EL OBISPO SE LAVA LAS MANOS

EL OBISPO SE LAVA LAS MANOS

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Lámina del libro “Historia de la Vieja Guardia de Baleares”

Recientemente tuve ocasión de leer unas noticias sobre el ya histórico monumento al Crucero Baleares de la bella ciudad de Palma de Mallorca. Lo cierto es que su contenido no constituía ninguna novedad: simplemente, destacaba el propósito de un sector de la población, con sus dirigentes partidistas al frente, que deseaba desmontar, destruir, derribar…el mencionado símbolo que, desde el año 1947 , preside la espaciosa plaza de Sa Feixina de la capital balear. Y digo que tal propósito no constituye ninguna novedad, porque, desgraciadamente, el revanchismo más visceral, el odio rampante de los herederos ideológicos de quienes perdieron la última contienda civil española, está servido todos los días en estos tiempos. Pero lo que sí me resultó ciertamente novedoso, y hasta inmoral, fue conocer la actitud del obispo de Mallorca que, en la votación de un dictamen, redactado por técnicos, que podría significar la preservación del monumento por su valor histórico, optó por abstenerse.

Como quizás en el obispado mallorquín no tengan suficiente conocimiento del tema, con toda humildad les ofrezco algunos datos con la simple intención de contribuir a su ilustración o, en su caso, refrescarles la memoria: el Crucero Baleares, fue botado en El Ferrol el día 20 de abril de 1932, aunque, por una serie de razones técnicas y presupuestarias, no fue operativo hasta bien entrado el año 1937. Desplazaba 10.000 t. y llevaba una dotación a bordo de 1.255 hombres, de los que más de cincuenta eran mallorquines, entre los que cabe destacar nueve de los doce Flechas Navales voluntarios, que iban a bordo del citado buque cuando fue hundido por impacto de varios torpedos, lanzados por destructores republicanos la noche del 5 al 6 de abril de 1938, en la llamada Batalla del Cabo de Palos. A resultas de la explosión del Crucero y su posterior hundimiento, perecieron 786 hombres. Tal acontecimiento resultó muy impresionante y llenó de consternación, no solo a los familiares de los caídos, sino a toda la España nacional, especialmente a la sociedad mallorquina. Como no podía ser menos, la jerarquía eclesiástica del momento actuó con diligencia y amor cristiano, y se hicieron funerales y misas en casi todos los pueblos de Mallorca; el más multitudinario tuvo lugar en la catedral de Palma el día 9 de marzo de 1938 (1).

Poco después de finalizada la contienda bélica, al principio de los años 40, se empezó a trabajar en la erección de un monumento que perpetuara la memoria de todos los Caídos del infortunado Crucero en la ciudad de Palma de Mallorca. A dicho objeto, por iniciativa del diario local ÚLTIMA HORA, se puso en marcha una campaña para cubrir, mediante suscripción popular, el coste de la importante obra, tanto en su aspecto arquitectónico como en sus elementos artísticos. El conjunto monumental quería ser una alegoría de homenaje a los muertos en tan trágico suceso, a quienes, por encima de cualquier ideología, tuvieron la valentía y la generosidad de darse a su prójimo para intentar construir, con su sacrificio, una España mejor para todos. En el acto de inauguración del citado monumento, el 16 de mayo de 1947, se celebró una solemne ceremonia religiosa a cargo del Sr. Obispo de Mallorca, Dr. Juan Hervás Benet, quien procedió a la bendición del mismo.

Detalles a tener en cuenta: cuando se estaba hundiendo el buque, faltando poco tiempo para desaparecer bajo las aguas y quedarse reposando para siempre a 2.515 metros de profundidad, hubo un grupo de marineros que, sin saber cómo, de forma espontánea, se pusieron a cantar el Cara al Sol; ¡aquello era increíble!, los marinos de los destructores ingleses Boreas y Kempelfelt, que se habían aproximado al Baleares para rescatar náufragos, no daban crédito a lo que veían sus ojos y oían sus oídos: aquellos locos españoles se iban al fondo del mar y lo hacían cantando. En efecto, cantando una canción de inequívoco fervor patriótico, el himno de la Falange, que por aquel entonces ya había sido declarado oficialmente Canto Nacional. El referido hecho, que ha sido narrado y descrito por diversos historiadores y cronistas, como el portugués Mauricio de Oliveira, o Jeroni F. Fullana, Eduardo Connolly y Daniel Cota, pone de manifiesto que en aquella tripulación había muchos falangistas o simpatizantes de la Falange, personas sensibilizadas por el amor a España y a la justicia social. Y, viene a cuento señalar precisamente esa condición de falangistas de una parte significativa de la dotación del crucero, porque entre los embarcados había alguno que, pocos años antes de ese trágico suceso, concretamente el 11 de enero de 1934, ya estuvo entre los falangistas de Palma de Mallorca que tuvieron que actuar, con riesgo de su propia integridad física, para proteger el ejercicio de los derechos de la Iglesia Católica en esa ciudad. En efecto, con motivo de celebrarse la tradicional procesión de San Antón, en aquel enrarecido invierno de 1934, tuvieron que ser los camisas azules quienes se la jugaran frente al marxismo desatado. Pero, dejemos que sea la pluma del escritor Fernando Díaz-Plaja quien nos narre lo sucedido: Aquel día el local estaba más animado que de costumbre. El camarada Zayas reúne a los componentes de la primera Centuria de Palma. Unas frases breves: “Hay que ir a proteger la procesión de San Antonio”. Silencio de acato y disciplina. Los menos despiertos de imaginación intuyen lo que la orden comporta. Las juventudes marxistas esperando el paso del Santo para impedirla. Estacazos. Quizás disparos y muertes. Nadie vacila…Así actuaban los falangistas y los patriotas de entonces, como caballeros enfrascados en luchas por conceptos que hoy son difíciles de entender: honor, justicia…

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Pero, volvamos al leitmotiv de este pequeño escrito: decíamos más arriba que el señor obispo de Mallorca, como miembro de la comisión correspondiente, consideró oportuno abstenerse a la hora de votar sobre la demolición del monumento de los caídos del histórico crucero. Es decir, el Sr. Obispo no ha tenido inconveniente en emular al famoso gobernador romano de Judea, conocido históricamente como Poncio Pilatos, lavándose las manos ante una decisión que implicaba ni más ni menos que, o ponerse a favor de quienes daban sus pechos para defender la religión católica, los derechos de la Iglesia –no lo olvidemos- o de quienes con toda clase de violencia querían expulsar a Dios de la vida de nuestro pueblo.

Penoso, triste, que una jerarquía de la Iglesia Católica haya llegado a tal grado de cobardía –pues no es aceptable la ignorancia- . Pero no solo eso, ahí también se pone de manifiesto un desagradecimiento notorio. Ellos, quienes están representados espiritualmente en ese monumento que quieren demoler, no dudaron ni un momento en dar su vida por el Dios de los católicos, sin pedir nada a cambio. Pero el Sr. Obispo de turno prefiere ignorarlos y ocultarse tembloroso tras las columnas del templo.

Barcelona, 21 de junio de 2016

Francisco Caballero Leonart

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