Oclocracia, mucho ruido y pocas nueces

Oclocracia, mucho ruido y pocas nueces

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Oclocracia gobierno de la masa o muchedumbre

Oclocracia, mucho ruido y pocas nueces

Por Carlos Aurelio Caldito Aunión para El Municipio 

El problema de España no es que nos gobiernen políticos golfos, sino que los españoles votan a políticos golfos; y para recochineo, no se hacen responsables de sus votos.

Cuando los antiguos griegos inventaron aquello, tan fabuloso. de la “democracia”, tuvieron muy en cuenta que para que esa clase de régimen político funcione, los electores tienen que estar bien formados e informados, pues es la única manera de que la gente acabe teniendo buen criterio y sepa a quién o quiénes elige para que gestionen la cosa pública, y al fin y al cabo (que es lo fundamental) los dineros de todos que, no ha de olvidarse que se recaudan para el mantenimiento de los “elementos comunes”, si se me permite que equipare una ciudad, una nación a cualquier comunidad de propietarios. ¿Qué si no, al fin y al cabo se pretende cuando un grupo de humanos se organizan en “comunidad” sino facilitar la vida de las personas, abaratar costes y rentabilizar lo mejor posible lo que se posee en común?

Algo que hay que subrayar es que los antiguos griegos eran todos alfabetos, la comunidad ponía especial empeño en la formación y toda la gente sabía que si no se poseía formación, cualquiera podía ser víctima de demagogos y charlatanes que llegaran al poder prometiendo maravillas y haciendo mucho ruido: oclocracia, gobierno de quienes logran hacer más ruido, o sea, de una muchedumbre.

Recuerdo que una de las últimas veces que he ido a cortarme el pelo, mi peluquero “de siempre” ante mi pregunta de si él permitiría que el equipo directivo de su comunidad de propietarios y el administrador de fincas le robaran a él y sus convecinos; mi peluquero me contestó que le daba igual, que fueran quienes fueran los miembros del equipo directivo y el administrador de fincas, él era de la opinión de que iban a robar, por más que trataran de impedírselo… añadió que su mayor deseo es que no lo molesten, que él paga su cuota mensual, y pasa de todo…

Son muchos los españoles que piensan igual que mi peluquero, y no se les pasa por la cabeza que las cosas en España puedan ser de otro modo, y los que acuden a votar cuando los llaman, votan –salvo excepciones- con la nariz tapada, sin leerse el programa de ningún partido, sin conocer a las personas que forman parte de las diversas candidaturas… y, votan como cuando van al supermercado a comprar un detergente, por poner un ejemplo.

A estas alturas del texto debe de haber alguno que se pregunte; ¿Acaso es que los españoles son estúpidos?

No, aunque nuestra nación no se libre de poseer estúpidos como cualquier parte del mundo, pues en todos sitios cuecen habas y… en mi tierra a calderadas; sencillamente, la razón fundamental es que los españoles, salvo excepciones se informan casi exclusivamente a través de las televisiones y a través de sus amigos, familiares, conocidos, y le otorgan credibilidad a los que consideran “de los suyos” y recurren a la “ignorancia voluntaria”, también llamada “ignorancia racional”.

El ser humano suele caer en tres tipos de ignorancia: aquellas cosas que sabemos que ignoramos, aquellas cosas que no sabemos que ignoramos y aquellas cosas que preferimos ignorar.

El primer tipo de ignorancia no es negativo, más bien lo contrario: para una mente atenta y curiosa el enfrentarse a algo desconocido es solo el primer paso en un camino que lleva a obtener respuestas… y nuevas preguntas.

El tercer tipo de ignorancia es el peor de todos ya que ignorar voluntariamente un riesgo hace imposible el prevenir un desastre… pero a pesar de que la ignorancia voluntaria es condenada incluso en la cultura popular, el ser humano parece tener una natural tendencia a engañarse a sí mismo llegando incluso, en su ciego afán por proteger su engañosa seguridad, a tildar la realidad de “falsa”.

Por supuesto, esta tendencia a engañarse a sí mismo no es solo aplicable a los asuntos relacionados con la política: existe gente que cree en la astrología, la quiromancia, la cartomancia y los horóscopos; gente que cree en la homeopatía, ignorando los numerosos estudios clínicos que demuestran que no es más que efecto placebo, y demasiado caro; gente que creen en ovnis; en espíritus; en conspiraciones… gente que “cree”.

Y es que creer es fácil, pues el que cree se despreocupa de cualquier evidencia o pregunta incómoda, deja de lado el trabajo de buscar información y comparar lo que ha encontrado, se olvida de pensar por sí mismo y de evaluar los hechos. Para creer solo se necesita aceptar incondicionalmente.

Si algo no es agradable, sea la crisis económica o social, una enfermedad, la pérdida de un ser querido o simplemente la complejidad del universo en el cual vivimos es más cómodo creer en lo que nos dice alguna autoridad que en lo que nos muestra la realidad de la que nos gustaría huir.

