Novia guardia civil agredido en Alsasua: “Tenemos que dejar el pueblo, gana...

Novia guardia civil agredido en Alsasua: “Tenemos que dejar el pueblo, gana el terror, gana el miedo”

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Maria José, novia del guardia civil agredido en Alsasua

Novia guardia civil agredido en Alsasua: “Tenemos que dejar el pueblo, gana el terror, gana el miedo”

El 15 de octubre de 2016, con 19 años de edad, a María José le cambió la vida. «Había conocido a Óscar en mi bar. Fue como en las novelas, amor a primera vista. Nos conocimos y empezamos a salir». María José llegó a Alsasua desde Ecuador con tres años. Óscar era el teniente de la Guardia Civil de su pueblo. «Primero vinieron mis padres y luego nos trajeron a mi hermano y a mí», recuerda en una entrevista con EL MUNDO, la primera tras el juicio en la Audiencia Nacional contra los autores de la agresión que sufrieron ella, Óscar, el sargento y su mujer.

El Mundo / «La vida en Alsasua, lo anormal era lo normal. Sabes que hay una especie de ley del silencio. Y te amoldas porque es con lo que has vivido siempre. No te parece extraño», explica María José de lo que era su día a día en Alsasua antes de ese 15 de octubre, de la agresión de la «otra manada». «Pero, cuando empecé a salir con Óscar sabía que íbamos a desafiar esas normas impuestas de la calle. Sabía que no toleraban a la Guardia Civil, que quieren que se vaya». Y claro, los primeros que le advirtieron, su entorno. «Mis amigos me decían ¿ya sabes dónde te metes? Me decían que iba a tener problemas. Y pensé… ¿voy a dejar que me digan con quien puedo o no salir? Vivimos en un mundo libre, en el que una mujer puede salir con quien le dé la gana».

Pero empezaron los cotilleos y las murmuraciones… «Muchos me dejaron de saludar. Fui la comidilla del pueblo. Gente que te mira mal… No olvides que yo en ese momento tenía 19 años. La presión era fuerte. Un día, en la fiesta de la cerveza, me sentí ya observada, bueno, hostigada. Allí también se protesta contra la presencia de la Guardia Civil. Yo estaba con unos amigos. Se me acercó un chico y me preguntó ‘¿tú sales con un madero?’. Yo lo negué, le dije que no, porque en ese ambiente, con todos pidiendo que se fuera la Guardia Civil, me dio mucho miedo».


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Recuerda que el viernes anterior a la agresión, estuvo con Óscar tomando un «pintxo-pote» junto a la otra pareja agredida, el sargento de la Guardia Civil y su mujer, Pilar. Acudieron al bar de uno de los procesados. «Al entrar, unos jóvenes nos señalaron, poniendo las manos como si fueran una pistola. Entiendo que para alertar de que eran guardias. Los nuestros estaban de espaldas. No le di mayor importancia».

Su relato se entrecorta de vez en cuando. Enmudece al recordar esos «terribles» meses tras la agresión. «Desde fuera se ve diferente, pero desde dentro sabes lo que toca asumir. Eso es lo triste, que tengas que asumir como normal algo que se ve desde fuera como lo que es: una coacción, un comportamiento machista».

Y recuerda aquella noche del 15 de octubre. «No quiero entrar ya en detalles que expuse en la Audiencia Nacional porque fue muy duro. Me sentí acosada y hostigada por los abogados de los procesados. Trataron de demoler mi declaración. De aquella noche aún me cuesta mucho hablar. Jamás se me va a quitar de la cabeza el odio, las miradas de odio, la rabia, la saña, y el rencor. Esas miradas… La fuerza con la que pegaban. Llegó un punto en que pensé que mataban a Óscar. Veía que lo podían matar: tendido en el suelo y la gente pateándole la cabeza, eso se me quedará siempre, con esas miradas de odio, con la boca sangrando. Me tiré encima, recibí todo tipo de golpes. Tengo pesadillas con esas imágenes. A mí me agarraron del cuello con una fuerza tremenda, era la fuerza del odio».


