hasta prácticamente confundirse, gracias sobre todo al mestizaje. Hay que destacar que en el ámbito de la ciudad los mestizos formaron normalmente una clase urbana media y baja, dedicada a la agricultura, al arrieraje, a la artesanía o al pequeño comercio.

No conviene, con todo, imaginar una sociedad estrictamente dividida en castas étnicas. Ya hemos dicho que dentro de esa población mestiza hay que contar también a los indios “enzapatados”, aquellos que preferían abandonar sus poblados rurales, migrar a la ciudad y asimilarse al modo de vida urbano y europeo. La razón de esa migración es múltiple, pero sin duda la facilitó el hecho de que la tributación fuera menor para la población asalariada que para la encomendada, y su nivel de libertad personal -igual que pasaba en Europa con los feudos y las ciudades- notablemente mayor. A la altura del año 1600, la división social es clara: todo lo urbano es tenido por “español” y todo lo rural por “indígena”. Un caso bien significativo de este hecho nos lo proporciona el conocido José Gabriel Tupac Amaru, indio enzapatado que protagonizó en el siglo XVIII una de las más famosas rebeliones contra el orden español y que, sin embargo, nunca dudó en algunos documentos oficiales anteriores a su insurrección (su partida de matrimonio, o las de bautismo de sus hijos, por ejemplo) en catalogarse a sí mismo como “español” sin que nadie le pusiera pega alguna. Como se ve, las cosas en la España americana no eran tan sencillas como a veces se nos pintan.

EL MESTIZAJE

Merece la pena detenerse un momento para hablar del mestizaje, formidable mecanismo social de integración al que no hicieron ascos ni los indios ni los blancos, y muy a menudo favorecido por la Corona. No podemos obviar la recomendación hecha en 1503 por Nicolás de Ovando, gobernador de La Española, a los españoles habitantes de la isla: “que algunos cristianos se casen con algunas mujeres indias, e las mujeres cristianas con algunos indios, para que los unos e los otros se comuniquen e enseñen”. La recomendación fue efectiva, porque sabemos que en 1514 ya había en la isla cerca de sesenta matrimonios mixtos. En cuanto a los hijos habidos fuera de matrimonio, que en esas primeras décadas fueron muchos, no eran necesariamente repudiados. Hubo buen número de casos en que los vástagos fueron bien acogidos por sus padres biológicos. Paradigma de ello es precisamente el primer niño mestizo nacido en La Española, a quien su padre, un tal Miguel Díaz, no solo lo reconoció sino que le legó -según testamento protocolizado en Sevilla en 1504- un montante de 200.000 maravedíes “para lo criar y para que aprenda letras”, más otros 400.000 maravedíes destinados a su formación superior. Por citar solo otro ejemplo: hacia 1610, Feliciano Rodríguez, hijo ilegítimo del alcalde de Cuzco Francisco Rodríguez, fue enviado por este a España a estudiar en Salamanca. La prueba de que estos casos no fueron pocos es la Real Cédula de Felipe II de 1559 en la que se prescribe que “los mestizos que vinieren a estos reinos a estudiar, o a otras cosas de su aprovechamiento (…) no necesiten de otra licencia para regresar”. No se hacen leyes para casos particulares.

Es lógico que tengamos pocas referencias a matrimonios mixtos entre personas de clase media o baja. La historia oficial no suele hacer hueco a ese tipo de protagonista. Sí las tenemos, en cambio, de los capitanes e hidalgos que encabezaron la aventura americana. Hernando de Soto, por ejemplo, casó con Tocto Chimbu, hija del inca Huayna Cápac, con quien tuvo una hija, Leonor Soto, que acabó heredando la encomienda de su padre. Más casos: el de Alonso de Mesa, que casó con Catalina Huaco, hija de indios principales de Cuzco. Y el de Juan Cano de Saavedra, casado Isabel Moctezuma, llamada Tecuichpo, hija de propio emperador azteca Moctezuma.  Y el de Juan de Paz, casado con otra hija de Moctezuma, Leonor. Y el de Juan de Torres, que casó con la india Catalina Moyacoche, sobrina del cacique de Turmequé. También conocemos algunos matrimonios entre caciques indios y españolas de alcurnia, caso de Luisa de Medina, casada con Martín de Poechos, un sobrino del curaca atahualpista Maizavilca. O el de Isabel de Cáceres, casada hacia 1530 con Hernando de Tapia, hijo del cacique azteca Andrés Motelchiuhtzin. Algunas veces, ese enlace matrimonial mixto trataba de integrar en la Corona española la legitimidad de las casas imperiales en Lima y Tenochtitlán derrotadas por los españoles. Otras veces servía en cambio para consolidar alianzas políticas, como sucedió en muchos casos con la nobleza tlaxcalteca, que había sido aliada de los españoles contra los aztecas.

