Los falsificadores de la historia y el mito del Al-Ándalus

Los falsificadores de la historia y el mito del Al-Ándalus

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Arnaud Imatz

Los falsificadores de la historia y el mito del Al-Ándalus

Por Arnaud Imatz

¿Es preciso dar respuesta a los ataques insidiosos, a la violencia verbal y al desbordamiento de odio de los polemistas e historiadores aficionados que refutan la existencia del mito de al-Ándalus? Por mi parte, siempre he preferido el silencio reprobador a la polémica sectaria, considerando que ésta no lleva a nada y que es una pérdida de tiempo. Pero una vez al año no hace daño y hoy me siento en el deber de ilustrar al lector que de buena fe permite que algunos especialistas o pretendidos especialistas abusen de él con un discurso capcioso y malicioso.

He contribuido a dar a conocer en Francia los trabajos desmitificadores y desmistificadores de tres grandes especialistas en la cuestión, dos españoles y un americano: en primer lugar Serafín Fanjul, arabista, profesor de literatura árabe, miembro de la Real Academia de la Historia, autor de Al-Ándalus contra España (2000) y de La quimera de al-Ándalus (2004), publicados en el Hexágono en un único volumen bajo el título Al-Ándalus, l’invention d’un mythe(2017); después el norteamericano Darío Fernández Morera, profesor de literatura románica e hispánica, autor de El mito del paraíso Ándalusí (2015) [en francés:  Chrétiens, juifs et musulmans dans al-Ándalus (2016)] y finalmente Rafael Sánchez Saus, profesor de historia medieval, exdecano de la facultad y rector de la Universidad San Pablo CEU, miembro de la Real Academia Hispano Americana, autor de Al-Ándalus y la Cruz (2016), cuya traducción acaba de ser publicada bajo el título Les chrétiens dans al-Ándalus.De la soumission à l’anéantissement. (2019) (Los cristianos en al-Ándalus. De la sumisión a la aniquilación.).

He escrito las introducciones a los libros de Serafín Fanjul y Rafael Sánchez Saus, y Rémi Brague, reconocido especialista en filosofía medieval (profesor de la Sorbona y miembro del Institut de France), desde que le hablé de su inminente publicación en francés, tuvo la amabilidad de ofrecerse a escribir el prefacio a la obra de Darío Fernández Morera. Debo añadir que por supuesto existen otras obras que merecerían ser traducidas, especialmente Acerca de la conquista árabe de Hispania. Imprecisiones, equívocos  y patrañas.(2011) del profesor de estudios árabes e islámicos de la Universidad de Salamanca Felipe Maíllo Salgado, quien, así lo espero, no tardará en encontrar también un editor francés.

Estos tres libros, recientemente publicados en París, constituyen los hitos definitivos en la desmitificación de la historia de al-Ándalus. Se diferencian por sus aproximaciones y métodos; pero también por la variada especialización de sus autores y se complementan a la perfección. Serafín Fanjul analiza minuciosamente la idea del carácter paradisíaco o del Edén terrenal de al-Ándalus, más allá de las pervivencias “árabes” o musulmanas que habrían pasado, supuestamente, de al-Ándalus a España y que habrían modelado el carácter español. El segundo, Darío Fernández Morera, examina las prácticas culturales concretas de las comunidades musulmanas, cristianas y judías bajo la hegemonía islámica, comparándolas con otras culturas mediterráneas, en concreto con las del Imperio cristiano greco-romano o bizantino. El tercero, Rafael Sánchez Saus, estudia el destino de los cristianos de África del norte y de España: la irrupción del islam y la constitución del Imperio árabe, la conquista y el nacimiento de al-Ándalus, las primeras reacciones de los cristianos, el régimen de opresión de la dhimma, la sumisión, la colaboración, la orientalización y la arabización, la causa de los mártires, la resistencia, la revuelta, la persecución y la erradicación final de los cristianos.

