Una monarquía inútil símbolo de un país hundido en el pasado

Una monarquía inútil símbolo de un país hundido en el pasado

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Hay una cosa peor que una monarquía corrupta como la que durante décadas lideró el rey Juan Carlos I: una monarquía innecesaria  como la que en estos momentos conserva el rey Felipe VI en compañía de su esposa. Y es que algo estropeado puede, con los esfuerzos necesarios, recuperarse. Por el contrario, algo que no sirve para nada pierde todo su valor y solamente está abocado, más pronto que tarde, a su desaparición.

La reflexión serena sobre el papel que actualmente desempeña la monarquía ha de realizarse teniendo previamente en cuenta una cuestión primordial: desde hace ya demasiado tiempo, en España se mantiene una batalla decisiva entre los principios y los valores que han mantenido el progreso de Occidente a lo largo de los siglos y las fuerzas de la reacción que, como si se tratara de una maldición bíblica, azotan cíclicamente a este país, fundamentalmente en forma de turbas de extrema izquierda, de pancistas y grotescos movimientos independentistas y de una extensa red de corrupción que, en algunos casos anclados sus orígenes en la dictadura franquista, ha ido agigantándose, generación tras generación, hasta formar una tupida espesura de miseria ética en la que han medrado no pocos de nuestros principales líderes políticos, económicos, sociales y culturales.

En este sentido, el “juancarlismo” vivió durante sus casi cuarenta años de existencia fondeado sobre una creencia mítica que, aireada y repetida machaconamente por una prensa sumisa y cómodamente instalada entre unas élites tan corruptas como arcaicas, parecía haberse convertido en una certeza labrada en mármol. Se trataba de un dogma poco menos que indiscutible que alababa bobaliconamente una pretendida neutralidad de la monarquía española que al final demostró ser solo una intensa ignorancia; que encumbraba como una presunta moderación lo que únicamente era una descarada habilidad de su majestad para navegar con soltura entre demasiados sinvergüenzas como medraban a su alrededor; que, acríticamente, otorgaba al soberano un plus de imprescindibilidad política casi deífica, pero absolutamente superflua y fundamentalmente papanatas, y que transmitía la idea falsaria de que la realeza era algo sin lo que el sistema democrático, nuestro marco de derechos, deberes, libertades y obligaciones, no podía mantenerse en el tiempo.

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Nada de todo esto era cierto antes, y tampoco lo es ahora. La democracia está muy por encima de una institución caduca, extravagante e incongruente como la monarquía, que al igual que sus homólogas europeas, resulta muy rentable para la revista “Hola”, pero que es absolutamente irrelevante para los ciudadanos que todos los días sacan este país adelante, por encima de tantos inútiles como creen que la vida es un inmenso pelotazo y haciendo caso omiso a tantos cretinos como pululan por nuestras calles tratando de imponernos sus idearios caducos, populistas y totalitarios.

Hoy, la monarquía, con sus discursos manidos, su chapurrear de lenguas regionales y su boato casi circense, es el símbolo más rimbombante de muchas de las cosas que hay que cambiar y eliminar en este país. Es el elemento alegórico que refleja una España deteriorada, desigual y elitista más preocupada por las indicaciones de la “dedocracia” que por los esfuerzos de la “meritocracia”. Es el emblema de un país reacio a los principios educativos más elementales y patéticamente orgulloso de mantener un sistema escolar que, en demasiados territorios, es incapaz de garantizar la enseñanza del español. Es la máxima representación de un Estado autonómico absolutamente desquiciado dejado en manos de los más radicales, fanáticos y violentos y que derrocha sin contención los recursos públicos. Es la fuerza notarial siempre neutral que avala una de las “partitocracias” más peligrosas de Occidente, que por su irresponsabilidad está poniendo en grave peligro los fundamentos más elementales de nuestro sistema democrático  y que está a punto de convertir a  éste en una tenebrosa oclocracia. Y es, en fin, el representante primero de una tupida, innecesaria y carcomida red institucional que, socavada por la corrupción, por los “amiguismos” políticos, por el derroche y por la ineficacia, necesita urgentemente ser remodelada.

España se encuentra en un momento histórico crucial. Y este país solamente tendrá alguna oportunidad de sobrevivir a los inmensos retos y a la graves amenazas del futuro (y beneficiarse de las esperanzas y de las posibilidades que éste también ofrece) si afronta con empeño, con convicción, con frialdad y con la suficiente rapidez una reforma en profundidad de sus instituciones más importantes, de sus principios constitucionales, de sus leyes fundamentales, de su realidad territorial y de sus estructuras ejecutivas, legislativas y jurídicas. Y ante este ciclópeo desafío, una monarquía como la española, que se mueve noqueada entre la salas de los juzgados y las majaderías de una reina imprudente que, presuntamente, dice palabras memas de nueva rica como “merde”, “compi”, “yogui” y “miss you”, resulta absolutamente irrelevante, cuando no directamente contraproducente. ¿Alquien cree, por ejemplo, que el rey está jugando un papel imprescindible o necesario en la formación (hasta ahora fallida) de un nuevo Gobierno? O, lo que es peor, ¿alguien cree de verdad que el rey desempeña una tarea importante en algo que tenga que ver con la marcha de este país?

Editorial del diario la Tribuna del País Vasco

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