LAS ENCOMIENDAS

Lo primero que hay que decir de la encomienda en América es que no quiso ser de ninguna manera un medio de explotación del indígena, sino al contrario, el instrumento de la Corona para controlar las posibilidades de abuso económico de la nueva nobleza americana sobre las poblaciones autóctonas. Lo segundo, que no se distinguía mucho de las formas de señorío vigentes por entonces en la propia España peninsular y aun en gran parte de Europa. Inglaterra, por ejemplo, no abolió legalmente el señorío feudal hasta 1660, Francia lo hizo en 1789, Prusia en 1807, España en 1811, Rusia en 1861 y Polonia en 1867. Sabemos que a comienzos del siglo XVII casi la mitad del campo español estaba sometido aún a régimen de señorío. ¿Podríamos reprochar que el campo americano se estructurase en esas mismas fechas de igual manera?

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Lo que sí es preciso destacar es que el señorío que España trasplantó a América fue notablemente menos lesivo para los indígenas que el que estaba vigente para los campesinos españoles de la propia Península Ibérica. De entrada, el encomendero en América carecía de derechos jurisdiccionales sobre el indio encomendado, cosa que sí tenía el señor feudal en el modelo europeo. Además, la encomienda americana no era vitalicia, sino que se concedía por un tiempo limitado, normalmente una o dos vidas, que forzando la ley podían alargarse como mucho a tres o cuatro. Y como la Corona no deseaba crear en América una oligarquía agrícola como la peninsular, las encomiendas se concedían con cuentagotas. Así ocurrió que a finales del siglo XVI tres quintas partes de la tierra productiva en la España americana estaba enteramente en manos indígenas, sin restricciones ni encomendero. Lo mismo ocurre con las diferentes prestaciones laborales propias del feudalismo europeo, como las corveas anuales consistentes en jornadas de trabajo gratuito en beneficio del señor, que no desaparecen en España hasta finales del siglo XVI, mientras que en América quedan prohibidas ya en 1549. Es cierto que en ocasiones algunos encomenderos siguieron exigiendo fraudulentamente este tipo de servicio, pero no en mayor medida que en los propios señoríos de la España europea en ese mismo siglo XVI. De lo que no podemos dudar es de que la Corona trató de imponer su justicia en uno y otro caso.

Otra diferencia de la encomienda americana respecto de la europea era que aquella se realizaba con carácter colectivo sobre una tribu de indios encabezada por su cacique o su curaca natural, de modo que los nativos no perdían su arraigo. El cacique o curaca era el encargado de organizar a su pueblo manteniendo todas las atribuciones de justicia y de gobierno que no se hubiera reservado expresamente la Corona. También era el que recaudaba entre sus vecinos los tributos que constituían la renta anual del encomendero. Este, por su parte, solo tenía derecho a dicha renta. Ni siquiera era dueño de la tierra a él encomendada, cuya propiedad seguían teniéndola los indígenas encomendados. A cambio de tales rentas, el encomendero estaba obligado a mantener en uso las infraestructuras viarias y agrícolas necesarias y a evangelizar a sus encomendados, cosa que hacía normalmente mediante una capilla con un capellán pagado de su peculio.

A algunos les extrañará saber que la encomienda no fue un beneficio reservado en exclusiva a los conquistadores españoles. Muchos caciques principales y sus herederos se beneficiaron igualmente de ellas sin diferencia alguna con los capitanes e hidalgos venidos de España. En el Virreinato del Perú, ejemplos hay muchos y variados. Uno de ellos es el de Carlos, hijo del emperador inca Atahualpa, que recibió encomienda en Conocoto en 1549. O Francisco Túpac Atauchi, otro de los hijos de Atahualpa, que la recibió en 1563 en compensación a sus servicios como capitán de las tropas cañaris enviadas a sofocarla rebelión de los indígenas de Lita, Quilca y Caguasquí en 1554. O Martinillo de Poechos, sobrino del curaca Maizavilca, a quien el Consejo de Indias le entregó encomienda de indios en pago a su apoyo del orden español. O Sayri Túpac, hijo de Manco Inca Yupanqui, que se rindió a los españoles y se convirtió al catolicismo en 1558, y que recibió de la Corona un perdón completo y la encomienda de Yucay. Lo mismo podemos decir de otro descendiente de la casa real de los incas, Carlos, hijo de Huáscar Túpac, que en 1573 recibió encomienda en Yauri y Pichigua. Y de Juana Pilcohuaco, hija de Felipe Túpac Amaru, el último soberano inca capturado y ejecutado por los españoles en 1572, que recibió de la Corona española la encomienda de Pampamarca, Tungasuca y Surimana. Se haría farragoso seguir citando ejemplos.

Podemos acabar este capítulo señalando que las encomiendas tuvieron un importante valor civilizatorio. Hay que hacer constar que los pueblos prehispánicos subsistían con una economía rural prácticamente neolítica. Fueron los españoles quienes les sacaron de esa situación enseñándoles las técnicas agrícolas del viejo mundo. Los rudimentarios utensilios de madera o cobre fueron sustituidos desde la llegada de los españoles por otros de hierro como azadas, picos, palas, yunques, martillos y mazos. A los españoles les debe América la rueda, el carro, el tiro de animales, el molino de agua y de tracción animal, la quema de rastrojos, el arado, el estercolado, la poda y el injerto.