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María José no se ha recuperado. Sabe que le queda una larga travesía. «Sigo en tratamiento y sigo teniendo pesadillas. Al principio me levantaba con sudores, no podía dormir. Tuve un episodio en el que no pude pillar sueño desde un sábado hasta un miércoles, incluidos los dos. Pasé una etapa en la que no podía estar en sitios cerrados y con mucho bullicio. Todo me recordaba lo mismo, aquella pesadilla».

Para María José, si duro fue el día de la agresión, demoledores el resto de los días a partir de aquella noche. «Antes de que los hechos fueran calificados de terrorismo, ya comenzaron las pancartas. Desde el minuto uno se nos estuvo atacando, a mí y a mi familia. Se movilizaron, hicieron manifestaciones ilegales. Pasados tres días, estando en casa, pasaban manifestándose por la puerta y nos gritaban… ‘policías, asesinos a sueldo, esbirros del poder’. Nos chillaban, nuestros vecinos, ‘fuera de aquí’. Todo frente a mi portal, a mi balcón».

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El miedo fue creciendo. «La campaña de acoso aumentó. Hace unos días arrancaron de cuajo el retrovisor de mi coche y lo han destrozado. Mi vida en Alsasua se basaba en estar en casa, sin apenas salir. Iba y venía de mi casa al bar en coche. Hablamos de un recorrido andando de cinco minutos. Estaba secuestrada en Alsasua, en mi pueblo. Me sentí enjaulada. En cuanto pisaba la calle, sentía las miradas de odio. Y así consiguen hacerte daño, meterte el miedo».

La ausencia de solidaridad en el pueblo ha sido casi absoluta. Entiende que de unos, porque están con ellos. Y la gran mayoría, por miedo, por estar bajo el yugo de la «dictadura que ellos imponen». «Yo perdí a todos mis amigos, personas con las que estaba desde los tres años. Cuando se produce la agresión, pierdo a ciertas cuadrillas de amigos. Cuando se hacen las detenciones, ya pierdo a todos, algunos, incluso, han secundado las protestas contra mí. Se dejan llevar por la presión y el miedo. Puede más el querer ser aceptado».

Y vuelve a las amenazas directas tras la actuación policial contra los agresores. «Carteles en mi casa, en mi portal, en mi buzón, en la taquilla de trabajo de mi padre… ‘Dejadnos en paz’, ‘fuera de aquí’, en el portal, en el bar… día si y día también. Las quitabas y al día siguiente las tenías de nuevo, y más grandes. Ahora menos, porque son muy listos y saben que no es el momento de que aparezcan fotos amenazantes. El pueblo está en el punto de mira de la prensa. No les interesa sacar muchas pancartas ahora, con lo de la disolución de ETA. Pusieron una enorme en frente del bar Koska [donde comenzó la agresión]. ‘Gracias’, y con una imagen tremendamente intimidatoria de encapuchados».

«Era mirar por mi balcón y encontrarme pancartas enormes: ‘Estamos con vosotros’ y los nombres de ellos, de los que me agredieron. La que más me dolió, la que colgaron de unos mástiles en la que, además de dar apoyo a los presos, añadía… ‘el pueblo no perdona’. Me afectó muchísimo. No entendía qué es lo que el pueblo no puede perdonarme».

Se queja del poco respaldo que ha sentido por parte de las instituciones. «No he recibido ningún tipo de solidaridad por parte del Ayuntamiento de Alsasua, de nadie del Ayuntamiento. Nadie me ha llamado para preguntarme cómo estoy. Barkos [Uxue Barkos, presidenta de Navarra] estuvo en Alsasua, en el ayuntamiento, se hizo fotos con los familiares de los detenidos dándoles su apoyo. El Gobierno de Navarra nos hizo una visita exprés, con una Barkos un poco forzada, y nada más».

