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Don Juan Prim y Prats, soldado y estadista

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Este año se cumple el bicentenario del nacimiento del General Juan Prim y Prats (6 de diciembre de 1814, Reus). Dada la personalidad de este ilustre catalán, TROCHA quiere unirse a las celebraciones que, seguro, recordarán a esta figura de la historia de España en el siglo XIX. Empezamos, pues, una serie de pequeños artículos conmemorativos que esperamos sean del agrado de nuestros lectores.

Queda dicha la fecha del nacimiento de quien sería el ilustre soldado y político. Su familia procedía del Urgell, concretamente del pueblo de Verdú; entre sus antepasados y familiares lejanos se encontraban médicos, sacerdotes, catedráticos y abogados. Su padre, Pablo Prim i Estapé era notario y teniente coronel de Infantería; era hombre entero y honesto, además de valiente, como lo demostró al luchar en la Guerra de la Independencia y en la 1a Guerra Carlista. Educó a sus hijos severamente, hasta el punto de que los castigaba a reclusión en el desván de la casa cuando las travesuras se pasaban de la raya; el joven Joanet se escapaba siempre de aquella mazmorra familiar y huía a jugar por las calles.

Recordemos, para terminar esta primera entrega sobre nuestro personaje, lo que se dijo de él; así, Marx y Engels afirmaron que “era el general más combativo del ejército español”; O ́Donnell dijo que “siempre era el primero en el peligro”; Castelar lo definió como “amigo del peligro”; Narváez, su tenaz adversario, reconoció “el brío que tiene siempre y la mayor decisión”. El propio Prim explicaba que “la hora del fin está escrita y nada más pasa lo que tiene que pasar” y más tarde aclaró: “Se habla mucho de mi valor y yo no le comprendo. Valor sería si, afectándome el peligro, lo arrostrase; pero a mí las balas me hacen el efecto de las notas de música: me divierten o me animan, pero no me alteran. Debe de consistir en el temperamento, en los nervios, ¿qué sé yo? Por consiguiente, es una cosa que no tiene mérito”.

Prim manifestó su vocación militar ya desde muy joven, quizás por la admiración que sentía por su padre. A los 19 años se inscribió como cadete en el cuerpo franco de Tiradores de Isabel II, creado por el capitán general Llauder. Su bautismo de fuego fue el 7 de agosto de 1834, en el curso de la 1a Guerra Carlista, y durante ella ya mostró un valor temerario. A los 26 años ya había alcanzado el grado de coronel y condecorado con dos cruces de San Fernando de 1a clase; había recibido ocho heridas de importancia y abatido a cinco enemigos en el cuerpo a cuerpo. Su fama se extendió no solo por el Ejército Liberal sino incluso por el enemigo Ejército Carlista. Una de sus frases más célebres era: “No tengáis miedo, porque vais con Prim y su buena suerte”.

Rechazó un destino tranquilo porque amaba la acción; cuando se encontraba en una situación desesperada, se le oía exclamar en catalán: “Valga ́m la Verge Santíssima”. Acabada esta guerra, sus actuaciones continuaron en la represión de la revuelta de Barcelona en 1843. Llegó al generalato, obtuvo la Gran Cruz de San Fernando y los títulos de Conde de Reus y de Vizconde del Bruch.

A pesar de que algunos catalanes lo consideraran, durante la campaña mencionada, como un traidor, lo cierto es que intentó esfuerzos reconciliatorios, que no fueron aceptados por la Junta Central de Barcelona. Al final de este episodio, se metió en cuestiones políticas y fue condenado a seis años de prisión en las islas Marianas, pero, finalmente, a ruegos de su madre, indultado por Narváez y por la propia reina.

En 1847 fue nombrado Capitán General de Puerto Rico, cargo en el que apenas permaneció un año. En su toma de posesión, se cuenta la anécdota del desprecio de que fue objeto por parte de su predecesor en el cargo, el Conde de Mirasol, de la más rancia nobleza, que no acudió a recibir a Prim al puerto; al entregársele las llaves de la ciudad, se le dijo que se hacía “en nombre de la Reina y del Conde de Mirasol”; su respuesta fue que las aceptaba “solo en nombre de Su Majestad”.

Muy sintomática del carácter de Prim es la anécdota con el bandolero portorriqueño llamado El Águila, quien, al parecer, siempre esquivaba a la justicia por sus buenas relaciones… Prim lo encuentra en prisión, encadenado y con grilletes, y, compadecido, le devuelve la libertad de movimientos con la promesa de que no intentará fugarse: Si lo haces, te pegaré cuatro tiros. El bandolero incumple su palabra y se escapa de nuevo, robando incluso un caballo del general. Capturado rápidamente, fue fusilado sumariamente, con escándalo de muchos políticos, tanto de la Isla como de la Península.

Intervino el Capitán General de forma preventiva ante la posibilidad de una rebelión de esclavos, como la que se había producido en las posesiones francesas; promulgó un duro Código Negro, y sofocó una pequeña rebelión al sur de la isla.

En los años 1853 y 1854 viajó a Oriente, como observador en la guerra ruso-turca, que daría lugar a la Guerra de Crimea, pero no se resignó a simple espectador sino que intervino aconsejando al General Omar Paxá, si bien no aceptó las ofertas gananciosas de ponerse a su servicio por fidelidad a España y al gobierno que le había enviado; solo le interesaba la acción, porque los hijos de gatos gustan de ratones y el español, cuando ve camorras, siente hervir su sangre y no cede su parte ni al diablo; le interesaba conocer y estudiar la guerra moderna de grandes dimensiones.

