José Antonio, el hombre. Meditaciones de un camisa nueva

José Antonio, el hombre. Meditaciones de un camisa nueva

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José Antonio, el hombre. Meditaciones de un camisa nueva

Por Enrique de Aguinaga

“España Una”

periódico de prácticas

Escuela Oficial de Periodismo

Madrid, 29 de octubre de 1944.

“Porque me has visto Tomás,  has  creído;

bienaventurados los que no vieron y, sin embargo creyeron”

Si , yo soy camisa nueva. No sé si con esto soy más o menos afortunado. Pero aunque tengo, como todos, la añoranza de los tiempos primeros, de la presencia viva de José Antonio, de aquel clima heroico, creo que esto no es lo fundamental.

Para todos -viejos y nuevos camaradas- ahí está la lección conmovedora de José Antonio. Lo otro es anécdota, y si de veras nos interesa conocer su figura no lo conseguiremos por vía de lo pintoresco.

Nos lo han contado muchas veces; lo hemos leído con la emoción del descubrimiento. En una noche clara con chisporroteos de fuego campamental; en la soledad del espíritu deslumbrado: «Era una mañana dominguera, era un día gris de otoño madrileño, era el 29 de octubre… » Nos lo han dicho con sencillez, con énfasis, con apasionamiento. Pero lo único inmutable es una oración que empieza diciendo de un hombre nefasto y termina con un amanecer presentido en la alegría de nuestras entrañas.

Para mi, esto es lo único que vale. El detalle, el color de la mañana, son pinceladas nostálgicas, algo así como “el césped y el arroyo”, y yo, que no conocí a José Antonio, recelo en aceptar estas referencias que con su apasionamiento han ido deformando su figura, haciendo un cromo o -lo que considero peor aún- un mito de lo que por encima de todo fue Hombre con todo su profundo significado.

Yo, creo que el mito es peligroso. En primer lugar porque origina una conciencia irreal de las cosas. A las nuevas generaciones hay que darles la auténtica versión de José Antonio; el hombre extraordinariamente sereno y armónico; pero esto no esporádicamente sino logrado a, través de una severa disciplina mental.

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José Antonio posee un cerebro magníficamente dotado. Su inteligencia tiene el perfil de lo clásico, y así su obra. El Movimiento de Falange Española no fue el resultado de un arrebato, sino el fruto de una madura reflexión. A través de sus escritos, el mismo evidencia la lucha íntima y tremenda entre su vocación individual y su entrega al servicio de España.

La arquitectura ideológica de la Falange es la madurez de un pensamiento hondamente reflexivo que rechaza lo espontáneo. «Soy enemigo de las improvisaciones, igual en un discurso que en la muerte. La improvisación es una actitud de la escuela romántica, y no me gusta.»

Aprendamos a ver en José Antonio esta organización mental antes que nada. Para nosotros José Antonio debe ser el Hombre y el Político. En lo demás -Profeta, Vidente, Poeta…- hay algo de zarandaja y tufarada, Sobre todo en lo de Poesía.

José Antonio trajo una nueva dialéctica, una oratoria y un estilo que tuviesen la virtud de mover. «A los pueblos no los han movido más que los poetas.» Pero-¡cuidado!, que esto se ha traído y llevado mucho- José Antonio no  dijo que estos mismos poetas fuesen los conductores. Atribuye, certeramente, a la Poesía una facultad de exaltación, pero no una facultad rectora y en último término conserva siempre su posición intelectual cuando atribuye al cerebro modos de amar desconocidos por el corazón. La Poesía no puede considerarse como la esencia del Movimiento por la misma razón elemental que nos dice que la música de órgano no es la propia iglesia. Esto es la forma, pero no la entraña.

Lo fundamental,  la base del sistema, es el Hombre. Y aquí está la suprema creación joseantoniana: un tipo humano completo. Y él mismo es substancialmente el arquetipo, pues si descubrió la verdadera dignidad humana y trajo el yugo del Servicio como norma, él supo llegar hasta su forma suprema con la misma gallardía con que le dedicó su vida en una dolorosa evasión de la torre marfileña. Y aun en ese tremendo momento no se deshumaniza, no hace una frase para la galería, sino que con sencillez y sinceridad profundamente humanas surge la confesión: «Nunca es alegre morir a mi edad.»

Este era el hombre. Bienaventurados los que le conocieron. Pero mas bienaventurados aún los que sin verlo lo amaron y creyeron en él.

Plataforma 2003

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“Jose Antonio, el hombre” lo escribí a los pocos días de ingresar en la Escuela Oficial de Periodismo y tal como lo escribí se publicó en el periódico de practicas, el 29 de octubre de 1944, ¡hace setenta años!

Reconociendo todas sus ingenuidades, lo he  vuelto a leer con la ternura que produce el  hallazgo del traje de Primera Comunión en  el viejo baúl. También, con el vértigo del pozo del tiempo, en cuyo fondo, de repente, se ha encendido un relámpago de seis palabras: él mismo es sustancialmente el arquetipo.

¡Dios mío! ¡Cincuenta y tres años antes de que lo propusiera como arquetipo para la juventud, en el Ateneo de Madrid, en la presentación del libro “Sobre José Antonio”! ¡Cincuenta y tres años antes de la confirmación en el articulo “Joseantonianos”, tantas veces censurado! ¡ Sesenta y ocho años antes de la elaboración de la idea, en el articulo “Ser y estar de José Antonio”!

Me viene al pensamiento aquel titulo: Los árboles mueren en pie. Y lo repito  como homenaje a nuestro camarada Maestú, admirable entre los inasequibles al desaliento.

Enrique de Aguinaga

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