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De una puta y un español

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violentos en el referendum

«Presidente, ¿está preparado para ir a la cárcel por sedición?». Silencio. «Insisto, presidente: ¿está preparado para ingresar en prisión por su masiva agresión a la democracia?». Puigdemont, el gesto duro y vencido, no me contestó. Intentó girar la cara, pero mi perfil y las preguntas se quedaron ahí. Sus escoltas, tensos, me exigieron que me callara y a él, que avanzara hacia la luz.

Puigdemont había regresado al polideportivo de San Julián de Ramis para recibir y repartir consuelo. «¡Nosotros, los perseguidos, las víctimas!». Es el viejo truco nacionalista, como advirtió Tarradellas. Provocan el drama. Lloriquean. Y luego reciben los mimos de la izquierda oportunista y desleal.

La intención de Puigdemont era votar a las 9.30 horas en un centro de su pueblo. Una foto para la historia: el líder supremo depositando su papeleta en un ambiente festivo, triunfal. Y su promesa cumplida: la prueba -no definitiva, pero desde luego crucial- de que la Cataluña milenaria por fin había podido ejercer su soberanía. Durante un largo rato de tensión y desamparo, la fantasía separatista se hizo pesadilla democrática. Un tractor bloqueó la puerta del polideportivo. No había policía a la vista, salvo dos mossos, demudados, que esperaban instrucciones detrás de un paredón: cuerpo a tierra. Los vecinos iban formando un muro. Su expertise. Pero en eso llegó la Guardia Civil.

En una acción rápida, higiénica, la fuerza legítima del Estado irrumpió en el escenario y desbarató la función. Bueno, más que desbaratarla, la ordenó. Un orden limpio. Liberal. Y, dadas las circunstancias, conmovedoramente proporcionado. Un niño utilizado por su padre como escudo y obsceno reclamo mediático fue delicadamente puesto a salvo. Y los insurrectos fueron apartados, uno a uno, en función de su radicalidad. Hubo empujones y caídas, claro. Es lo que tiene la fuerza, también la legítima: provocarla es una estupidez. «¡Han reducido a una mujer!», gritó un alma refractaria a cualquier forma de igualdad. Le susurré al oído: «Las chicas también delinquimos». Liberados el tractor y el polideportivo, los sediciosos pudieron desahogarse: insultos, burlas, selfies con «los fachas», el cansino Segadors y también, a coro, una amenaza: «Visca Terra Lliure!». Apunté en mi cuaderno «terrorismo» y me increparon.

Los sediciosos no estaban contentos, no. Llevaban horas preparando la votación de Puigdemont con amor a la tribu y desprecio a la ley. Los descubrimos en plena conspiración la noche anterior. Llegamos a San Julián con la última luz. El polideportivo pedía a gritos un precinto policial. En un lateral, qué caxondo: «Viva España y olé mi xoxo». Arriba, en colorines: «Sí, sí, sí, sí». Las puertas estaban abiertas. La luz encendida. Una niña jugaba con su peluche mientras los vecinos acumulaban víveres para la vigilia revolucionaria: una empanada flácida y la película Venganza. En una esquina, mesas electorales esperaban la coronación de las urnas. Y fuera, entre sombras, el comité local repartía órdenes: «Haremos relevos. Los Mossos no moverán un dedo. Que nadie haga la guerra por su cuenta». «¡Fuenteovejuna!», apuntó un hombre mayor. «¡Eso! Votarem, votarem!» Hasta que alguien nos reconoció.

Los sediciosos reaccionan a la crítica con paranoia y estupor. Apenas conocen el Estado democrático. Llevan años de impunidad intelectual, política y moral. Lo comprobé a las puertas del polideportivo. En tres centros de Gerona, avanzada la noche. Y durante el advenimiento de la Guardia Civil.

«¿Qué hacéis aquí?». Hemos venido a ver si el Estado es capaz de defender el derecho a decidir de todos los españoles. «Soy del diario Ara. Dicen que habéis estado grabando y vigilando a los vecinos». Debería haberse hecho, sí. «¡No toméis fotos del centro electoral!». No entiendo: ¿Queréis un referéndum vinculante o uno clandestino? «¿No seréis del CNI? Enseñadnos vuestros carnés de prensa». Creo que el que tendrá que enseñar el DNI mañana eres tú.

Los sediciosos no están acostumbrados a la réplica. Su envalentonamiento es el hijo tarado del consenso y la abdicación. El paradigma nacionalista ha generado individuos carentes de juicio crítico. Sometidos a la tiranía de los sentimientos. El primero, la xenofobia. Cumplido su objetivo, los guardias civiles se marcharon de San Julián de espaldas para seguir dando la cara. Les gritaban «españoles», «sucios», «corruptos». A mí, algo más. A punto de irme, una pareja me asaltó:

– Tú eres de Madrid, evidentemente. No entiendes nada de lo que pasa aquí. Vete. Ya. Y no vuelvas.

– Que no es de Madrid. Es peor. Es argentina. Y todo argentino es hijo de una puta y un español.

La restitución del orden democrático, aunque sea por la fuerza, nunca es un error. La alternativa habría sido letal para el Estado y por tanto para la libertad de cada español. Otra cosa es la grave lección que deja esta jornada. Cómo pudimos perder tanto tiempo. Cómo pudo el Gobierno pensar que Puigdemont no sobrepasaría todos los límites. Cómo es posible que PP, PSOE y Cs no hayan entendido cuál es el verdadero desafío español. La culpa del 1-O es de todos los que durante 40 años han confundido el Estado con la violencia y el nacionalismo con la moderación.

Información ofrecida por Cayetana Alvarez de Toledo en el diario El Mundo

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