La primacía revolucionaria de José Antonio Primo de Rivera

La primacía revolucionaria de José Antonio Primo de Rivera

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La primacía revolucionaria de José Antonio Primo de Rivera

Por Eduardo López Pascual para elmunicipio.es

Me lo temía, al final tal como algunos sospechábamos, la Plataforma 2003 y su máximo o mayor referente, han terminado por acabar con el José Antonio político, revolucionario (aunque empleen esta palabra como reclamo), para reducirlo a una entidad cuasi celestial que solo basaba su mensaje, y su idea social, en una actuación personal o colectiva pura y meramente espiritual. Leyendo el documento que ha elabora la Plataforma 2003 desde la inspiración de su presidente, entiendo que la práctica política, se ciñera a una consideración religiosa, y dejara sus aspiraciones humanas, materiales, pero integradoras del concepto superior del hombre que sin duda tenía José Antonio. Efectivamente José Antonio no fue a la política para crear un hombre bueno; una sociedad de gentes llenas de espiritualidad en sus acciones, aunque esta no se obviara naturalmente en razón de la condición trascendente del hombre. Pero creo, que todo el documento rebosa de un voluntarismo tan ingenuo como ineficaz para el mundo de la competitividad y la confrontación democrática. Es más, sus innumerables referencias al carácter espiritual de José Antonio, que es verdad que las tiene, pero que eso reforzaría su convicción estrictamente social y laboral, sería como un modo de operar más que una forma de Hacer.

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El texto escrito que nos ofrece la Plataforma 2003, con el aplauso de otros reconocidos hombres azules, intentando relativizar todo el contenido humano, social, a una especie de revolución espiritual, no pienso que esté de acuerdo con el interés primero del fundador de Falange Española. Quitar el enunciado revolucionario de la Falange (que ya sabemos que no se trata de un salto en el vacío sino de un proceso sin prisas pero sin pausas, sus rasgos más sociales, no tienen o tendrían más que una curiosidad absolutamente inerte. Para ese viaje, como diría el clásico, no hacen falta alforjas, porque ese sentido espiritual, que lógicamente también aceptamos como sustrato de cualquier sentimiento del hombre, ya nos fue dado por la propia Iglesia a través del tiempo y del Papado; desde las encíclicas de León XIII, hasta las declaraciones del Jesuita Francisco, pasando claro está, por el hecho de que ya existieron formaciones políticas que al menos, se fundaban bajo el nombre de cristianos y ahí quedan las “democracias cristianas”, en diversos países, como en Italia, y ya conocemos sus resultados a pesar de invocar el nombre de Cristo.

No, no me parece exacto que Plataforma 2003 se lance a la aventura de divinizar a José Antonio, enarbolando sus creencias religiosas, y una visión espiritualista de sus afanes por conseguir justicia social, hogar y pan para los obreros, educación y sanidad para los españoles todos, o un futuro de paz y prosperidad para la patria española. Exponer a José Antonio como un santo varón, sitúa al fundador de Falange Española a la altura de místico y eso tampoco corresponde ni siquiera con la realidad de un José Antonio que, en muchas ocasiones, dio muestras de un fuerte genio, de alguna violencia, de ciertas aventuras mundanas, de alguna ironía feroz, es decir, señales inherentes a un hombre de carne y hueso que en un momento dado, se afanó hasta la muerte por ofrecer a España un cuerpo de doctrina política muy de ras de tierra, independientemente de sus convicciones espirituales. Son cosas bien diferenciadas, su intención y su lucha política, con su programa de cambios, de reforma, de innovación, de revolución, y ese tono espiritual con que quería que todo se hiciera.

Por favor, el José Antonio, de Matías Montero, el de Gredos, el de su gesto ante su atentado, el de la mordacidad irónica ante Ramiro, el de la violencia en el Parlamento, o sus antecedentes en su época de estudiante y soldado, no le reflejan precisamente un tono espiritualista. Y no digamos cuando habla, políticamente, en Zaragoza, en el Madrid de 1935, en su alocución a los campesinos, y no voy caer en la pedantería de las citas, que todos saben, para defender una vez más la nota esencial de José Antonio, que no era más que su determinación de luchar por su revolución nacional sindicalista. Todo lo demás es confundir a la opinión pública, dibujarlo como un ser entre lo humano y lo angelical, y modestamente entiendo, que eso es una deformación de su misma realidad. El fue un político que, con un sentido ético cristiano, pretendió siempre hacer una revolución política. Así que el escrito dado por Plataforma 2003 y aplaudido por varios ex falangistas no es sino un paso más a la falsificación personal del fundador. Por tanto, demando de quienes crean que el nacional sindicalismo, con las actualizaciones que sean necesarias, rechacen o al menos tomen con todas las reservas posibles un documento que tiende, según entiendo, a la devaluación política de José Antonio Primo de Rivera.

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