El mito del al-Ándalus es obviamente negado, cuestionado, disimulado, no solo por militantes extremistas, sino también por universitarios preocupados por su futura plaza. Este mito consiste en la idea del “Paraíso perdido”, de “la Edad de Oro” o del “Edén”, sostenida por una infinidad de textos árabes y apreciado por un buen número de europeos. En contraposición, encontramos la noción no menos omnipresente de la amenaza del mundo cristiano, calificado de ignorante, brutal, bárbaro, intolerante, militarista y… europeo. Es la idea de un islam tolerante, adelantado o  “progresista” avant la lettre, retomada por nuestros contemporáneos preocupados por demostrar el carácter abierto, modernizante y tolerante del islam. Es la visión “irenista” de la coexistencia armoniosa entre las tres culturas de al-Ándalus, tan extendida que se ha convertido en casi imposible de corregir. Una especie de dogma impuesto, a pesar de todas las investigaciones históricas de especialistas rigurosos y desinteresados que han demostrado lo contrario.

Este mito de al-Ándalus lo propagan en la actualidad tres categorías de personas. En primer lugar, los políticos y periodistas, que en ocasiones actúan de buena fe y/o con ignorancia, pero casi siempre de manera oportunista (temen la censura de lo “políticamente correcto”); en segundo lugar, los exaltados o islamófilos extremistas; por fin, en tercer lugar, universitarios conformistas que defienden con uñas y dientes sus intereses corporativos. Los aficionados más virulentos contrarios a los trabajos de Fanjul, Fernández Morera, Sánchez Saus y en general contra todos los autores que critican este mito, se enmarcan en particular en las dos últimas categorías.

A menudo, los más exaltados siguen la disparatada tesis según la cual los árabes musulmanes no habrían invadido nunca militarmente España. Esta tesis busca demostrar indirectamente que el catolicismo es una religión ajena a España. Habría sido, dicen, repudiada por los habitantes de “Hispania” y habría triunfado más que por la fuerza y la violencia tiempos antes de la presencia musulmana. Esta tesis fue desarrollada por el paleontólogo Ignacio Olagüe (que fue miembro de las JONS en su juventud, movimiento político nacional sindicalista de Ramiro Ledesma Ramos) a finales de los años 60. Hoy la han rescatado los nacionalistas andaluces y especialmente el filólogo neomarxista y profesor de la Universidad de Sevilla Emilio González Ferrín. En esta misma línea podemos citar los trabajos de la orientalista y teórica del universalismo unitario Sigrid Hunke, quien trabajó en su juventud para las SS (concretamente para la la Anhenerbe “Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana). Seguidora del neopaganismo nacionalsocialista, apologeta del islam, “religión viril frente a la religión cristiana de esclavos afeminados”, consideraba que la herencia árabe-musulmana de Occidente fue más directa, esto es, más relevante que la herencia greco-romana. Estas tesis, o más bien elucubraciones, tienen tanta credibilidad como las que consideran a los extraterrestres los constructores de las pirámides.

En la segunda categoría, la de los universitarios conformistas, a veces estereotipados y repetitivos e incluso retrógrados, encontramos numerosos arabistas, antropólogos y algunos medievalistas. De esta manera, el antropólogo antisionista José Antonio González Alcantud, no teme hacer el ridículo al afirmar que “Los negacionistas del vínculo andalusí, emplean métodos similares a los negacionistas del Holocausto” (ver su libro: “Al Ándalus y lo Andaluz, 2017). Pero llegados aquí, debemos citar sobre todo un ejemplo arquetípico, aunque se trate de un perfecto desconocido fuera de España: al historiador de la universidad de Huelva Alejandro García Sanjuán (ver sus recensiones en Historiografías, 12, julio-diciembre de 2016 y en Les cahiers de civilisation médiévale, CESM, julio-septiembre 2018). García Sanjuan se opone con vehemencia a quienes sostienen la tesis “catastrofista” que él califica de “españolista”, de “nacional-católica” o de “franquista”. Considera a los historiadores que utilizan las nociones de “invasión” árabe musulmana y Reconquista la bestia negra, porque – según él –, estas nociones se vinculan “a una ideología determinada”. Amante de la polémica, nostálgico de una Andalucía supuestamente “comunitarista” y haciendo abiertamente gala de sus prejuicios, García Sanjuán deja libre paso a sus tres obsesiones o fobias: el cristianismo, la Iglesia y la Nación.

