La perdición de Ignacio González arrancó en Barranquilla

La perdición de Ignacio González arrancó en Barranquilla

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Ha cambiado el traje por una fina camisa blanca y la corbata por el cuello desabrochado. Sonríe, bronceado y tranquilo, las manos en los bolsillos. Le acompañan amigos de confianza, duerme en la suite 423 del exclusivo hotel Sofitel Santa Clara en Cartagena de Indias, y el viaje a Colombia, de carácter supuestamente institucional, le dará margen para salir a cenar, navegar en yate por las islas del Rosario… y alimentar su ambición. Es el 30 de agosto de 2008 e Ignacio González, número dos de la Comunidad de Madrid y presidente del Canal de Isabel II -el gigante público que gestiona el agua en la región y también en varias ciudades sudamericanas-, no sabe que un detective llamado Mariano graba con cámara oculta todos sus movimientos por Colombia. No imagina que allí, a 7.722 kilómetros de casa, se escribe el principio de su fin.

El Mundo / La imagen que lo sentenciará sucede a las 9.38 horas a apenas unos pasos del hotel. González y su comitiva española -entre ellos, otros dos directivos del Canal- llegan a una mansión propiedad de un empresario. De sus brazos cuelgan rectangulares bolsas blancas de plástico duro. Llaman a la puerta y entran. Salvo él, el jefe, que se queda fuera esperando. A los 10 minutos salen sus compañeros, ya sin los extraños paquetes. Así es como las aguas subterráneas que gestiona el dirigente popular asoman por primera vez. El vídeo de las bolsas lo perseguirá siempre. Hasta su caída este martes, nueve años después, arrestado por la Guardia Civil como presunta cabeza de la última organización criminal descabezada en el PP madrileño.

Ésta es la historia de cómo un funcionario de ayuntamiento va medrando y acumulando poder hasta convertir la mayor empresa pública de la región en el instrumento para, presuntamente, lucrarse, enriquecer a su círculo familiar y de confianza y financiar a su partido durante años. Según los investigadores de la operación Lezo, la supuesta trama compraba sociedades latinoamericanas por precios muy superiores a los reales para después repartirse la diferencia, y cobraba también elevadas comisiones a las empresas adjudicatarias de jugosos contratos públicos.

Sobre la tierra, las aguas fluían aparentemente limpias. En Colombia empezaron a oler a fosa séptica.

Por entonces todo parecía ir bien para él. Ignacio González tiene 47 años, mujer y tres hijas, fama de exigente. A la sombra de la todopoderosa presidenta madrileña, Esperanza Aguirre, este licenciado en Derecho ha ido escalando puestos en el PP hasta ocupar la vicepresidencia de la Comunidad. Y su posición económica es más que desahogada. Dos años antes se ha comprado una mansión de 447 metros cuadrados en una lujosa urbanización de Aravaca, al noroeste de la capital. Lleva cinco años manejando el Canal a su antojo y, según los investigadores, ya ejerce como una máquina de recaudar mordidas.

Sin embargo, algo ha empezado a torcerse. Sobre él corren rumores. Poco antes de su viaje a Colombia, en los preparativos del congreso del PP en Valencia en el cual Mariano Rajoy se juega su liderazgo y Aguirre se lo disputa, se cuenta que González le echa en cara su “relativismo” y “oportunismo acomplejado”, a lo que el hoy presidente contesta algo así como: “No estoy dispuesto a aceptar lecciones de relativismo de alguien sobre cuya integridad y comportamiento corren algunas dudas por Madrid”…

Pero las dudas no se traducen en nada. Dos meses después, González aterriza en Colombia. Algunos de sus pasos por Cartagena de Indias, Bogotá y Barranquilla salieron a la luz en abril de 2009. Otros los desvela ahora el jefe de aquel operativo, Julio Gutiez, reunido con Crónica en un majestuoso hotel del barrio de Salamanca.

Gutiez, de pelo canoso, engulle unos cacahuetes caramelizados. Según su testimonio, quien le contrató para seguir a González hasta el país caribeño -sede de la gran red sudamericana del Canal- no fue un rival interno del PP, ni tampoco un mandamás de la multinacional española de la construcción OHL. Sólo Juan Villar Mir (hijo), de la citada empresa, le pagó una vez 1,2 millones para desbancar de la presidencia del Real Madrid a Ramón Calderón destapando su fraude en una asamblea del club.

Su cliente, afirma, fue un conocido empresario vinculado al PP que le ofreció por el trabajo 300.000 euros (que aún no ha cobrado), enfadado por no haber logrado la concesión del contrato de seguridad del Canal, que había ido a parar a manos de otra empresa propiedad de un amigo íntimo de González…

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Cuenta Gutiez que en Cartagena “el Gremlin” -así apodaban los espías a González por su mechón blanco en la nuca- cenó con “dos narcos” españoles vigilados por la DEA y relacionados con el cártel de Cali. Y que el motivo detrás de su viaje con la cúpula del Canal de Isabel II era en realidad escuchar una oferta del alcalde de Barranquilla, Alejandro Char, para que la empresa del Canal en esta ciudad (Triple A) se desvinculase de su participación mayoritaria. El regidor le ofreció bajo manga “300 millones de euros”.