Al parecer, lo importante es despojarse del peso de la responsabilidad y transmitírselo a alguien, sea éste una persona, una institución o Dios. Ya se sabe que, si alguien no elige, no actúa, no mueve su voluntad, siempre tendrá la posibilidad de decir aquello de “yo soy un mandado”, y por lo tanto no estoy dispuesto a asumir las consecuencias de mis actos… Ese es el motivo por el cual la gente nunca suele hacerse responsable de su voto cuando es convocado a participar en unas elecciones.

En la “era de la información” es casi imposible saber de todo, tener un saber enciclopédico… Si alguien decide estudiar Medicina, pongo por caso, inevitablemente elige voluntariamente “ser ignorante” de otras disciplinas, tales como aeronáutica, o astronomía, o economía, o derecho… es impensable que alguien sea capaz de abarcar todo el conocimiento.

Por supuesto que ello no es malo. La mente humana es limitada. Es imposible saber de todo. No es posible conocer la mayoría de las cosas. Es por ello que inevitablemente somos selectivos con lo que aprendemos. Y por lo tanto, acabamos decidiendo consciente o inconscientemente en qué nos mantendremos ignorantes. Es más, incluso se puede afirmar que la ignorancia en muchas ocasiones es una opción “racional”. Cuando decidimos ser ignorantes, primero seleccionamos lo que nos interesa o es útil conocer, y descartamos lo que a priori consideramos – o más bien intuimos- que nos va a obligar a utilizar mucho tiempo y mucha energía.

Si alguien se ve en la necesidad de ir a comprar un detergente, como indicaba más arriba, podría encargar a algún experto una investigación detallada y completa de todas las marcas, o hacerla por su cuenta, para saber cuál es el que lava más blanco… Pero a nadie se le ocurre tal cosa, pues cuesta tiempo y/o dinero. La gente recurre en tales casos a alternativas más baratas como preguntarle a sus amigos, o dejarse influir por la propaganda. La gente renuncia a efectuar una investigación o encargársela a un laboratorio; simplemente porque resulta muy caro, y tiene la idea de que no le compensaría, “no valdría la pena”.

Oclocracia el gobierno de la masa. La democracia puede crear oclocracia. Políticos y pueblo

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Cuando la gente se ve en la circunstancia de participar en unas elecciones, en España, quienes deciden votar lo suelen hacer, también, como ignorantes racionales o ignorantes voluntarios.

La gente no estudia a cada candidato, no los compara, no trata de discernir sobre las ventajas e inconvenientes de votar a uno u otros, tampoco lee sus programas (si es que presentan algún programa). Generalmente, quienes votan, lo hacen ignorando cuál es la mejor opción. “Votar bien”, elegir la mejor opción requiere emplear tiempo y esfuerzos a los que la mayoría de los electores no están dispuestos. Evidentemente, los promotores de las diversas candidaturas y partidos políticos saben sobradamente que la gente funciona así.

Esto explica que acabemos teniendo a los gobernantes que tenemos, y padecemos; es por ello que cualquier famoso tiene muchas opciones de salir elegido en cualquiera de los comicios, sea una elección municipal, regional, nacional, o supranacional. Es por ello que cualquier “artista”, o famoso de las revistas “del corazón”, o un futbolista, por poner algunos ejemplos, goza de muchas posibilidades de ser elegido.

¿Por qué será que en un país tan aparentemente politizado, como España, las cuestiones políticas están tan lejos de las preocupaciones del ciudadano corriente?

La falta de interés del ciudadano en lo concerniente a la política hay que interpretarla desde la perspectiva de costes y beneficios. Para la mayoría de los ciudadanos, poder comprender a fondo la actualidad política y poder formarse una opinión acertada es costoso, pues requiere bastantes tiempo y esfuerzo; y se percibe como poco beneficioso, dado que la mayoría percibe, también, que la probabilidad de cambiar la situación, e influir en la gestión de los asuntos públicos, a través de su voto es muy escasa.

Por otro lado, el debate público aborda generalmente cuestiones complejas que, a pesar de su trascendencia social, la gente no tiene idea de que le afecten directamente y, por lo tanto, no considera que haya que poner mucha atención en ellas. Aunque, más tarde, paradógicamente la mayoría de la gente tenga la osadía de decir que tiene “derecho a opinar” y que su opinión también es importante e igual de respetable que la de cualquiera.

¿Reformar la Constitución? ¿Reforma de la Administración de Justicia? ¿Reformar la organización del Estado; necesidad o no del Senado, necesidad de recentralización y eliminación del “estado de las autonomías”…? ¿Inmigrantes que intentan entrar en España por Ceuta y Melilla? ¿Política exterior? ¿Aborto, Eutanasia?

¡Uffff… no me “caldees la cabeza” -que diría un extremeño-… Bastante abrumado me siento ya con las actividades en mi vida cotidiana, como para atender a esos problemas!

El ciudadano que acaba optando por ser voluntariamente ignorante se plantea el siguiente dilema: dejarse llevar y actuar “ciegamente” al dictado de otros, o abstenerse de participar (votar).

