La muerte no parecía un destino hecho para Fernando Monguió

La muerte no parecía un destino hecho para Fernando Monguió

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La historia del falangista Fernando Monguió Becher, nacido en Madrid el 5 de enero de 1917, es uno de los episodios más increíbles y desconocidos de la Guerra Civil española. Monguió fue detenido en mayo de 1936. La policía irrumpió aquel día en su domicilio de la calle Hermosilla, 84. Poco después, descubrió en la terraza de la vecina vivienda del número 82 una maleta y un cajón con once pistolas y su munición correspondiente, las cuales había arrojado al parecer el detenido antes de irrumpir los agentes.

Encarcelado en la Modelo, llegó la funesta noche del 22 de agosto. El periodista Santos Alcocer, recluido en la misma prisión dos años después, recordaba que en cuanto empezaron a correr por los patios y galerías los gritos de «¡fuego, fuego!», se cerraron a cal y canto las puertas de comunicación y los rastrillos, dejando acorralados a la mayoría de los presos.

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Simultáneamente, por las puertas que penetraban los bomberos, lo hacían también los milicianos armados hasta los dientes; los jefes de las partidas de milicias de la CNT y de las Juventudes Socialistas Unificadas de Santiago Carrillo, según Alcocer, aprovecharon el caos reinante para instalar ametralladoras en las azoteas y balcones de los edificios colindantes, disparando a mansalva contra los presos atrapados: militares, falangistas y políticos. Los vecinos, horrorizados, salieron a la calle para avisar a las autoridades. La noticia llegó a oídos del ministro de Gobernación, el general Sebastián Pozas, que envió de inmediato varios coches con guardias de Asalto a la Modelo. Cesaron los disparos de las ametralladoras y los mosquetones, pero en la arena de los patios yacían, como en los coliseos romanos de los primeros siglos de persecución del cristianismo, los muertos y heridos cuyos lamentos percibieron incluso los vecinos de las casas utilizadas por los francotiradores para perpetrar su masacre.

No acabó ahí la horripilante matanza. Las ametralladoras y los fusiles volvieron a emplearse para asesinar ahora lejos de la vista del público espantado, llevadas hasta los sótanos abandonados por los «vagos y maleantes» que habían escapado en cuanto se olieron la chamusquina.

Allí mismo condujeron a Fernando Monguió. Colocado frente a una fila de mosquetones, el infeliz de 19 años encaró, abnegado, la muerte. Instantes después, una salva de siete disparos le hirió en brazos y piernas; siete disparos con incontables orificios de entrada y salida por donde la sangre manó a borbotones.

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– Acosado por ratas

Su cuerpo cayó desplomado al suelo, entre cadáveres y heridos agonizantes, acosados hasta por las ratas inmundas en medio de la sangría. Pero su instinto de conservación pudo entonces más que todo el sufrimiento del mundo. Monguió tuvo el valor y los reflejos suficientes para hacerse el muerto sin exhalar un solo gemido. Pistola en mano, uno de los milicianos se acercó a la pila de cuerpos ensangrentados para asestarles el «tiro de gracia». Cuando le tocó el turno a Monguió, su revólver, providencialmente, se le encasquilló. Dándole por muerto, el verdugo desistió. Entre cadáveres pasó varias horas nuestro protagonista hasta que amaneció. Vivo aún de milagro, tras haber perdido mucha sangre, su amigo y camarada Fernando Reyes pudo salir de la Modelo como súbdito mexicano y avisar a la madre del moribundo, que enseguida obtuvo un pasaporte austríaco para su hijo con el que éste pudo abandonar también la cárcel.

A hombros lo llevó luego otro buen amigo suyo, Ruiz de las Heras, hasta la Embajada de Austria, donde el médico empezó a curarle sus graves heridas. Al cabo de dos días, el 25 de agosto, Monguió pudo volar a Alicante y poco después a Lisboa, desde donde llegó a la ciudad alemana de Hamburgo el 5 de septiembre de 1936.

Al mes siguiente, se encontraba ya restablecido en Burgos, donde se alistó en la Centuria de Madrid de la 2ª Bandera de la Falange de Castilla, que participó en la defensa del Cuartel de la Montaña. Pero nuestro protagonista pudo salvarse de nuevo providencialmente gracias a que se hallaba entonces prisionero.

El Altísimo concedió así a su siervo la gracia del perdón, prolongándole la vida para que un sacerdote pudiese impartirle la absolución. Monguió recibió aún un octavo disparo en el muslo mientras combatía en el frente de Retamares, al noroeste de Madrid, en noviembre de 1936; y por si fuera poco, resultó alcanzado por la metralla en Teruel, a finales de 1937. Pero, con todo y con eso, vivió para contarlo. Falleció así el 29 de octubre de 1995, casi octogenario, dejando esposa y nada menos que nueve hijos.

Una experiencia de película

La insólita epopeya de Fernando Monguió pudo haber inspirado, según Álvaro Irigoyen, investigador de la Universidad de la República del Uruguay, la célebre película española «Raza», en la que el protagonista José sobrevive milagrosamente a los impactos de bala del pelotón de fusilamiento. Escribe así Irigoyen: «Álvaro [José Luis en realidad, nacido en 1911, pues su hijo Álvaro, también cineasta, lo hizo en 1960] Sáenz de Heredia era amigo del “fusilado” y hay fundadas sospechas de que él, como director de la película “Raza”, y el guionista Franco, se inspiraron en este caso para añadir más hagiografía a las peripecias del protagonista de la imperial película». Sea como fuere, enterado de la muerte de José Antonio Primo de Rivera, el propio Monguió, antiguo guardia de vigilancia en el mitin del Teatro de la Comedia, apoyó a Manuel Hedilla contra la fusión de la Falange y los Tradicionalistas, como pretendía Franco.

Escrito de José María Zavala en el diario La Razón

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