Acumulando clichés y juicios de valor, incoherencias conceptuales y simplezas presentadas con grandilocuencia, se sitúa por fin al margen del conocimiento histórico. “Las naciones”, dice con garbo, “nacen, como los hombres, cubiertas de sangre y mierda”, “El episodio (¡sic!) de los `mártires´ de Córdoba no tiene importancia”, porque “ni siquiera aparece registrado en las fuentes árabes” (¡sic!); la dhimma debe ser contextualizada para comprender “su verdadera naturaleza”, su carácter protector (¡sic!) que, evidentemente, era “muy distinto al apartheid auténtico, el practicado (…) en pleno siglo XX, por naciones tan profundamente cristianas como Suráfrica o los EEUU, o como el que sigue desarrollando a día de hoy el Estado de Israel.” García Sanjuán, fingiendo sorpresa porque no se hable de “invasión católica del al-Ándalus”, cae en la defensa corporativista más pueril y superficial al pretender que la mitificación de la “tolerancia andaluza” habría sido mínima en los arabistas y que estos últimos estarían más habituados a la autocrítica que los medievalistas. En resumen, un modelo de pseudohistoria denigrante, infamante y vengativa.

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Ideólogo sin vergüenza, Sanjuán afirma que la obra de Fanjul se “vincula directamente con el ascenso actual del fascismo a nivel internacional”, a lo que no le falta gracia, si tenemos en cuenta que el célebre académico y arabista es un antiguo comunista, un antifranquista notorio, un agnóstico que hasta la fecha no se ha visto nunca involucrado, ni de cerca ni de lejos, ni con la extrema derecha ni con populismos europeos. Pero qué más da si todo vale para desacreditar al adversario. Así, aprovechando la ocasión, García Sanjuán arremete directamente contra mi persona y no contra mi introducción al libro del prestigioso académico – la ausencia y la pobreza de la argumentación son en él costumbre –.

La anécdota revela la agresividad y hasta el espíritu chequista que anima a este autor y que por desgracia contamina también pequeñas publicaciones universitarias. Se trata de un ejemplo perfecto de cómo narrar los hechos con un estilo tendencioso, parcial y sesgado. Es asombroso tener que recordarle a un universitario que en teoría se reivindica de la Ilustración (una corriente de ideas que en verdad fue la convergencia de tendencias ideológicas diferentes, contradictorias y a menudo opuestas), que la enseñanza de la historia no consiste tanto en enseñar verdades incontestables como en presentar hipótesis discutibles y en despertar el interés, más que en ofrecer certezas definitivas acerca del pasado. Pero ¡cerremos la veda!

Retomemos las propias palabras de García Sanjuan: “La presencia de este texto en el trabajo de S. Fanjul debe ser considerada un hecho muy significativo”, escribe. “Presentándose (¡sic!) como miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia de España”, el autor A. Imatz se da a conocer en la península “por su presencia en redes como la Fundación José Antonio, nombre del fundador de laFalange Española, principal partido político fascista español”. Por supuesto, se ve por a dónde quiere llegar. Por tanto, se imponen aquí ciertas precisiones y aclaraciones, con el fin de dar respuesta a las medio mentiras y verdades a medias de este neófito en materia de historia de las ideas políticas.

