DEL CANGREJO QUEDÓ SÓLO LA CÁSCARA (y II)

DEL CANGREJO QUEDÓ SÓLO LA CÁSCARA (y II)

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Por José Ignacio Moreno Gómez para elmunicipio.es

Aunque se las quisiera disfrazar con la proverbial flema gallega, a uno se le ocurre pensar que las omisiones de Franco respondían a una  estrategia tan fríamente calculada como lo eran sus acciones. El caso es que Franco- dudo que la Gracia del Altísimo tomase parte decidida en ello- quedó como cabeza única del nuevo Estado y sólo responsable ante  Dios y ante la historia.

Un movimiento político donde no existan debates reales, donde no haya lugar para las confrontaciones, donde no exista otra finalidad que la de servir de andamiaje político a una dictadura, es, desde su nacimiento, una cáscara muerta. Eso fue la FET y de las JONS que levantara Serrano Suñer para dotar al poder omnímodo de su cuñado de una cierta formalidad política. Pero, allí donde no hay voces discrepantes, donde el sistema se presenta como una estructura granítica, sin fisuras, donde una falsa armonía domina y apaga cualquier nota discordante, allí, reina la muerte, pues como decía el maestro Unamuno, lo que más nos une a los hombres unos con otros son nuestras discordias; que, incluso en el fuero interno, sólo se pone uno en paz consigo mismo, como Don Quijote, para morir.

La única postura digna ante el Decreto de Unificación, que supuso la aniquilación de la Falange de José Antonio, fue la de Manuel Hedilla, quien rechazó cualquier cargo en aquella mascarada. Los que habían advertido al II Jefe Nacional de que no entregase la Falange a Franco, los “puros”, Agustín Aznar, Dionisio Ridruejo, Sancho Dávila, Pilar Primo de Rivera, pronto ocuparían  cargos de consejeros en el primer Consejo Nacional del partido unificado. Manuel Hedilla, por  contra,  fue condenado a muerte y, luego, conmutada la pena, pasaría seis años en prisión y cuatro más en el destierro.

La FET y de las JONS no fue concebida como instrumento apto para nacionalizar la banca, ni para promover una reforma agraria revolucionaria, ni  para hacer frente  a las grandes compañías eléctricas, constructoras o telefónicas. Tampoco iba a servir para que los españoles participasen en las tareas de gobierno, de una forma democrática: a través de unos sindicatos representativos y gestores de la economía, o a través de unos municipios plenos de competencias, autónomos y libremente federados. El partido unificado sirvió, más bien, para todo lo contrario. El fraude se hizo evidente para unas juventudes formadas en ideales grandilocuentes y que habrían de constatar cómo la realidad, a pie de calle, marchaba por otros derroteros. Algunos de los que creyeron en esa especie de Leviatán nacional-católico con ornamentos fascistas, como Ridruejo, pronto se desengañaron y solicitaron que se licenciase a la Falange, a una Falange que ya había desaparecido como organización unos cuantos años atrás. Otros, como Arrese, intentaron un debate político absolutamente inusitado y condenado al fracaso, de antemano, en un régimen como el franquista. Por supuesto que dicho debate  ni siquiera llegó a la opinión pública, aunque fue, y hay que reconocerlo, la única reflexión política, hasta ese momento del régimen sobre sí mismo. Los rumbos eran otros y el camino a la monarquía borbónica y a la sumisión a los dictados de los E.E.U.U. y de  Europa  se iba perfilando nítidamente con la ayuda de los “tecnócratas”. Los conspiradores monárquicos contra la República resultaron ser los auténticos ganadores de la partida. La Falange nominal, secuestrada en aquella estructura, era doctrina muerta y, como tal doctrina muerta, quedó abocada al desprestigio no sólo externo, sino también, incluso, interno. Sus símbolos eran ya pura coreografía destinada a emanar olor a rancio; sus principios, fórmulas huecas, recurso retórico para adornar discursos completamente vacíos. ¿Qué significado podían tener la bandera rojinegra de la revolución o el yugo y las flechas del viejo proyecto hispánico en aquella España de tan mediocre presente y con un futuro tan hipotecado?

Aunque adornaran algunas realizaciones prometedoras y de cierto alcance, los símbolos eran ya meros contenedores  donde verter  toda clase de desechos, de material ruinoso, de culpas propias y ajenas, de cantos destemplados y de  inútiles forcejeos que acababan siempre en suspiros de nostalgia ¡No!, ¡No era esto! Luego vendrían a representar a un sombrío bunker, morada de patéticos fantasmas. Luego ya… nada.

