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Hijos que nadie quiere

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«Para desarrollarse normalmente, todo niño y toda niña necesitan que al menos un adulto esté loco por ellos» (Urie Bronfenbrenner).

En el termómetro de las solidaridades hay ejemplos muy por encima de la temperatura ambiente, tipos que se dan con fiebre al otro y gente que se pasa de los 40 grados centígrados.

En el termómetro de las solidaridades, uno puede ofrecer parte de su tiempo a los demás, verán, entregar todo su tiempo al prójimo, cambiar el significado de la palabra tiempo, amasarlo. O hacer lo que un buen día -allá por 2008, cuando sus dos hijas biológicas estaban ya criadas- decidieron hacer Pablo Boccanera y Elisabeth Delamer con el suyo.

Primero, quedarse en acogimiento permanente con Juan: ciego, con hemiparesia, sin capacidad de hablar ni de caminar, con daño cerebral congénito y sin control de esfínteres.

Después, quedarse en acogimiento permanente con Rosa: síndrome de Cornelia de Lange, malformaciones varias, microcefalia, retraso mental y, cómo no, nueve años recién cumplidos en el día de Navidad.

En Meco, 12.925 habitantes, hay dos vecinos cincuentones que parecen nada más que una pareja, pero suman una multitud bien singular.

Él no tiene trabajo.

Ella da clases de inglés.

Sus dos hijas biológicas están en la facultad estudiando.

Y luego está el caminar esquinado de Rosa y su verborrea ininteligible, que celebra esta cita con sonidos de atribulado ratón. Y luego está el koala humano que es Juan, el increíble niño abrazalotodo que no quiere que le dejen, el chico que dice sí golpeándose la palma de la mano como en un morse ancestral.

A veces pasa esto. Esperábamos ver a unos héroes y nos encontramos con gente corriente. Fuimos a buscar respuestas y salimos haciéndonos preguntas.

«Si la gente supiera el cariño y el afecto que te dan estos niños, no dudaría formar una familia con ellos. De ningún modo lo dudaría. ¿Tú qué piensas?».

No lo van a entender. O sí. Es más fácil imaginar cómo son Pablo y Elisabeth que contarlo con palabras.

La vocación

Antes la vida era el puesto de alto directivo de Pablo en una compañía de distribución de aguas; los phrasal verbs que enseñaba Elisabeth; los estudios de Secundaria de Ana y Teresa; y, por supuesto, todos los rodamientos engrasados de una familia redonda.

Los argentinos llegaron a España en 2003 -cuando las hijas todavía eran niñas- viajaron de vacaciones por toda Europa y América, fijaron la residencia en Alcalá de Henares y un día supieron que tenían una necesidad impostergable: cosas como los silencios de Juan, cosas como los ruidos de Rosa. Ese sinvivir que es pura vida, cuentan: el perfecto desorden.

«Siempre tuvimos una vocación. Cuando éramos jóvenes visitábamos hospitales donde había niños con discapacidad. Todo aquello se había dormido. Con el paso del tiempo, con el confort, con la estabilidad, eso se había dormido», recuerda Pablo. «Hasta que empezamos a conocer más profundamente este mundo. Nos metimos de lleno. Y, claro, supimos de Juan».

«Nunca habíamos pensado en acoger. Teníamos dos niñas y ya íbamos serviditos… La idea fue creciendo. Lo pensaba cada vez más. Lo hablé con mi marido para que me dijera que estaba loca. ¿Y sabes qué?», sonríe Elisabeth, y hace una pausa como la que antecede al final de un chiste. «Me dijo que él también estaba pensando en lo mismo: acoger a un niño de los que nadie quiere».

En 2008 llegó Juan, que contaba con dos años y un diagnóstico de diabetes insípida.

En 2010 llegó Rosa, que tenía cuatro y un pasado jodido de diagnosticar.

El caso es que la enfermedad de cada uno les tiene sumidos en el ostracismo: están sentados a medio metro de distancia en sus respectivos carritos, pero su salud les impide interactuar el uno con el otro. Pero aquí hay comunión, palabra. Y electricidad, y un eslabón telúrico, y críos que ronronean de gusto como lo hacen los gatos.

«Juan tiene todas las conexiones desconectadas. De hecho, el cerebro tiene una forma extraña, como si le hubieran dado un hachazo en el medio».

Todo es tan cierto como que los dedos de las manos suman 10.

O siete, en el caso de Rosa: cuatro más tres.

Las manos de Rosa. Los médicos dicen que esa malformación se llama oligodactilia. Yo digo que a eso que tiene Rosa se le llama saber chocarla. Saber aplaudir. Los tres lobitos en vez de los cinco lobitos. El tacto más dulce del mundo.

-¿Qué hace ahora? -le preguntamos a Pablo-.

-Te está tirando de la barba.

Las cifras

Los niños que nadie querría en su casa. Los canijos inadoptables. Los que nadie elegiría jamás. Los que tienen el alma o el cuerpo rotos.

De los 21.127 acogimientos familiares que hubo en 2012 en todo el Estado (últimas cifras oficiales), hay un reducido grupo al que no miran las familias que se disponen a acoger.

Si Juan y Rosa tuvieran capacidad de entender, si mereciera la pena contárselo, sabrían que las estadísticas dicen que ellos suelen ser hijos biológicos de drogodependientes y/o de personas con problemas de salud mental, que la crisis ha terminado por complicar la ecuación que debería despejar su incógnita: hay menos hogares que se ofrezcan como acogedores; hay menos recursos públicos para desarrollar las medidas de protección; hay más niños con necesidades especiales que acaban en el felpudo de la Administración.