LEGISLACIÓN DE INDIAS

Uno de los más potentes mecanismos de hispanización de América fueron, sin duda, las llamadas “leyes de Indias”. Desde el inicio de la presencia de España en América, la Corona dedicó una especial protección a los indígenas americanos frente a cualquier abuso o maltrato que pudieran sufrir de parte de los españoles peninsulares. Fue una preocupación tempranísima, que quedó meridianamente expuesta por la reina Isabel en 1495, cuando, enterada de que en su último viaje Colón había traído a España quinientos indios americanos y los estaba empezando a vender como esclavos en Andalucía, ordenó suspender la venta y mandó que los que ya habían sido entregados fueran recomprados a cargo de la Corona y puestos en libertad. Se trataba de una medida revolucionaria para un tiempo en que lo corriente era precisamente lo contrario: esclavizar a los infieles vencidos en las guerras.

Una de las primeras medidas legales dictadas por los reyes españoles en favor del indígena americano son las “Instrucciones” de1501 a Nicolás de Ovando, nuevo gobernador de La Española: “Primeramente, procuraréis con mucha diligencia las cosas del servicio de Dios… Porque Nos deseamos que los indios se conviertan a nuestra santa Fe católica, y sus almas se salven… Tendréis mucho cuidado de procurar, sin les hacer fuerza alguna, cómo los religiosos que allá están los informen y amonesten para ello con mucho amor… Otrosí: Procuraréis como los indios sean bien tratados, y puedan andar seguramente por toda la tierra, y ninguno les haga fuerza, ni los roben, ni hagan otro mal ni daño”. Significativo es también el contenido del testamento de la propia reina Isabel, de 1504: “De acuerdo a mis constantes deseos, y reconocidos en las Bulas que a este efecto se dieron, de enseñar, doctrinar buenas costumbres e instruir en la fe católica a los pueblos de las islas y tierras firmes del mar Océano, mando a la princesa, mi hija, y al príncipe, su marido, que así lo hayan y cumplan, e que este sea su principal fin, e que en ello pongan mucha diligencia, y non consientan ni den lugar que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias y tierra firme, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas y bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados. Y si algún agravio han recibido, lo remedien y provean”.

Esta política proteccionista de la reina Isabel fue irrevocablemente mantenida por sus sucesores en el trono

Carlos I: En 1523 el emperador Carlos dicta la orden de “que no se consienta, que a los Indios se les haga la guerra, mal, ni daño, ni se les tome alguna cosa sin pagar”. Años después, en la llamadas “Leyes Nuevas” de 1542, el mismo Carlos determina “que de aquí adelante por ninguna causa de guerra ni otra alguna, aunque sea so título de rebelión ni por rescate ni de otra manera, no se pueda hacer esclavo indio alguno, y queremos sean tratados como vasallos nuestros de la Corona de Castilla, pues lo son”.

En esa misma línea van dirigidas las “Instrucciones” dictadas por rey Carlos I en 1548 para su hijo, el futuro rey Felipe II: «Y en cuanto al gobierno de las Indias, señaladamente tened gran cuidado y solicitud de saber cómo pasan las cosas de allá, y de asegurarlas por el servicio de Dios, para que sea servido y obedecido como es razón, con lo cual los indios serán bien gobernados y con justicia, y la tierra se tornará a poblar y a rehacerse aquellas provincias, y para que se restauren y reformen las opresiones pasadas y daños de las conquistas y largas guerras, y de los que han recibido de otros personajes y conquistadores, asimismo de algunos que han pasado a ellas con cargos de autoridad, de los cuales so color de esto y con mano poderosa, y como remotos y apartados de su rey, y de quien le duele como tal con sus dañadas ambiciones y codicias, han hecho y hacen notables excesos, estragos y malos tratamientos a los indios, y para que sean amparados y sobrellevados en lo que fuese justo, y tengáis sobre los dichos conquistadores la autoridad, superioridad y preeminencia que es justo». Seguramente a la sombra de estos consejos surgen aquellas disposiciones de Felipe II: “Que donde hubiere Audiencia se nombre abogado y procurador de Indios, con salario” (1591); “Que los delitos contra indios sean castigados con mayor rigor que contra españoles” (1593); “Que no se den tierras en perjuicio de los Indios, y las dadas se vuelvan a sus dueños” (1594).

Algunos han pretendido que legislación tan exhaustiva y repetitiva en favor del indígena durante tres siglos debía de significar que los abusos se repetían y no se enmendaban. Pero es lo mismo que pretender que los españoles contemporáneos hemos asesinado, violado y robado sin tasa solo porque hemos tenido necesidad de promulgar tres códigos penales sucesivos (1863, 1924, 1991) en el corto plazo de un siglo y medio.

