Manifiesto joseantoniano ante el 9-N en Cataluña

Manifiesto joseantoniano ante el 9-N en Cataluña

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La abierta rebeldía de la Generalidad de Cataluña contra el Estado español nos hace asistir a un espectáculo más triste que el de la misma rebeldía: el de la indiferencia del resto de España, agravada por la traición de los partidos, como el socialista, que han pospuesto la dignidad de España a sus intereses políticos.

Mientras los nacionalistas catalanes caldean el ambiente de Barcelona, no hay en Madrid nacionalistas españoles que proclamen a gritos la resuelta voluntad de mantener unida a España.

Lo que se estima intolerablemente ofensivo para la dignidad de España es el alzamiento frente al Estado de un organismo regional, subrayado con palabras y ademanes de reto y teñido no ya del más patente desamor, sino del odio más agresivo contra España.

El Movimiento Joseantoniano no quiere hacerse solidario del cobarde silencio que rodea a tal actitud de los separatistas. Ni quiere ser cómplice de la desasistencia que en estos instantes debilita al Gobierno español. Para alentarle y servir a España hasta donde sea preciso, compromete su resuelta palabra de adhesión a la unidad de la Patria.

Se ha dado tales alas al separatismo que hoy el separatismo en Cataluña no es un sentimiento clandestino, transportado en secreto como cosa prohibida, sino que es el efecto retórico de primer uso, lanzado como la cosa más natural, para salvar situaciones difíciles, incluso por las autoridades representantes allí del Estado español.

Puesta la cosa así, desnuda y fría, ante nuestros ojos, tendría que sacudirnos una conmoción de arriba a abajo si no hubiésemos perdido por entero la sensibilidad. En España se emplea el sentimiento separatista a plena voz, como instrumento normal de comunicación política entre los gobernantes de Cataluña y sus gobernados.

A esos gobernantes así no sólo les ha entregado España gran parte de su hacienda y el orden público, sino que les ha entregado lo que importa más: la formación del alma de las generaciones nuevas. Horripila pensar cómo van a sentir la solidaridad española esas generaciones nuevas educadas por quienes profesan sin embozo su insolidaridad.

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Formar unidades ingentes, como la de España, es tarea de muchas generaciones al servicio de un constante esfuerzo. La gloria difícil de una gran obra así pide el sacrificio de siglos. Deshacerla es mucho más fácil: basta dejar que florezca en todas las grietas el separatismo elemental, desintegrador, bárbaro en el fondo, para que todo se venga abajo. Pero eso sólo puede ocurrir si no se interpone la decisión resuelta de un pueblo, ya formado, que quiere mantenerse a toda costa en su unidad.

España es irrevocable. Los españoles podrán decidir acerca de cosas secundarias; pero acerca de la esencia misma de España no tienen nada que decidir. España no es “nuestra”, como objeto patrimonial; nuestra generación no es dueña absoluta de España: la ha recibido del esfuerzo de generaciones y generaciones anteriores y ha de entregarla, como depósito sagrado, a las que la sucedan. Si aprovechara este momento de su paso por la continuidad de los siglos para dividir a España en pedazos, nuestra generación cometería para con las siguientes el más abusivo fraude, la más alevosa traición que es posible imaginar.

Las naciones no son “contratos”, rescindibles por la voluntad de quienes los otorgan: son “fundaciones”, con sustantividad propia, no dependiente de la voluntad de pocos ni muchos.

Mientras la insolencia separatista crece, el Gobierno busca, “fórmulas jurídicas”. Pero piense el Gobierno que si España se le va de entre las manos no podrá escudarse tras de una excusable negligencia. Cuando la negligencia llega a ciertos límites y compromete ciertas cosas sagradas, ya se llama “traición”.

El Estado español ha entregado a la Generalidad casi todos los instrumentos de defensa y le ha dejado mano libre para preparar los de ataque. Así, pues, en Cataluña la sedición no tendría que adueñarse del poder: lo tiene ya. Y piensa usarlo, en primer término, para proclamar la independencia de Cataluña.

Plataforma 2003 se suma a cuantas otras voces reclamen también una actuación más enérgica e inmediata del Gobierno español, dada la ineficacia real de su actuación, hasta hoy exclusivamente jurídica, ámbito en el que la pertinaz desobediencia de la Generalidad actúa con absoluta impunidad. La rebelión de 1931 y de 1934, se repite ahora.

Nota: En cuatro ocasiones alertó José Antonio de la grave amenaza separatista en Cataluña, convertida en realidad el 6 de octubre de 1934 (15 de junio, 12 de julio, 19 de julio y 24 de septiembre de 1934, Edición del Centenario, pp. 608, 636, 638 y 694). Con sus mismas palabras de entonces, levemente adaptadas al problema de hoy, Plataforma 2003 difunde este manifiesto.

Plataforma 2003

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