De la espada pretoriana al análisis de ADN

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Desde Julio César, con Cleopatra, hasta Juan Carlos I, con vaya usted a saber quién, la historia de reyes y emperadores está plagada de bastardos. Algunos de ellos sublimes, como Juan de Austria.

Quizá el primer gran bastardo real de la Historia fue Cesarión, el hijo que Julio César tuvo con Cleopatra y que, tras los Idus de Marzo, Octavio Augusto se ocupó convenientemente de eliminarlo, después de hacer lo propio con la mamá de Cesarión, a la que condujo al suicidio, y con el amante de la faraona egipcia, Marco Antonio, que sustituyó a Julio César en la cama de Cleopatra y pretendió relevarle también bajo el palio imperial. Desde entonces las cosas han cambiado mucho. Los bastardos reales siguen siendo una constante, pero ya no reciben la visita de un pretoriano que les da a elegir entre el filo de una espada o el veneno de una pócima. Hoy los bastardos reales acuden a los tribunales de justicia con un tubito de análisis clínicos y una prueba de ADN, que demuestran científicamente que quien se sienta en el Trono es papá porque una vez se tumbó en la cama con mamá.

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La admisión a trámite por la Sala Civil del Tribunal Supremo de la demanda de paternidad presentada por Ingrid Sartiau, de nacionalidad belga, que sostiene que el Rey Juan Carlos I es su padre, y el rechazo de la misma demanda de paternidad por parte del ciudadano español Alberto Solá Jiménez, vuelve a traer a portada las bastardías reales con toda su carga de morbo y cotilleo que siempre las acompaña y que Leandro de Borbón, bastardo de Alfonso XIII, lleva con la misma dignidad con la que porta en su rostro las huellas de su linaje: es idéntico a su hermano Juan, padre de Juan Carlos I.

La Historia de las monarquías del Viejo Continente, desde los Reyes Godos a los Romanov rusos, desde Covadonga a Moscú, está plagada de bastardos reales o imperiales. Durante el Imperio Romano la bastardía era un hecho tan común como en la Edad Media no sólo en las familias reales, también entre las gentes del común. Muchos de esos bastardos desempeñaron papeles importantísimos en la política, la milicia y la diplomacia. Otros acabaron enclaustrados en conventos y monasterios, o sirvieron de recompensa marital en la política de enlaces matrimoniales de las casas reales de las que descendían. Y otros muchos acabaron, es cierto, muertos o exiliados, relegados al olvido por el temor de los legítimos herederos del trono y la corona. O sea, de sus propios hermanos. La fraternidad de Caín y Abel o de Rómulo y Remo es también una constante histórica cuando el libro de familia y la primogenitura llevan aparejado un importante legado de hacienda y poder.

En España hay dos bastardos reales paradigmáticos, cuyas biografías ennoblecen incluso el concepto y la palabra bastardo, tan injustamente utilizada de forma peyorativa. El primero de ellos fue Juan de Austria, hijo extramarital del Emperador Carlos I con Bárbara Blomberg. El Emperador se hizo siempre cargo, en todos los sentidos, de su hijo bastardo, veló por su educación y formación y atendió con largueza todas sus necesidades, incluídas las de representación y protocolo. Desde su retiro de Yuste encomendó a su hijo legítimo, Felipe II, que tratase como a tal a su hermano Juan, que acabó pasando a la Historia nada menos que como el comandante supremo de la flota combinada cristiana que derrotó al turco en la Batalla de Lepanto. El otro gran bastardo real español pertenece también a la Casa de Austria y es tocayo de su ascendiente Juan. Se trata de Juan José de Austria, nacido de las relaciones del rey Felipe IV con la actriz María Calderón, popularmente conocida como La Calderona. La madre de Juan José de Austria es fácilmente identificable pues fue la modelo que posó para que Diego Velázquez pintase su obra inmortal “La Venus del Espejo”. Como se puede comprobar Felipe IV no tenía mal gusto para las mujeres. Juan José de Austria tuvo también en la España del siglo XVII un importantísimo papel militar y diplomático, fundamentalmente en la recuperación tanto del reino de Nápoles como, después, de Cataluña tras la revuelta de 1640.

Información ofrecida por Eduardo García Serrano en el diario La Gaceta.

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