En primer lugar, García Sanjuan omite por supuesto decir que soy autor de una tesis doctoral de Estado (digo bien de Estado y no de Universidad) acerca del pensamiento político de José Antonio Primo de Rivera (1975), por la que obtuve mención honorífica y la felicitación unánime del tribunal junto con la recomendación oficial para su edición. Por cierto, quiero recordarle a ese profesor ignorante o con mala fe (no lo sabemos), que el nacionalsindicalismo joseantoniano se encontraba más cerca del incorformismo personalista francés y del Fianna Fáil irlandés que del fascismo italiano, y que las personas que han expresado estima y respeto hacia el joven y muy cristiano abogado madrileño, ejecutado después de una parodia de proceso en 1936, son legión (existen no menos de 1.000 testimonios que provienen de contemporáneos y compatriotas de sensibilidades y convicciones muy distintas, tales como los liberales, socialistas y anarquistas Miguel de Unamuno, Salvador de Madariaga, Julián Zugazagoitia, Félix Gordón Ordás, Indalecio Prieto, Teodomiro Menéndez y Diego Abad de Santillán o los escritores Federico García Lorca y Rosa Chacel). En España, esta tesis doctoral ha sido objeto de cuatro ediciones, tres con prefacio de uno de los más grandes economistas españoles, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y presidente de la Real Sociedad Geográfica, Juan Velarde Fuertes. Es cierto que este último fue falangista…  pero hace más de 50 años, en los años 60 (cualquier conocedor del tema sabe además que multitud de españoles se declaran joseantonianos sin por ello ser falangistas o nacionalsindicalistas).

No en vano, cabe recordar que en lo que concierne a la Fundación Cultural José Antonio Primo de Rivera, su presidente de honor Miguel Primo de Rivera y Urquijo, sobrino de José Antonio, fue una figura clave durante la transición democrática con motivo de su proximidad y amistad con el rey Juan Carlos I y que su influencia fue determinante para que Adolfo Suárez se convirtiese en presidente del Gobierno en la España democrática. De hecho, mantengo una relación de amistad con uno de los miembros de esta Fundación, el profesor J. M. Cansino, que acaba de ganar la cátedra de Economía de la Universidad de Sevilla por la calidad de sus obras. Este último presidió el homenaje público que se me rindió el pasado mes de octubre en Sevilla en el Club Jovellanos (nombre de uno de los representantes españoles más famosos de la filosofía de la Ilustración). En cuanto a mi única militancia o más bien simpatía política en el pasado y en la realidad, es gaullista; se remonta a los años 1965-1969 y no reniego de ella.

Historiador militante, cegado por el sectarismo, a García Sanjuan no le preocupa ni él se preocupa por precisiones o matices. Si le echásemos cuenta, la Real Academia de la Historia de España, donde se reúnen los miembros de diferentes convicciones, desde Podemoshasta el Partido Popular pasando por el PSOE, sería  “el bastión del academicismo español más tradicional”. Como hecho significativo (por retomar una expresión que parece gustarle), cabe destacar que García Sanjuan es uno de los dos únicos historiadores que han formado parte de la Comisión de Expertos nombrada por el Ayuntamiento de Córdoba para su pronunciamiento sobre la titularidad de la propiedad de la mezquita catedral (Catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Córdoba), polémica reactivada periódicamente por la izquierda y por la extrema izquierda desde principios de los años 2010. Esta Comisión formada por seis miembros, cuya mayoría pertenecen al PSOE, fue presidida desde su formación por Calmen Calvo, futura vicepresidenta del Gobierno socialista de Pedro Sánchez. Esta emitió en septiembre de 2018 un juicio en defensa de la propiedad pública del monumento a expensas de los derechos de la Iglesia, lo que le costó la reacción mordaz de más de cuarenta medievalistas, investigadores y profesores de Universidad, que denunciaron su total ausencia de rigor (véase: Documento – manifiesto, El Mundo, 22 de septiembre de 2018).

Extrañamente, la ligereza y ceguera de García Sanjuán, no impiden a Emmanuelle Tixier du Mesnil, maestra de conferencias sobre historia medieval de la Universidad de París-Ouest Nanterre, citar y hasta reproducir de manera acrítica (sin ni siquiera citarle) sus argumentos falaces, fantasías y estupideces (véase L’Histoire nº 457, marzo 2019). Criticando miserablemente la elección de Fanjul a académico, esta aprendiz docente cae en la provocación y demagogia llegando al colmo de lo grotesco y odioso al pretender que el académico haya encontrado “cierto eco, incluido en Francia, más allá de los círculos de extrema derecha, a los que hasta ahora se veía limitado su autor”.

