El falangista que fusiló Franco

El falangista que fusiló Franco

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Juan José Domínguez Muñoz esta considerado como el 4º falangista fusilado por Franco durante el régimen del 18 de Julio.

Cuando fue colocado ante el piquete de ejecución, en el verano del 42, Juan José Domínguez cantaba el «Cara al sol». Las balas amigas acabaron con la vida del único falangista fusilado por el Caudillo. Sesenta años después, la viuda de Domínguez y el «cuñadísimo», Serrano Suñer, se dan la mano y cuentan toda la verdad.

Durante 60 años se negó a darle la mano. Hoy, incluso se la ha besado. Él es un anciano que el día 12 de septiembre cumplirá 101 años. Ella pronto será octogenaria. Y no es que la aún guapa mujer Celia Martínez, gallegaleonesa de Cacabelos, haya olvidado que en aquel terrible agosto de 1942 nadie, ni siquiera el todopoderoso Ramón Serrano Suñer, pudo salvar la vida de su joven marido Juan José; lo que ocurre es que el tiempo le ha enseñado muchas cosas.

¿Cómo podía entender ella entonces, con 19 años, que la mujer de Serrano Suñer, la hermosa y dulce Zita, no hablara con su hermana Carmen, la esposa de Franco, para que el Caudillo conmutara la pena de muerte que un tribunal militar había puesto a su marido? ¿Es que Serrano Suñer no era capaz de hacer algo por Juan José? No este Serrano Suñer, venerable y beatífico centenario, sino el hombre de 41 años que hablaba con Hitler y con Mussolini, ministro de Asuntos Exteriores que tenía una División (la Azul) combatiendo en Rusia y medio millón de falangistas controlando Gobierno, municipios y sindicatos en España.

Celia no lo podía entender. Ahora, Ramón se lo ha explicado en su casa de Marbella en presencia de los hijos: el embajador Fernando Serrano Suñer, de 70 años, y Mari Celi, la hija del falangista fusilado que a los cuatro meses era tan pequeña que pudo pasar entre dos rejas para que su padre la besara en la celda cuando ya estaba en capilla.

Todo había comenzado el 16 de agosto de 1942, con los sucesos de Begoña. El choque entre falangistas y tradicionalistas se saldó, tras el lanzamiento de una granada de mano por los primeros, con más de 70 heridos leves, carlistas en su mayoría. El general Varela, presente, se adjudicó sin razón ser él el objetivo del supuesto atentado (la granada se arrojó en el exterior de la basílica bilbaína cuando Varela aún no había pisado la calle).

El suceso, que serviría a Franco para domeñar a la Falange y destituir a los tres ministros más influyentes del Régimen (Galarza, de Gobernación; el anglófilo Varela, del Ejército y cada vez más carlista por su matrimonio con la tradicionalista y riquísima vasca Casilda Ampuero, y Ramón Serrano Suñer, de Exteriores), se saldó con el sacrificio de Domínguez. De los ocho falangistas implicados en la pelea con los carlistas, dos fueron condenados a muerte, Calleja y Domínguez, pero a Calleja se le conmutó la pena capital por ser caballero mutilado y haber perdido una pierna en la Guerra Civil.

Franco aprovechó lo ocurrido para reafirmar su poder personal, aprovechándose del pulso entre el Ejército (con el apoyo de monárquicos y la derecha más reaccionaria) y la Falange, el partido único.Relevó a su cuñado, el germanófilo Suñer, tres días después de que, por el referido fusilamiento, dimitieran los falangistas puros Narciso Perales y Dionisio Ridruejo. Cuenta Girón que se atribuyó a Carrero Blanco la sugerencia del cese de Ramón Serrano Suñer. Algo que Franco quería, pero no sabía cómo hacer desde muchos meses antes. Hoy, Serrano Suñer, a punto de cumplir 101 años, resume en la clave de lo que ocurrió:

-«Lo de Begoña fue un suceso lamentable, pero no hubo ni fuerza ni unión ni para salvar a Domínguez ni para mantener el poder.En aquel momento vivíamos con un dinamismo trepidante, pero Franco, en seguida, se dio cuenta de que esos falangistas que parecían tan intransigentes, los Arrese, los Fernández Cuesta, los Girón, venían a comer de la mano. Y ése fue el principio del fin. El gran amigo de todas las horas, Dionisio Ridruejo, dimitió de todos sus cargos y lo mismo hizo Narciso Perales, Palma de Plata y el tercer hombre en el mando de la Falange después de José Antonio y Hedilla. Fue por eso por lo que yo propuse que la Falange fuera “dignamente licenciada”».