Otros dicen que la costumbre era que las disposiciones reales se acatasen en teoría, pero que en la práctica no se cumpliesen. Lo cierto es que son muchos los casos conocidos de sentencias cumplidas: en 1585 el Procurador de los naturales presentó una denuncia al Virrey de Perú por abusos en la utilización de la encomienda, y en consecuencia hubo ciento doce condenas. Uno de los condenados, por cierto, fue precisamente el ya citado Carlos Inca. Un año después, en 1586, los jueces encontraban culpable y condenaban con pérdida de su empleo y honores al oidor Diego García de Palacios por aprovechar su cargo para arrebatar sus tierras a los indios de Tlalnepanta (México). Más ejemplos: en 1613, muchos encomenderos de Tenayuca perdieron sus encomiendas merced a un fallo judicial en favor de los indios que tenían encomendados.

Vale la pena incidir también en la acusación sobre la permanente “minoría de edad” de los indígenas en la lesgislación de Indias. Se afirma que el estatus jurídico del indígena en la España americana le equiparaba al de un “menor de edad”, pero también aquí se marra o se exagera por encima de la realidad legislativa. El indio americano bajo dominio español podía litigar, ser propietario y decidir sobre su futuro en la misma medida que podían los demás españoles mayores de edad. De hecho, tenían algunos privilegios de los que no gozaron nunca los aldeanos en Castilla, como el de poder testar con la presencia de solo tres testigos, frente a los cinco exigibles en la España peninsular.

LA EVANGELIZACIÓN

Conviene empezar señalando que la evangelización de América debió mucho al apoyo y patrocinio directo de la Corona española. La primera diócesis de América, la de Santo Domingo, la creó la propia Corona en 1504 acogiéndose a la bula de patronato de 1496; acto temerario, porque la bula solo concedía ese privilegio sobre los moros de la Granada recién conquistada. Pero la reina Isabel consideró desde el principio la cristianización de los indígenas americanos como una prioridad y no estaba dispuesta a esperar permisos. Luego, obtenido formalmente el patronazgo sobre América por la bula Universalis ecclesiae de 1508, la actividad evangelizadora se aceleró: en 1513 se creaba ya la segunda diócesis americana, la de Santa María de la Antigua de Darién (Panamá). A partir de ahí, el proceso fue imparable. A finales del siglo XVI había ya una treintena de obispados, cuatro de ellos en calidad de archidiócesis: los de Santo Domingo, México, Lima y Santa Fe de Bogotá. Se suele mencionar que la carrera eclesiástica y administrativa quedó prohibida para indios y mestizos en 1582, por temor a su apostasía, pero se soslaya en igual medida que dicha prohibición se fue suavizando con el tiempo a través de sucesivas cédulas reales hasta ser definitivamente revocada en 1647. De antes de 1582 tenemos notorios ejemplos de clérigos mestizos. Quizá el más significativo sea el del sacerdote y organista de la catedral de Quito Diego Lobato de Sosa, hijo de Isabel Yarucpalla, una de las viudas de Atahualpa, y el capitán Juan Lobato de Sosa, muerto tempranamente en combate (siglo XVI).

Mención especial conviene hacer también a la tarea impagable de las congregaciones religiosas. Los primeros frailes en llegar a América fueron franciscanos y mercedarios (desde 1493). Luego se les sumaron los dominicos (1510), los agustinos (1532) y los jesuitas (1568). Se calcula que para finales del siglo XVI habían desembarcado en América ya casi cinco mil quinientos frailes misioneros, la mayoría españoles. Muchos de ellos se comprometieron de tal modo con la población autóctona a la que servían que se convirtieron en verdaderos “defensores del indio”.

Respecto de la forma en que se llevó a cabo dicha evangelización, hay que decir que no siguió un único modelo, sino que adoptó al menos tres formas diferentes: la primera y más temprana fue la realizada en las grandes islas del Caribe (La Española, Puerto Rico y Cuba); la segunda la puesta en práctica en el continente sobre los dos grandes imperios prehispánicos: el azteca y el inca; y la tercera la que tuvo lugar en las zonas fronterizas de los virreinatos, allí donde las autoridades políticas tenía un menor peso y se veían obligadas a delegar la tarea de hispanización en las misiones (Nuevo México, Texas, California, Paraguay).

El primer modelo, el del Caribe, fue desde el principio duro y difícil, hasta cierto punto traumático, acompañado de no pocos retrocesos. Los habitantes de estas islas estaban organizados en tribus pequeñas, muy a menudo peleadas entre ellas, que vieron inicialmente en la llegada de los españoles y en la alianza con estos una forma de dirimir viejos conflictos vecinales. Los propios españoles tampoco favorecieron esta dispersión, con algunos episodios de insumisión a los gobernadores enviados por la Corona, como la conocida revuelta de “los roldanes”.