A nadie se le escapa una consecuencia importante de todo esto: la desinformación convierte a los ciudadanos en presa fácil de las estrategias propagandísticas de líderes, o partidos políticos, o lobbies, o grupos políticos populistas, y de las informaciones sesgadas y adulteradas que divulgan, publicitan para defender sus puntos de vista.

Y permítaseme que vuelva a insistir, a ser reiterativo: ¿Y por qué ocurre todo esto? Pues muy sencillo: todos buscamos tener los menos problemas posibles en nuestras vidas. Por esto, preferimos seguir siendo engañados con nuestro consentimiento. Preferimos seguir obviando la realidad de la parte que no nos gusta ver. Ante el desánimo social, el pan y circo que nos ofrecen a diario los medios de comunicación, incentivando aún más el esperpento, lo chabacano, los enredos, comidillas y engaños. Nuestra sociedad acepta y aplaude todo esto, ignorando el esfuerzo personal, el amor hacia la cultura, el afán por ampliar conocimientos y los méritos de muchísimos de nuestros ciudadanos que se marchan de su patria, porque no les ofrece nada para avanzar en cultura, libertad y dignidad. ¿Qué se puede esperar de una sociedad que permite a sus ciudadanos conseguir, con el mínimo esfuerzo, lo máximo, atropellando a quien se le ponga en su camino, utilizando medios no lícitos, a costa de lo que sea?

Asistimos a un caos intelectual de tal magnitud que, a menudo olvidamos que, el gobierno correcto es aquel que protege la libertad de los individuos. Y la única forma es reconociendo y protegiendo sus derechos a la vida, la libertad, la propiedad, y a la búsqueda de la felicidad (que no es lo mismo que “hacerlos felices”). Y como es lógico, debe identificar y castigar a aquellos que violan los derechos de sus ciudadanos, sean criminales nacionales o agresores extranjeros.

Ninguna Nación medianamente sensata está constantemente poniendo a debate su forma de Jefatura de Estado, o su forma de organización territorial, o las competencias de su Ejecutivo, o de su Legislativo, o de su Poder Judicial; tampoco hay ningún país de nuestro entorno cultural en el que se esté constantemente cuestionando su política exterior (en España cuando cambia el Gobierno los que hasta entonces eran aliados pasan a no serlo, y viceversa…) Tampoco en ningún país civilizado se está constantemente cambiando el sistema de sanidad pública, o el sistema público de enseñanza, y tantas y tantas cosas más que conducen a los ciudadanos a pensar que en España las reformas nunca se acaban, con el consiguiente desánimo que produce la constante transitoriedad en la que nos tienen instalados quienes nos “mal-gobiernan” desde hace cuatro décadas.

No me negarán que todas esas formas de conducta son claros síntomas de estupidez; pues, cualquier grupo social que esté en sus cabales, cuyos miembros no estén embrutecidos o encanallados, procura evitar que la gente viva inmersa en continuos sobresaltos, busca la manera de que quienes la integran se sientan miembros de una sociedad estable, perdurable, próspera; y para que eso sea posible es imprescindible que existan “absolutos”, sí, asideros incuestionables.

Y cuando hablo de la necesidad de “absolutos/incuestionables”, es porque si no es “así” tendremos que aceptar que la mayoría (la muchedumbre, los que más ruido sean capaces de hacer) puede hacer lo que le dé la gana, y por lo tanto cualquier cosa que hace/decide la mayoría es buena porque “son la mayoría”, siendo pues éste el único criterio de lo bueno o lo malo, de lo correcto y de lo incorrecto, Una democracia con “absolutos/incuestionables” solo debe permitir que la soberanía de la mayoría se aplique sólo, exclusivamente, a detalles menores, como la selección de determinadas personas. Nunca debe consentirse que la mayoría tenga capacidad de decidir sobre los principios básicos sobre los que ya existe un consenso generalizado y que a nada conduce estar constantemente poniéndolos a debate y refrendo… No podemos permitir que la mayoría posea capacidad de solicitar, y menos de conseguir, que se infrinjan los derechos individuales.

Y ya para terminar: Votar en unas elecciones locales, regionales o nacionales, es una forma “barata” de mostrar compromiso social. Es más, esto explica por qué son muchos los electores que votan contra sus propios intereses o lo que dicen que para ellos son cuestiones irrenunciables. El esquema es el siguiente: si la izquierda o el populismo va a ganar y van a aumentar los impuestos, no es algo que mi propio voto pueda cambiar ya que mi voto no es decisivo. Si esto es así, mejor tomar partido, “posicionarme” del lado “progresista” que del lado “reaccionario”.

Es por ello que es imprescindible e inaplazable limitar cuanto antes el poder de los políticos y así reducir la importancia de la ignorancia de los votantes.

Y permítaseme una última reflexión: ¿No sería cuestión de tomarse en serio lo de instituir alguna clase de “educación cívica y para ser buenos ciudadanos”, de poner en marcha un “Plan de Alfabetización y Educación para la Honradez”?

Carlos Aurelio Caldito Aunión

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