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Pero la historia tiene sus ardides y las ideas, especialmente aquellas en que palpita alguna novedad prometedora- sigamos, ¿por qué no?, con la metáfora-, al igual que los cangrejos que se hacen ermitaños, saben encontrar un refugio seguro donde, en inesperada y sorprendente asociación, crecen y preservan su sustancia.

Es lo que ocurrió con los falangistas auténticos como Patricio González de Canales, o como Narciso Perales; o como Ceferino Maestú, o como todos aquellos que resucitaron la tertulia de La Ballena Alegre y la revista Sindicalismo, donde colaboraron y mantuvieron estrecho diálogo con cenetistas de hondo compromiso humano, como Diego Abad de Santillán o Juan Gómez Casas, o con militantes cristianos de base, como Manuel Lizcano Pellón o Julian Gómez del Castillo.

Pocos tienen noticia de  los muy vitales Grupos de Agitación Hispánica del falangista, luego sólo sindicalista, José Luis Rubio Cordón, raíz de la Asociación Cultural Iberoamericana y del oficial Instituto de Cultura Hispánica. Nadie como Rubio Cordón entendió y dio profundidad intelectual al punto tercero de la norma programática falangista. Nadie como él entendió que Iberoamérica, sin España, no está completa ni tiene solución, y que a España se le planteaba, y se le sigue planteando, el dilema de suicidarse en Europa o de hacerse plena en una Unión Iberoamericana. También dieron inesperada vida al movimiento las tertulias de Gambrinus y la Confederación de Trabajadores Cristianos, donde Ceferino Maestú y Manuel Lizcano (ajeno éste al falangismo, aunque bastante próximo en verdad). Intentaron ellos  dar vida al mundo sindical, secuestrado en la burocracia de los sindicatos oficiales, con la cercanía siempre de Patricio González de Canales. De ahí vendrían las Comisiones Obreras de las que se apoderó el Partido Comunista.

En el tiempo que anduve en la FE (independiente) algún camarada me recomendó las obras de Lizcano y de Rubio Cordón. Con el “Desarrollo Sindicalista”, la “Europa como evasión” o las “Quince tesis sobre la sociedad iberoamericana”, pude entender el significado del comunalismo hispano, como alternativa al sistema dominante  y cómo, hoy día, podría desarrollarse un nuevo proyecto  español e ibero-americano. Sigo todavía con algún interés los trabajos de sus continuadores intelectuales en el Instituto Intercultural para la Autogestión y la Acción Comunal-INAUCO- que dirige el antiguo seuista Antonio Colomer. Se trata, desde luego, de una opción alejada de cualquier autoritarismo y netamente personalista. Pero puede que sea éste el camino por donde una Falange que mire al mañana deba de transitar.

Gracias a Patricio González de Canales, a Narciso Perales, a Ceferino Maestú, a Sigfredo Hillers, a los camaradas del FES, del FSR, del FNAL, antes del fin de la dictadura, se mantuvieron vivas y apuntando a una auténtica puesta al día, las ideas de la Falange de José Antonio y del sindicalismo como propuesta autogestionaria y solidaria. Luego vendría la llamada “transición”, donde no se contaba con que quedaran  supervivencias falangistas, si acaso las que blandían los que se aferraban a la cáscara muerta de una simbología absolutamente demodé.  La torpeza de unos, la ceguera de otros; las hábiles jugadas de los que nunca dejaron de tener la sartén por el mango, escamotearon cualquier intento de hacer llegar al pueblo español el  deformado mensaje de la bandera rojinegra y el yugo y las flechas. La última esperanza de una revitalización de los viejos símbolos se apagó tras la desaparición de la Falange Española de las JONS (auténtica)  de  Pedro Conde Soladana.  De lo que pasó en éste y en los otros grupos habría para hablar largo y tendido.

Ya han pasado muchos años, también de eso. ¿Y ahora?, ¿y para mañana?, ¿tendremos alguna otra oportunidad en el futuro? El futuro, habrá que buscarlo entre todos: ¿federación o confederación de partidos y agrupaciones?, ¿seminarios de desarrollo doctrinal?, ¿plataformas ciudadanas y sindicales?, ¿alianzas con otros grupos dentro de las corrientes del personalismo cristiano?, ¿otros símbolos, otras siglas?… Pongámonos a la tarea, pero, eso sí, descartemos para siempre las escenificaciones folclóricas de nuestra propia caricatura.

Es seguro que nuestro cangrejo entrañable habrá de alumbrar nuevas vidas si encuentra una morada sólida.

José Ignacio Moreno Gómez

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