La segunda forma de evangelización fue la realizada entre los indígenas del continente, los integrados en los dos grandes imperios prehispánicos (el azteca y el inca) y los de las poblaciones sometidas a ellos. En estos casos, la evangelización fue asombrosamente rápida y multitudinaria. La razón de esa rapidez estuvo curiosamente en el propio carácter de las religiones amerindias prehispánicas de la zona. Los aztecas, por ejemplo, mantenían la inquietud apocalíptica de que el sol moría y resucitaba cíclicamente y que la única manera de mantenerlo con vida era ofrecerle constantemente sacrificios humanos en ceremonias sangrientas que en algunos momentos llegaron a ser masivas. En una de ellas celebrada en 1487, veinte años antes de la llegada de los españoles a México, tenemos constancia de que fueron sacrificados durante varios días cerca de veinte mil prisioneros entre hombres, mujeres y niños. Normalmente, las víctimas de estos holocaustos eran capturadas en los pueblos vecinos mediante lo que se llamó “guerras floridas”. No puede extrañarnos, por tanto, que estos pueblos sometidos a la barbarie azteca acogieran a los españoles como sus libertadores y que aceptasen con gusto la buena nueva de un dios que no les exigía su sangre.

Situación similar se vivió en el Perú. También los incas realizaban sacrificios humanos, aunque no masivos como los aztecas, ni tampoco constantes. Los holocaustos incas tenían lugar generalmente en momentos especiales, cuando se entronizaba a un nuevo rey o cuando se producían situaciones catastróficas, como sequías, terremotos, etc. y los sacrificados solían ser niños. Nada muy distinto, en todo caso, de lo que hacían en la misma época otros muchos pueblos amerindios. Por eso, en el caso del Perú la evangelización fue algo más lenta y más costosa que en la Nueva España. Por razones obvias, resultó más fácil entre los pueblos aliados de los españoles, que eran los que habían estado sometidos al inca, sobre todo los Cañaris, los Chachapoyas y los Huancas, que se pusieron enseguida del lado de los españoles frente a sus antiguos dominadores.

El tercer modelo de evangelización es el que llevó a cabo la Iglesia sobre poblaciones de indios desprotegidos, es decir, sobre aquellos que en el caos de la conquista habían perdido su arraigo y su identidad colectiva o sobre aquellos otros que, a juicio de los obispos o de las órdenes misioneras, precisaban un especial cuidado y asistencia. Es aquí donde encontramos las experiencias evangelizadoras y civilizadoras más ricas y gratificantes. En el Virreinato de Nueva España, destacaron los llamados “pueblos-hospital” de Michoacán, creados por el obispo Vasco de Quiroga. Fueron tres: el de Santa Fe de Los Altos (1532), el de Santa Fe de La Laguna (1533) y el de Santa Fe del Río (1539). Se trataba de comunas agrícolas autogobernadas por un indio principal y tres o cuatro regidores, todos ellos electos por los habitantes. El lugar central del pueblo lo ocupaba la huatapera, edificio que ejercía a la vez de hospital, albergue de peregrinos, escuela y centro de catequesis. Como se establecieron siguiendo los programas utópicos propios del renacimiento, la cosecha se repartía equitativamente, y atendiendo a las necesidades particulares de cada núcleo familiar. Los niños debían acudir dos veces por semana a la escuela para aprender las primeras letras. En 1547, el propio Vasco de Quiroga viajó a España y se entrevistó con el rey, del que obtuvo un permiso especial que concedía a estos indios todos los derechos sobre sus tierras a perpetuidad.

En el Virreinato del Perú encontramos experiencias similares en las famosas “reducciones” jesuitas del Paraguay, destinadas a la protección de los guaraníes. En total sumaron quince misiones, la primera de 1609. Cada “reducción” estaba representada por un Cabildo dirigido por un corregidor elegido anualmente por los propios indios. La población se estructuraba en torno a la plaza, en cuyo centro se erigía la iglesia-monasterio. Las calles se ordenaban geométricamente en forma de cuadrícula. Cada “reducción” era autosuficiente, tenía escuela primaria y la propiedad de la tierra era mixta, es decir, en parte privada y en parte colectiva. Lamentablemente, la experiencia de estos poblados guaraníes terminó de forma abrupta en 1773, tras la disolución de la Compañía de Jesús. Muchos guaraníes optaron por volver a la selva y otros por integrarse como “españoles” en la vida de las ciudades cercanas.

LAS INSTITUCIONES ASISTENCIALES

Desde los primeros momentos de su llegada a América, España creó una densa red de hospitales. Los primeros son tempranísimos: el de San Nicolás de Bari, en Santo Domingo, se abre el año 1503. Entre esa fecha y 1512 se crearon otros tres en la misma ciudad: el de La Concepción, el de San Buenaventura y el de San Andrés, este último concebido como hospital de pobres. Y las fundaciones se extendieron enseguida por todo el Caribe. En 1515 se abre el Hospital de Santiago en Darién (actual Panamá) y en 1522 el de Santiago de Cuba. En Puerto Rico sabemos que en 1524 había ya dos hospitales en funcionamiento: el de San Ildefonso y el de San Juan, llamado también de Nuestra Señora de La Concepción.