Girón siempre se opuso a ello, y eso explica quizá que la viuda de Domínguez lo haya defendido siempre. Para Celia es intocable.«Si no llega a ser por Girón, no sé qué hubiera sido de mi hija y de mí. Narciso Perales se movió lo indecible, pero con su dimisión el día 29, por la pena de muerte a mi marido, ya no tuvo influencias.Incluso fue confinado; pero siempre conté con él. José Antonio Girón trató de convencer a Franco, pero ya estaba todo envenenado.Un grupo numeroso de generales, manejados por Varela, le amenazaban con ir a El Pardo, exigirle la disolución de la Falange y el establecimiento de una dictadura militar. Franco llegó a decirle a Girón no ya que mi marido era un espía británico, sino que era un agente al servicio de los americanos».

Gracias a Girón, madre e hija pudieron viajar en coche hasta Bilbao para despedir a Domínguez. «Llegamos el 31de agosto; precisamente cuando se daba a conocer la sentencia que tenía ya el enterado de Franco». Se alojaron en el hotel Alemania. Una falangista, Emilia Santos, de la Sección Femenina, les llamó el día 2, a las ocho de la mañana, para decirles que habían oído una descarga procedente de la prisión de Lerrínaga. A la viuda no le dejaron ver el cadáver. Se la llevaron a Madrid.

Al día siguiente fue el entierro. Una docena de falangistas de Bilbao, más mujeres que hombres, presenciaron cómo se sepultaba el cuerpo en una fosa gratuita cavada en un descampado del cementerio de Derio. Al cabo del tiempo, sus restos fueron exhumados para trasladarlos a una sepultura más digna. Allí permaneció hasta 1988, cuando su viuda, Celia, adquirió una sepultura en el camposanto de Galapagar, en Madrid.

La Falange de Bilbao se ocupó durante muchos años de que no faltaran nunca cinco rosas en la tumba de Domínguez y que su hija Mari Celi no echara en falta vestidos, juguetes y, luego, libros.«Vivimos de una paga que me consiguió Girón, en un piso de la Obra Sindical del Hogar que él me facilitó y estiramos durante 10 años las 90.000 pesetas que nos dieron para salir adelante».

Aún recuerda la viuda cómo circuló el rumor de que habían recibido en desagravio nueve millones de pesetas. «Esa fue la última patraña urdida en torno a Juan José, un hombre fuera de serie que fue inmolado como un cordero». Había nacido en Sevilla. En los años 30, de acuerdo a la lírica dannunziana, el peligro era lo que luego se llamó activismo. Juan José nació para el activismo y para la actividad. De familia humilde, huérfano de padre (de padre y de madre cuando le fusilan a los 26 años), fue seducido por el mensaje joseantoniano con apenas 16 años y decide trasladarse a Madrid para escuchar el discurso del fundador de la Falange. Lo hace en bicicleta y con un duro en el bolsillo.

Su historial comienza antes de la Guerra Civil. En Aznalcóllar intentó quitar la bandera republicana izada en el Ayuntamiento. Abren fuego sobre él y Narciso Perales (quien salvó la vida de Arrese cuando le iba a fusilar Queipo de Llano y quien intentó salvar la vida de Domínguez inutilmente cuando le iba a fusilar Franco). Es José Antonio Primo de Rivera personalmente quien le defiende en los tribunales por aquello.