Entre los historiadores aficionados y militantes de la misma calaña, podríamos citar también a la americana de origen cubano María Rosa Menocal o en Francia a Alain de Libera, Jean Pruvost y Abderrahim Bouzelmate. La arabista española Maribel Fierro es, sin duda, la más moderada dentro de la diatriba (véase su artículo “Al-Ándalus, convivencia e islam” en Revista de Libros, marzo 2019), aunque reproduzca de un modo “soft” algunos de los clichés más trillados. Ella dice que es “mucho ruido y pocas nueces”; los especialistas lo sabían todo ya hace mucho tiempo; había violencia, aunque en suma lo normal para una sociedad medieval; por otra parte había un cuadro “legal” y “la dhimma tenía también sus ventajas”. En tanto que “hija de republicanos españoles que sufrieron el exilio”, ella sabe, añade, “lo que es la libertad de expresión”; pero no aclara si los comunistas, socialistas bolchevizados y anarquistas de los años treinta fueron realmente modelos democráticos (?). En resumen, según ella, el mito no está más que en la cabeza de quienes pretenden su existencia, que por supuesto solo buscan cargar las tintas. “No pasa nada”, dicen los españoles, en francés se dice: “Circulez y’a rien à voir!” (¡Muévanse, aquí no hay nada que ver!). Una manera clásica de proceder, bien conocida, que en el fondo es bastante pueril. Consiste en construir una imagen negativa del adversario, para hacer valer con mayor facilidad la calidad de la causa que se defiende.

Las acusaciones y críticas citadas contra Fanjul, Fernández Morera y Sánchez Saus se explican por un último factor importante: el resentimiento ante el acogimiento positivo y hasta de admiración por sus trabajos por buena parte de la gran prensa y sobre todo la envidia por sus incontestables éxitos editoriales. Cuatro meses tras la aparición del libro de Fanjul en Francia, ya se habían vendido más de 10.000 copias. Un récord para un libro de historia que acaba de ser publicado en edición de bolsillo. Los libros de Fernández Morera y Sánchez Saus también son ya éxitos. Desde ahora, el silencio ya no es factible. Precisamente por eso un pequeño puñado de universitarios amargados y maniqueos condenados a ser conocidos únicamente por unos pocos cientos de lectores, recurren a la habitual panoplia de las armas y estratagemas más convencionales para distraer la atención: de ahí las calumnias, insultos, insinuaciones, ataques a las convicciones religiosas o las supuestas opciones políticas, las acusaciones de islamofobia, de nacionalismo, de fascismo o el querer fomentar el choque de civilizaciones; sin olvidar, por supuesto, el uso terrorista del argumento pretendidamente “científico” y la llamada a la represión o a la exclusión de la comunidad académica. En suma, la retórica banal y sempiterna ad hominem ad personam, más propia de las costumbres de la Unión Soviética, de la Alemania nacionalsocialista o de repúblicas bananeras que de países democráticos. Pero el problema con Fanjul, Fernández Morera y Sánchez Saus, es que sus demostraciones son sólidas, rigurosas, ponderadas y que sus fuentes son irrefutables.

En el fondo, lo que probablemente resulte más molesto es la conclusión a la que podemos llegar con sus tres obras: no hay que buscar recetas salvíficas de la coexistencia harmoniosa con el Islam en un pasado mítico mediante el uso de una varita mágica, si no que la coexistencia, la “vida pacífica en común”, el “vivir juntos” [vivre-ensemble], como se dice hoy, deben fundarse en la aplicación de las leyes, el respeto a las Constituciones y la aceptación de las costumbres y tradiciones culturales europeas.

Dicho esto, señores y señoras chismosos, dejen a los investigadores e historiadores hacer una labor serena.

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