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Como puede imaginarse, el fenómeno se repitió en el Virreinato de Nueva España. En la ciudad de México se creó en 1521 el Hospital de Nuestra Señora de la Concepción, y en 1532 el Hospital Real de Naturales (es decir, para indígenas) regentado por los franciscanos. A imitación de estos, también los poblados indígenas erigieron sus propios hospitales para pobres. De este último tipo destacaré solo el de La Encarnación, levantado en Tlaxcala en 1537. En 1553 la Corona crea el Hospital Real de San José para indígenas, donde por cierto se realizó en 1576 la primera autopsia hecha en América.

Y lo mismo en el Virreinato de Perú. En 1538 se funda en Lima el Hospital Real de San Andrés, en 1552 el de San Juan de Dios en Concepción (actual Chile), en 1554 el de Santiago en Santiago de Chile, en 1556 en de La Asunción (actual Paraguay), en 1564 el de San Pedro de Bogotá (actual Colombia), en 1565 el de La Misericordia en Quito y en 1567 el de Santa Bárbara en Chuquisaca (Sucre). Algunos de estos hospitales para indios pobres fueron fundados por personas particulares; es el caso de Nicolás de Ribera el Viejo, que en 1556 funda un hospital para indios en Ica, Perú, en compensación -dice- por haberlos maltratado alguna vez, o por haberles exigido más tributos de los que “sin mucho trabajo ni fatiga de sus personas me podían y debían tributar… o por no les haber dado tan bastante y cumplida doctrina como debía”. Huelgan más ejemplos.

LA LENGUA, LA CULTURA Y LAS INSTITUCIONES EDUCATIVAS

También fue temprana la intención de los españoles de enseñar a los indios a leer y escribir, no solo en castellano sino en su propia lengua nativa. El hecho es importante, pues los nativos americanos carecían de una escritura como tal, a no ser algunas pinturas secuenciales o los conocidos quipus andinos. Pero más importante aún es que muchas de las primeras cosas que aquellos indígenas aprendieron a leer y escribir fueron palabras en su propia lengua. Es sabido que el primer libro impreso en América fue un catecismo en lengua española y náhuatl (1539). No por menos sabido es menos verdad que cerca de una tercera parte de los libros publicados en Nueva España en el siglo XVI lo fueron en idiomas nativos. Más aún, las autoridades virreinales potenciaron determinadas lenguas nativas como lengua común o lengua koiné de sus respectivas áreas de influencia. Así, el náhuatl en Nueva España, el cakchiquel de Guatemala, el quechua en el Perú, el aimara en las regiones andinas, el chibcha en Colombia y el tupiguaraní en Paraguay. La propia legislación lo favorecía: en 1580, el rey Felipe II ordenaba crear cátedras de lenguas indígenas en las Universidades de Lima y México. Acaso siguiendo esa orden, en 1585 el virrey del Perú Francisco de Toledo dispuso que «al sacerdote que no supiese la lengua general (el quechua) se le quitasen 100 pesos ensayados de su salario (que era por aquel entonces de 800) por darles ocasión a que lo aprendiesen».

Con todo y con eso, la lengua española se acabó generalizando. No en vano era lengua de la cultura dominante y en la que se ejercía la administración pública. También era la única común a todos los territorios virreinales, dada la enorme fragmentación idiomática de los nativos. Nada distinto, en suma, a la situación en la propia Península Ibérica, donde -desde el siglo XIV- se venía dando una convivencia sin problemas entre las distintas lenguas locales y el castellano, cada vez más extendido como lengua común o lengua koiné. La hispanización idiomática de América, como vemos, no fue producto de ninguna imposición, sino -como lo había sido el latín en la propia Península Ibérica durante la dominación romana- fruto de una necesidad social. Pronto se vio que el indio hispanizado alcanzaba una posición privilegiada frente a los demás en cuanto que le permitía ingresar en el “cursus honorum” de las ciudades.

Ayudaron mucho a esa generalización del castellano las escuelas primarias para indígenas que España no tardó en instalar en sus dominios americanos. En 1523 ya había una en Texcoco, seguida pronto de otras en la propia ciudad de México, en Tlaxcala, en Huejotzingo y en Cuautitlán. Desde 1530 hubo también escuelas primarias para muchachas indias en Texcoco, Huehxotzingo, Cholula, Otumba y Coyoacán. Obviamente, como todavía no eran muchas, se reservaban sus pocas plazas para los hijos de los caciques y de otros indios principales, pero no fueron escasos los hijos de plebeyos que lograron acceder a ellas, sobre todo al principio por el recelo de muchos señores indios, que optaban por enviar vasallos suyos a las escuelas haciéndolos pasar por hijos propios. Esto permitió a buen número de indios pobres aprender lo suficiente para ocupar cargos en los recién creados cabildos municipales y promoverse socialmente.