Al retorno de Oriente, fue nombrado Capitán General de Granada y, como tal, sofocó con dureza los ataques a Melilla de las cabilas rifeñas; este fue el prólogo de la Guerra de África (1859- 1860), que supuso el culmen de la gloria militar de Prim. Las batallas de Castillejos, Wad-Ras y Tetuán le elevaron a héroe nacional. Como ya había ocurrido en las guerras carlistas, sus propios enemigos glosaron su valor. Arengó a sus voluntarios catalanes en su idioma y les comunicó un entusiasmo que les convirtió en invencibles; como dijo un periodista testigo, los catalanes se batieron como tigres. Cargados por la caballería mora… se lanzaron entre la multitud de caballos, y muriendo y matando, hicieron retroceder a los moros. De 257 que participaron en la batalla de Wad-Ras, murieron 7 oficiales y 111 soldados. El poeta Bernat i Baldoví dijo: “que encara que de nom Prim / és el general més gros /que hui en Espanya tenim” (aunque de nombre delgado es el general más grande que hoy tenemos en España).

En su afán de conocer mejor la técnica militar moderna, Prim viajó a los EEUU en plena Guerra de Secesión, donde tuvo ocasión de presenciar batallas importantes. Poco después, fue enviado por el Gobierno a México, al frente de 6.000 soldados españoles, para apoyar la intervención de Francia e Inglaterra ante diversas medidas económicas del presidente Juárez que perjudicaban a estas naciones, pero se retiró con sus soldados, al advertir que lo que estaba en juego era “la independencia y la dignidad de México”, al que Francia pretendía imponer a Maximiliano de Austria y convertirlo en colonia; su retirada no agradó en los centros oficiales del Gobierno español, pero, a su regreso, presentó un informe en el Senado en el que pronosticaba el futuro desastre de la aventura colonial francesa y del propio Maximiliano (recordemos que la voz Latinoamérica fue un “invento” francés para justificar su presencia en lo que había sido la América española). Los mejicanos quedaron agradecidos, hasta el punto de que hoy sigue figurando en la capital una calle dedicada a Prim y se cantaba un popular corrido cuya letra decía así: “Ya se van los españoles / con ellos la gente fina. / Ya se quedan los franceses, / con látigo y guillotina”.

Prim podía haber aprovechado la oportunidad de consagrarse como el libertador de México, poniéndose al frente de mejicanos y españoles frente a las tropas francesas, pero renunció: “No, señores, no soy cosmopolita. Soy español de pura raza…”, dijo entonces; y añadió: “Sacrificando mi orgullo…, mis tendencias belicosas…, mis sueños de gloria militar”.

Junto con Serrano y Topete, participó en la revolución de 1868, que obligó a exiliarse a Isabel II, pero no aceptó que ocupara su lugar el cuñado de la reina, el Duque de Montpensier, y buscó un nuevo rey que no perteneciera a la dinastía borbónica. Fracasados los intentos con los Hohenzollern (por la oposición francesa) y de un miembro de la dinastía portuguesa (con lo que se hubiera producido la Unidad Ibérica), se inclinó finalmente por el Duque de Aosta,

Amadeo de Saboya; Prim buscaba, ante todo, la modernización de España en la línea del llamado Regeneracionismo, para situar a España a la misma altura de otras potencias europeas.

Pero Prim no pudo recibir al nuevo rey de España; este llegó con el tiempo justo para rezar ante el cadáver de su valedor. El 27 de diciembre de 1870, Prim cayó asesinado en la calle del turco de Madrid por unos disparos a quemarropa de unos embozados. Muchas teorías se han venido suscitando sobre los autores y, especialmente, sobre los instigadores de aquel atentado. De hecho, sobre la investigación aún existen multitud de misterios.

Unos señalan como instigador al general Serrano, uno de cuyos hombres de confianza figuraba entre los asesinos; otros, al Duque de Montpensier, aspirante frustrado al trono; otros, a Paúl y Angulo, republicano violento y de vida crapulosa; algunos dicen que lo instigaron unos negreros de Cuba, asustados por las medidas modernizadoras que preconizaba el general; finalmente, bastantes acusan a la Masonería – a la cual pertenecía por cierto Prim- por incumplir sus órdenes o divulgar sus secretos.

Con respecto a esta afiliación masónica de Prim, es curioso constatar que, a pesar de ella, jamás abandonó sus creencias religiosas en las que había sido educado, ni renunció a su patriotismo y españolidad profunda. Muchos personajes de la época, a fuer de liberales y revolucionarios, creían encontrar en esta sociedad secreta una lanzadera para sus aspiraciones políticas… Lo cierto es que la muerte de Prim sigue siendo un misterio hoy en día, y cada cierto tiempo se renuevan las polémicas en torno a las circunstancias del magnicidio.

Finalizamos esta serie de artículos sobre esta figura singular de nuestra historia, resaltando una serie de aspectos que nos pueden servir de guía educativa para la España de hoy: en primer lugar, su condición, a la que nunca renunció, de catalán y, por supuesto, español; para Prim cualquier localismo elevado a lo político debía parecerle una auténtica estupidez. En segundo lugar, su doble condición de militar y estadista, atento a las necesidades reales de la sociedad española y de la necesidad de recuperar la grandeza histórica de España; por último, sus cualidades –y defectos- humanos, entre los que destacan el valor, la abnegación y la constancia.

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1 COMENTARIO

  1. Estimados señores. Prim no murió de los disparos de la calle del Turco. Estaba gravemente herido
    pero no le dieron tiempo. Lo remataron apuñalándolo por la espalda y como tampoco murió
    finalmente lo estrangularon. La conjura está totalmente aclarada y explicada. para la parte medico legal pueden consultar “Las muertes de Prim” (Tebar Flores, 2014) y para la parte de la investigación “Matar a
    Prim” (Planeta, 2014) y “Prim, la momia profanada” (Poe Books,2014). Prof. Dr. Francisco Pérez Abellán

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