El cambio

«Primero te pones todas la excusas del mundo. Que no son para ti, que en realidad no te apetece, que en el piso no se va a caber… Si buscas una excusa para no hacerlo, siempre la vas a encontrar».

Las que se pusieron ellos dos se vinieron abajo el día en que se lo preguntaron a las hijas biológicas y éstas lo celebraron con confeti, preparativos y lazos, como si la madre fuera a dar a luz la semana próxima. Porque aquello de 2008 fue dar a luz. Y aún hoy lo es. Con una epidural de abrazos.

Del colegio público de educación especial de Alcalá de Henares a la casa de Meco, de la casa de Meco a las sesiones de rehabilitación en el Hospital Príncipe de Asturias, de las sesiones de rehabilitación en el Hospital Príncipe de Asturias al andador ortopédico, del andador ortopédico a la silla adaptada, de la silla adaptada al futuro por adaptar.

«Desde la llegada de ellos han cambiado muchas cosas… Entre nosotros, entre los amigos, en el entorno, en nuestra visión del mundo… Hay una cuestión crucial: la percepción de lo que es el otro para ti. Piensas sobre ello. Y tomas una decisión».

Los padres tratan de enseñarles cosas a los dos pequeños. Que si a decir sí golpeándose la palma de la mano. Que si a tener paciencia. Que si a no asustarse. Que si a reconocer a los demás. Los padres tratan de enseñarles cosas a los dos pequeños, decíamos, y resulta que los que aprenden son ellos.

-¿El qué?

-De ellos aprendes algo crucial: que se dejan querer con una sencillez absoluta. Son dependientes no sólo en el sentido práctico, sino también en el afectivo. Míralos [los miramos: Rosa amaga ahora con darle un golpe a la televisión y Juan sonríe en su oscuridad]. No tienen otra pretensión que ser amados… En eso me han cambiado: hay que dejarse querer, que el otro te ayude, sin más. Sin prejuicios ni orgullos. En ellos es un mecanismo natural.

El premio

Vino la crisis, les tomó finalmente la temperatura, la empresa donde trabajaba Pablo cerró y la familia se tuvo que mudar a una vivienda más barata, más espaciosa y más tranquila. Se acababa de ir un sueldo y entraban estos dos niños: una forma de salir ganando.

El 40% de los menores tutelados por la Administración termina en una residencia. El 60% recala en una familia. Juan y Rosa entre ellos. Y qué familia.

Habla Elisabeth, que siempre relativiza los problemas de sus hijas mayores, va sobrada de espaldas, se lleva al cambiador a Rosa, regresa con una sonrisa recién planchada y se explica con acento argentino madre in Spain.

«Sentíamos que acogerlos a ellos era como devolver lo que la vida nos había dado todos estos años. Porque hemos recibido mucho. Hemos tenido salud. Nos ha ido bien. Tenemos dos hijas que estudian [Terapia Ocupacional e Historia del Arte]. Hemos viajado. Hemos disfrutado de todo… ¿Por qué no hacer algo por el otro? Uno no puede pasar por el mundo como una piedra».

A Juan le gusta la música clásica y concretamente Mozart. Lo saben porque se queja cuando cambian de cedé.

A Rosa le gusta cualquier «cacharro que haga ruido o que ilumine». Lo saben porque se pega a ellos como polilla a la luz.

Elisabeth no sabía qué decir en el discurso de recogida del Premio Persona Singular que les otorgó el Instituto Madrileño del Menor y la Familia hace unas semanas.

Cuenta que iba a decir: «El premio yo lo tengo en mi casa todos los días». Y que, mientras pensaba en ello, Rosa se puso a vomitar y Juan se había cagado encima hasta arriba.

«Así que me lo replanteé: ‘¿Estoy segura de que quiero decir eso?, me preguntaba mientras los bañaba».

Y llegó el día. Y subió al escenario. Y cogió el micrófono. Y dijo: «El premio yo lo tengo en mi casa todos los días».

Y entonces…

Los dedos de las manos suman siete. Y si es por echar cuentas nos salen otras: en 2013, hubo 23 nuevos acogimientos de niños como los suyos en toda la Comunidad de Madrid, donde hay seis millones y medio de personas.

A Juan le abrazas y se acabaron los problemas.

A Rosa la llevas de la mano y se terminó el asunto.

-¿Qué sabe uno con el tiempo?

-Con el tiempo te das cuenta de que recibes más de ellos de lo que tú les das.

Debe ser cierta esta frase que dicen, porque Pablo y Elisabeth recuerdan aquel día en que sucedió aquello tan extraño.

Pasó que el niño tuvo una complicación médica y tuvo que ser ingresado de urgencia.

Y entonces pensaron que era el final, después de todo lo luchado, que no habría otro invierno, que el último regalo de Juan sería aquel caballito de juguete.

Y entonces vieron a una auxiliar de enfermería hablándole a Juan a solas durante una convalecencia, en la quietud de la habitación del hospital, con la asepsia de los que se creen solos.

«Y entonces la auxiliar de enfermería se le puso a hablar al niño pensando que no había nadie. Me acuerdo exactamente de las palabras, me acuerdo. Le dijo: ‘Mira, Juan, tengo que darte las gracias. Gracias, gracias… Tengo tanto que agradecerte. Gracias a ti, yo quiero ser mejor madre. Gracias a ti, yo quiero ser mejor persona’».

Información ofrecida por el diario El Mundo.

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