No es muy sabido que también hubo en América colegios de educación secundaria para mestizos e indios, como el masculino de San José de los Naturales y el femenino de Nuestra Señora de la Caridad (fundado en 1548), ambos en México. También en el Virreinato de Perú se produjeron estas fundaciones, aunque más tardías. En 1618 se crea en Lima el Colegio de Caciques para indios nobles, llamado Colegio del Príncipe por haber sido promovido por el propio virrey Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache. En 1621, también bajo el patrocinio de Esquilache, abre a su vez el Colegio de San Borja para Incas nobles en Cuzco. Eran centros educativos tendentes a una enseñanza superior, que también la hubo.

Precisamente el primer Colegio de enseñanza superior destinado a los indígenas se fundó tempranamente, en 1536. Es el Colegio de la Santa Cruz de Santiago, en Tlatelolco. En él se impartía latín, humanidades, retórica, música, teología y medicina, con un acento especial en la medicina indígena, que los españoles valoraron muy positivamente. Su biblioteca, con cerca de  cuatrocientos volúmenes, algunos en lengua nahautl, otomí y maya, fue una de las más grandes de América en todo el siglo XVI, solo superada por la biblioteca particular del doctor Francisco de Ávila, canónigo mestizo de la catedral de Lima, que vivió en la primera mitad del siglo XVII y que llegó a reunir más de tres mil volúmenes. Desde 1546, además, el colegio de Tlatelolco estuvo administrado por los propios escolares indígenas y sus profesores. Algunos exalumnos llegaron incluso a ocupar cargos en el Consejo, y hasta hubo quien llegó a rector. Sin embargo, en 1564 diversos problemas económicos llevaron finalmente a los franciscanos a hacerse con la gestión del colegio, que se vio obligado a reducir sus iniciales expectativas académicas. Claro que para 1551 ya existe la Real y Pontificia Universidad de México, en la que también se admitía a los indígenas sin más restricciones que las impuestas a blancos y mestizos.

Interesante me parece hablar en este punto del teatro, que España trasplantó a América sin limitaciones de acceso, ni siquiera para los indígenas. El primer corral de comedias de América se erige en 1597 en México. Luego se levantan muchos otros más en las principales ciudades: Puebla (1617), Lima (1622), etc. Su público era el mismo que en la Península Ibérica; ni siquiera estaban excluidos los indígenas con tal de que fuesen cristianos.

LAS INFRAESTRUCTURAS HIDRÁULICAS

La preocupación de la Corona por la irrigación en los nuevos territorios americanos fue proverbial y tempranísima. Ya en 1493, los Reyes Católicos ordenaban a Colón que, en su segundo viaje a América, llevase a alguien versado en la construcción de acequias. En 1544 Rodrigo de Liendo diseñó y construyó en Santo Domingo un complejo sistema de abastecimiento de agua mediante un gran pozo cuya agua era extraída con una serie encadenada de norias y luego volcada en un acueducto. Por las mismas fechas se construía en Cuba la Zanja Real para abastecer La Habana. También en la ciudad de México se realizaron en el siglo XVI rudimentarios acueductos de obra en sustitución de las antiguas cañerías de barro aztecas apoyadas sobre la calzada de Chapultepec. Gracias a ellos, hacia 1570 casi todas las calles de la capital tenían ya sus “cajas de agua”, es decir, sus pequeños aljibes. En 1620, este acueducto del XVI se sustituyó a su vez por otro más grande, de novecientos arcos, el llamado de San Cosme del que aún quedan restos. No fue este el único acueducto realizado por España en América. Hoy día se conocen cerca de dos centenares; pero no se asuste el lector, que no será preciso hacerle aquí un listado. Bastará con recordar el llamado “acueducto del Padre Tembleque”, realizado hacia 1541 en Teotihuacán, entre Otumba y Zempoala, es decir cuarenta y ocho kilómetros, de los cuales una gran mayoría discurren bajo tierra. Otro ejemplo temprano es el acueducto de Zempoala, de mediados del siglo XVI. Interesante es también el Acueducto de Los Remedios, en Naucalpán, de cerca de quinientos metros y realizado a mediados del siglo XVII. Podemos hablar también de la creación de lagunas artificiales, como la de Yuriría, en Michoacán, de 1544.Señalo también la introducción -al menos en Nueva España- de sistemas de acequias para la irrigación: conocemos al respecto la tarea realizada por Fray Jacobo Daciano en Querétaro hacia 1530.