El acuerdo, sin embargo, no fructificó. González y sus cómplices no querían desprenderse de un negocio que les permitía recibir “comisiones del 10%” de las constructoras que querían hacer alguna obra, afirma. Por cada 10 millones, recibían presuntamente un millón a repartir. Este sistema les permitió, añade, comprar islas en República Dominicana y fincas en Colombia y otros países a nombre de sociedades pantalla con sede en Panamá. Siempre sin que la firma de González apareciera por ningún lado. “Era listo Ignacio”, dice, “pero al final le pudo la chulería. Creerse por encima del bien y del mal”.

De mover fondos y cheques en la sociedad panameña Lauryn Group y del banco suizo Anglo Irish Bank habló la comitiva en un desayuno grabado en aquel viaje… Y en las bolsas ¿qué llevaban? Toallas, según ellos; quizá dinero, según la policía; documentos, dice el detective.

La pista suiza

El espía está orgulloso de que su trabajo, dice, originase las actuales investigaciones. (Su foto de Whatsapp es una cita de Blas de Lezo y Olavarrieta, el almirante vasco fallecido en Cartagena de Indias que da nombre a la operación Lezo: “Una nación no se pierde porque unos la ataquen, sino porque quienes la aman no la defienden”). Según cuenta, sus pesquisas sobre el patrimonio de González dieron con una pista clave para el caso: un pago de 1,4 millones de euros fechado en 2007 que OHL habría hecho llegar a una cuenta en Suiza vinculada a González, como comisión por la concesión del contrato público para construir el tren entre Móstoles y Navalcarnero, obra que nunca llegó a hacerse. El detective logró el supuesto número de cuenta del banco suizo, pero contenía errores, dice. Más tarde daría con el real, una información que el empresario que le pagaba hizo llegar a Génova mediante terceros. Aunque también otros constructores pagaban en maletines a la cúpula del Canal a través de su jefe de seguridad, añade.Pero en aquel verano de 2008 ninguna de esas alcantarillas ha reventado aún. González regresa a casa y ese otoño se hace con un lujoso ático en Estepona (Málaga) de 257 metros cuadrados, en el que se aloja supuestamente como arrendatario por sólo 2.000 euros. Aunque antes de que le explote este caso -investigado aún como el supuesto cobro de una comisión- lo hará otro bombazo: el espionaje mutuo entre las facciones del PP madrileño.

Pero pese a las sospechas crecientes, Nacho seguirá escalando. Primero, su mentora hace lo posible por convertirlo en presidente de Caja Madrid-Bankia, batalla que perderá de nuevo a favor de Rajoy y de su elegido, Rodrigo Rato. Pero González aún ganaría dos asaltos: en 2011 toma las riendas de la secretaría general del PP madrileño y en 2012, tras la dimisión sorpresa de Aguirre, la mujer que siempre pondrá “la mano en el fuego” por él, coge los mandos de la Comunidad de Madrid. El hombre sin el que nada se movía en el Gobierno regional asciende a presidente.

El tesoro a repartir

De esa etapa, año 2013, data una de las operaciones clave: la compra, por parte del Canal, de la sociedad brasileña Emissão por cuatro veces su valor. La trama la adquirió supuestamente por 21,4 millones de euros, cuando un año más tarde valía apenas cinco. Es, según los investigadores, la última de varias operaciones similares. La primera, la compra de la colombiana Inassa por 83,6 millones cuando valía 8, ni siquiera la habría impulsado González, sino que data de 2001, de tiempos de Alberto Ruiz-Gallardón.

El último escalón ansiado por González -quizá el penúltimo- es ser elegido en las urnas. Pero en 2015 Rajoy acaba apartándolo como candidato y nombrando a Cristina Cifuentes. La misma vieja amiga que hoy ha contribuido a la caída en desgracia de su antecesor. Aun así, hasta enero de 2016 seguiría como número dos del PP madrileño. Y, según un allegado, guardando papeles que pueden hacer daño a Rajoy, pero también a Aguirre, “por los negocios de su marido”. “Es muy vengativo y si raja ya se pueden poner nerviosos”. En cualquier caso, con el tiempo el agua le ha ido llegando al cuello. Cada vez más arriba. Hasta este martes.

Lo detuvieron a las 9.30 horas, en su urbanización, camino a casa tras practicar deporte. Pantalón corto blanco, camiseta y chaleco. La prensa lo retrata metido en el coche policial, ocultándose. Han pasado nueve años de aquella otra mañana a la misma hora en Colombia. Y le esperan malas noticias. Hoy están siendo investigados dos de sus acompañantes en aquel viaje -Edmundo Rodríguez Sobrino e Ildefonso de Miguel- y su mujer, Lourdes Cavero, que podría haber blanqueado dinero a través de su empresa de subastas. Su hermano Pablo -su presunto testaferro- y su cuñado, José Juan Caballero, fueron detenidos. Su padre, un histórico del PP en el Senado, puesto en arresto domiciliario.

Las agrietadas tuberías del imperio del agua ya no soportaban un torrente tan espeso, tan pantanoso. Esa noche, el emperador del Canal, el turista de la suite 423, dormirá en un calabozo, sobre la incómoda colchoneta de un camastro. Con tiempo para pensar en cómo su perdición arrancó en Barranquilla.

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