Durante la guerra bate una auténtica marca cruzando, en misiones arriesgadas, seis veces de la zona nacional a la zona roja, con los correspondientes retornos. Fue capturado en varias ocasiones. Poseía, concedidas por José Antonio, dos condecoraciones: Aspa Roja y Aspa de Plata.

El 1 de abril de 1940, en la madrileña Castellana y mientras se celebra el primer desfile de la Victoria, conoce a una muchacha que le enloquece. Ella tiene 18 años; él, 23. Domínguez sigue a la chica hasta su casa, en Sagasta, 19. Se llama Celia, pero él siempre la llamará Piruchiña. Domínguez enseguida deja a las claras su carácter valeroso. Lo hizo cuando, pocos días después, sube a hablar con su madre para decirle que quiere casarse con su hija, y cuando, 16 meses más tarde, le escribe desde la celda, 10 horas antes de la ejecución, para decirle: «Querida Piruchiña Te ruego, a ser posible, que te unas en matrimonio con cualquiera de mis camaradas del actual cautiverio que te harán feliz y cuidarán de nuestra pequeña con el mismo celo y cariño que yo pudiera hacerlo».

Tras el 39, Domínguez se dedicó al Servicio de Información. Las condiciones económicas en que vivía hacen descartar su condición de agente doble. Hicieron creer a Franco que trabajó para el Intelligence Service americano. Según su viuda, en 1942 se dedicó al trazado del cable de Francia a la Línea de la Concepción. ¿Para controlar el paso de submarinos ingleses por el Mediterráneo o para preparar un ataque alemán a Gibraltar?

Ignorar qué pasaba en el mundo a finales de julio de 1942, impide comprender los rocambolescos sucesos de Begoña. El 15 de julio, Alemania ya tenía preparada la Operación Ilona para invadir, primero, el País Vasco y, luego, toda España. El 7 de junio, el Führer había comentado que “los curas y los monárquicos se habían confabulado para hacerse con el poder en España”. Si la Guerra Civil estallara otra vez no le extrañaría, decía, “ver a los falangistas obligados a hacer causa común con los rojos para librarse de esa basura monárquicoclerical”.

¿Fue esta información, que ignoraban incluso los falangistas que actuaron en Begoña, la que obligó a Franco a sacrificar a Domínguez? Porque, en el fondo, él, como Calleja, Rivadulla, Hernández Bravo y los demás, habían reaccionado en Begoña cuando oyeron «¡Viva el rey!», «¡Abajo el socialismo de Estado!», e incluso «¡Muera Franco!». La situación demencial de aquellos días se concreta en la respuesta de Franco al obispo de Madrid, que le pide el indulto. «Tendría que condecorarle, pero le tengo que fusilar».

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Celia, la viuda, sabe que su marido fue fusilado por «razones de Estado». En 1964, el general Castejón, el militar que presidió el consejo de guerra y firmó la sentencia a muerte, le confesó: «Firmé en contra de mi voluntad». El hombre le había solicitado una entrevista para pedirle perdón y descargar su mala conciencia.

Sólo la víctima estuvo a la altura de las circunstancias. Juan José Domínguez llegó al extremo de negarse a aceptar una fuga que se había preparado. “Se consiguieron”, explica Celia, “dos millones de pesetas para comprar a dos funcionarios de prisiones. Tenían un barco para la huida, que hundirían para simular un naufragio. Los guardianes estaban dispuestos, pero era tal el pavor que le entró a Jorge Hernández Bravo, por las represalias que podrían tomar contra él, que mi marido renunció a perjudicarle con la fuga”.

En el testamento que redactó la noche antes de morir, llegó a justificar “a inconsciencia de Franco y la debilidad impropia de un general”. Celia -también su hija- siempre ha estado orgullosa de su marido. “Murió cantando el Cara al sol y con la camisa azul, pero sólo la primera estrofa, porque la Guardia Civil tuvo buena puntería. Apenas pudo terminar de decir: “Ella había bordado aquella camisa en rojo ayer”.

Artículo de Alfredo Amestoy publicado en el diario El Mundo el Domingo 1 de septiembre de 2002.

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