Otra de las técnicas de irrigación y abastecimiento de agua que España llevó a América fue la de las galerías filtrantes consistentes en extensas ramificaciones de túneles excavados horizontalmente en la ladera de una pendiente para canalizar la infiltración del agua subterránea. Se trataba de una técnica oriental (los qanats o foggaras) adoptada en la Península Ibérica desde el tiempo de los árabes y ahora trasplantada a América. En el virreinato de Nueva España encontramos estas galerías filtrantes en Tlaxcala, Puebla, Nuevo León, Coahuila, Zacatecas y La Huasteca. En el Virreinato de Perú, en cambio, estas técnicas de aporte hídrico no fueron tan necesarias porque ya existían variados procedimientos similares de origen indígena que los españoles aprovecharon convenientemente. Aun así, podemos mencionar acueductos como el de Sapantiana, en Cuzco.

Además de todo ellos, los españoles introdujeron en América técnicas hidráulicas menores pero de gran utilidad, como la palanca, la polea y la noria para la extracción de agua de los pozos. Proliferaron así los aljibes y las fuentes para el abastecimiento local de agua, algunas de ellas monumentales, como la de Tochimilco, la de Texcoco y la de Chiapa de Corzo, todas ellas del siglo XVI. Como curiosidad, destacaré la construcción en 1607 de unos baños termales en Puebla aprovechando una fuente de agua sulfurosa próxima a la localidad.

LAS INFRAESTRUCTURAS VIARIAS

Hemos hablado de ciudades, de cabildos, de instituciones asistenciales y educativas y de infraestructuras hidráulicas, pero no podemos dejar de lado lo que probablemente fuera el mejor aliado de la hispanización de América: la red de “Caminos Reales”. Estos caminos no eran simples allanamientos del terreno, sino verdaderas obras de ingeniería al modo en que lo eran las antiguas calzadas romanas en la propia Península Ibérica: debían tener una anchura determinada, estaban empedrados en muchos de sus tramos y atravesaban numerosos puentes de piedra de los que todavía quedan numerosos ejemplos: el Puente Viejo de Lima, los del Matadero y del Rey en la ciudad de Panamá, el Puente de Ojuelos en Jalisco (México), el del Diablo de Xalapa (México), el Puente Nacional de Veracruz (México), el de San Rafael, el de La Quemada y el de Fraile o del Chamacuero en Guanajuato (México), el Puente Cuchischaca en Pasco (Perú), el de San Pedro de Guaytará (Perú), el de Huancaya (Perú), el de Combapata (Perú), el de Pomacanchi (Perú), el de Pachachaca (Perú)… Desde el siglo XVII, además, en las localidades intermedias del camino la Corona habilitó concesiones para instalar mesones públicos donde alojarse, postas, talleres de herreros y carpinteros y arrias para el trasporte. Del mismo modo que en la España europea, los tramos del camino los protegía la Santa Hermandad, cuyo alcalde solía ser elegido democráticamente por los vecinos, fueran blancos, mestizos o indios.

Los “Caminos Reales” españoles lograron unir la España americana de norte a sur. En el Virreinato novohispano las grandes arterias fueron básicamente dos: el llamado “Camino de la plata”, que partiendo de México capital llegaba a Santa Fe (actualmente Nuevo México, Estados Unidos) después de recorrer 2560 kilómetros, y el “Camino Real de Chiapas”, que enlazaba la ciudad de México con Guatemala. En el siglo XVIII se crearon además otros dos, ambos hacia el norte: el “Camino Real de Texas” o “de los Tejas”, que llegaba a Natchitoches-Louisiana (actualmente Estados Unidos) con una longitud de 4000 kilómetros, y el llamado “Camino de los Reyes”, que unía México con San Agustín (Florida). Sobre ese eje se vertebraban otros ramales secundarios llamados “caminos de travesía”, como el de Veracruz, que unía México capital con Veracruz, o el de Yucatán, que unía las poblaciones yucatecas de Mérida y San Francisco de Campeche. En el siglo XVIII se creó el “Camino Real de California”, que unía los 2000 kilómetros entre Santa Fe y Los Ángeles. En Panamá se abrieron el llamado “Camino de Cruces” entre la capital de la audiencia y Portobelo y el que unía Cartago (actual Costa Rica) y Nicaragua.

También en los territorios del cono sur encontramos una gran arteria vertebradora: la que unía Lima, capital del Virreinato del Perú, con Caracas, capital de la Capitanía de Venezuela, pasando por Quito y Santa Fe de Bogotá a lo largo de 3000 kilómetros. En la zona específica de Perú se aprovecharon las viejas sendas incas, igualmente empedradas y de gran calidad, aunque más estrechas que las españolas. Sobre esa gran arteria Lima-Caracas se construyeron diversos caminos de travesía, como el llamado “Camino de Cartago”, que unía esta ciudad con Santa Fe de Bogotá atravesando la Cordillera Central por el paso del Quindío, el que llevaba de Santa Fe de Bogotá al río Magdalena (Honda) para enlazar por vía fluvial a Cartagena de Indias, o el llamado “Camino de los Arrieros”, que unía a la Ciudad de Caracas con el puerto de La Guayra.

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