Sigue sorprendida por el apoyo político e institucional hacia los agresores y el silencio con los agredidos. Pero aún le sorprende más que no haya recibido respaldo por ser una mujer agredida. «Los guardias civiles están preparados para aguantar esta presión. ¿Pero una mujer de Alsasua está preparada para ese acoso? En una concentración en Pamplona estuvieron el colectivo LGTBI y colectivos feministas en favor de los agresores. Me dolió mucho. Yo sí me considero una feminista, apoyo a mis hermanas y reivindico nuestros valores. Yo, como tal, aunque no he recibido apoyo de ningún grupo de ésos, me he manifestado en contra de la sentencia de La Manada. Y aunque no he recibido el apoyo de las mujeres, de mis ‘hermanas’, no voy a dejar a un lado a las demás víctimas, porque lo último que quiero es que a ninguna otra víctima se le juzgue, no se le crea, o que se le deje completamente sin apoyos. Porque, el acoso lo he recibido yo, han atacado a una mujer que ha ejercido su derecho individual a estar con quien le da la gana».

Y llegó al máximo de aguante. «Hubo un punto en que no podía más, no veía ninguna salida y me tentó un comportamiento egoísta, aliviar mi dolor, que me dejasen en paz. Porque ya eran amenazas constantes, de muerte, por redes sociales. Me llamaban a mi móvil desde números ocultos… Quería que todo se acabase. Pensé muy seriamente que no podía continuar. Con 19 años me quitaron las ganas de vivir. Me rompieron la ganas de vivir, de seguir adelante, me rompieron el futuro, me rompieron todo», de nuevo irrumpen sus lágrimas. «Me han roto la vida entera. Estoy intentado rehacerme, pero no me dejan. ¿Cómo puedo hacer una vida fuera si todavía tengo a mis padres sufriendo el acoso diario en Alsasua? Mis padres siguen allí. ¿Cómo puedo empezar desde cero sabiendo que mi familia está acosada allí? Me han robado el tiempo con ellos. Me han robado mi vida en familia».

Y tiene claro por dónde empieza su nueva vida. «Para reconstruir todo hay que marcharse de allí. Me duele mucho. Era mi pueblo, mi hogar, mi vida, mi todo, pero no podemos estar allí. No puedes vivir siempre con la tensión. Tenemos que irnos de Alsasua». Es muy gráfica con la solución final a su caso: «Gana el terror, gana el miedo. Desafortunadamente, con mucho dolor lo digo, en mi caso han ganado, me han ganado. Pero también he vencido. Difícil de explicar pero también siento que, pese a que me han echado, no he dejado que me derroten del todo. He sido libre. He podido tomar mis decisiones, el ser libre. Y sí, ETA ya no dispara, pero te mata igual. ETA no dispara pero te mata. Yo estuve muchos meses muerta, no era yo. No quería ser yo, no veía salida, me habían matado. No dispara pero mata y lo hace de una forma más cruel», relata.

María José quiere cerrar página, no olvidar, pero intentar «recuperar mi vida, que me la han secuestrado. «Estaré totalmente tranquila cuando saque a toda mi familia de allí, cuando estemos todos a salvo», concluye.

«Mis padres han puesto ya varias denuncias. Les han rajado todo el lateral del coche, les han roto máquinas de su bar, este miércoles, el retrovisor del coche… Para dejarnos claro que no se olvidan de mí».

Pero, sin duda, el aviso más grave lo recibió su padre el día en que María José tenía que acudir a la Audiencia Nacional para identificar a los presuntos agresores. «Ese día, un compañero de trabajo de mi padre, que dijo hablar en nombre de los padres de los agresores, le dijo que si yo ese día no reconocía a ninguno de ellos, se acabaría todo… haciendo referencia a que nos dejarían en paz. Pero que si no… no terminó la frase, en una clara amenaza. Me puse mala. La tesitura era ésta: si hablo, fastidio a mi familia, si me callo, dejo en libertad a mis agresores y se salen con la suya. Me quedé en blanco. Empecé a llorar. Todo me venía grande. Estaba aterrada. Decidí que la verdad siempre por delante. Mi padre no quiere hacer público el nombre de esa persona porque sigue viviendo y trabajando allí. Le pintan la taquilla con amenazas y le ponen carteles. Le dicen ‘dile a tu hija que se calle la puta boca, que nos deje en paz, que ya le vale’, cosas así».

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