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“Eran psicologicamente débiles”

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“Cuando encendí la tele y vi su foto en la pantalla me caí de culo”. “No han cambiado un ápice”. Jean-Henry Rousseau, carnicero en Treignac, un pueblo de 1.300 habitantes en la región del Lemosín, reconoció inmediatamente a esos dos adolescentes con los que coincidió en un centro de acogida a mediados de los 90.

Dos décadas después Said y Chérif Kouachi, de 32 y 34 años, han hecho historia y de las más sangrienta. Son los autores del peor atentado que ha sufrido Francia en más de 30 años. Tirotearon, el miércoles en París, a la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo. Asesinaron a 12 personas, ocho de ellas periodistas y dibujantes. Dos días después fueron abatidos por las unidades de élite de la Gendarmería (GIGN) en Dammartin-en-Goële, en la periferia norte de París.

El carnicero Rousseau les recuerda, sin embargo, en unas declaraciones a Le Populaire, el diario local, como unos chavales “simpáticos” y “rectos”. Él les vio aparecer en 1994 en el Centro Monédières de Treignac, de la Fundación Pompidou, para hijos de familias con vulnerables. La asistenta social de París les envió hasta allí poco después de que estos hijos de inmigrantes argelinos se quedaran huérfanos de padre. Los dos hermanos menores de Said y Chérif, un chico y una chica, también ingresaron en el centro poco después.

“Cuesta imaginar que estos críos, que estaban perfectamente integrados, puedan matar deliberadamente”, recuerda en el periódico Patrick Fournier, que sigue de responsable educativo del Centro Monédières. “Cuando estuvieron con nosotros nunca plantearon problemas de integración”, prosigue. “Estaban escolarizados”. Said, el mayor, obtuvo un diploma de hostelería mientras que Chérif, el pequeño, siguió una formación electrotécnica en Brive.

Sólo la que fue profesora de Biología, Françoise Ronfet, hoy en día jubilada, introduce un matiz en las evocaciones amables que suscitan los Kouachi: “Eran débiles desde un punto de vista psicológico”. Su comentario los coloca así entre los jóvenes musulmanes susceptibles de ser adoctrinados por sus correligionarios extremistas.

Los “débiles” -o al menos uno de ellos- se toparon en 2000 con Farid Benyettou, uno de esos emires autoproclamados que propagan un islam radical entre los jóvenes musulmanes que no comparten esos valores de la República que han tratado de inculcarle en los liceos. Ese año, Chérif -16 años entonces- regresó del orfanato del pueblo de Treignac (en el Lemosín) a París.

En la mezquita Addawa y sus alrededores, en el distrito XIX de París, Benyettou ha lavado el cerebro, según calcula la policía francesa, a medio centenar de jóvenes, entre ellos Chérif. Con algunos de ellos, como el propio Chérif, puso en pie en 2004 la llamada «célula Buttes-Chaumont», el nombre del parque de su barrio. Reclutaba a musulmanes para enviarlos a luchar bajo las órdenes de Abou Moussab el Zarkaoui, el que fue hasta su muerte jefe de la rama iraquí Al Qaeda. Consiguió que algún joven francés llegase hasta Fallouja, el feudo de yihadista en Irak, y luchase allí contra el Ejército estadounidense.

Hasta aquel encuentro con el emir, Chérif era “un perdedor, un repartidor con gorra que fumaba hachís y llevaba las pizzas a domicilio para poder comprarse droga”. Así lo describe el que fue hace siete años su abogado de oficio, Vicent Ollivier, el letrado más entrevistado estos días por la prensa francesa.

Música rap y chicas

En un reportaje televisivo rodado en 2004 por una asociación, el menor de los Kouachi aparece aún, según la periodista que se reunió entonces con él, como un mozo que comparte “los sueños de los jóvenes de su barrio”. “Es un apasionado del rap, más proclive a disfrutar de la vida y de las chicas que a ir a rezar a la mezquita”, señala. Debía de tener éxito porque su profesora de Biología le recuerda “mono y divertido”.

El encuentro con el emir Benyettou convierte “al chaval perdido, que no sabía qué hacer con su vida (…), en alguien que tiene de un día para otro la impresión de ser importante”, explicó su abogado. Pero esa sensación no hace de él un valiente. La red de reclutamiento quiere enviarle a Siria para que, desde allí, se traslade a Irak. Esa perspectiva le aterra. “Cuanto más cerca estaba la fecha de partida, más miedo tenía”, afirmó el letrado a la emisora Europe 1.

Justo antes de que emprendiese el viaje, la policía le echó el guante. Fue juzgado en 2008 y condenado a tres años de prisión aunque sólo cumplió la mitad de la pena. A su emir le cayeron siete años. “Chérif Kouachi agradecía entonces a la Justicia haberle encarcelado” porque así le había salvado la vida, asegura el que fue su abogado. Con su ingreso en prisión “desapareció esa bola que tenía en el estómago”, añadió. Aún le quedaba un trecho por recorrer para ser un auténtico yihadista.

Los jóvenes musulmanes -de Francia han partido más de 1.100 rumbo a Siria e Irak- se radicalizan a través de las redes sociales, las prédicas que se pronuncian en algunas mezquitas y oratorios y detrás de los barrotes. La segunda etapa de la radicalización de Chérif se produjo en la cárcel, según Jean-Charles Brisard, un experto francés en terrorismo que asesoró en EEUU a las familias de las víctimas del 11-S.

Allí se cruzó con “pesos pesados” del salafismo que daban cien vueltas al emir de barrio. Uno de ellos fue Djamal Beghal, argelino de 49 años, que cumplía condena en Fleury-Mérogis por proyectar volar la Embajada de EEUU en París. “Recuerdo una visita Fresnes [otra cárcel en la que estuvo Chérif]”, rememoraba el abogado. “Se había cerrado”, constató. “No estaba dispuesto a dialogar”. “Ya no era el mismo”.

Beghal salió de prisión y fue desterrado a Murat, en el departamento rural del Cantal. Hasta allí se fue Chérif a visitarle. La subdirección antiterrorista tomó con discreción fotos de ambos. Jean-Pierre Filiu, autor de Las 9 vidas de Al Qaeda (Editorial Icaria), sospecha que Chérif “tuvo también recientemente tratos con Boubaker al Hakim”, juzgado con él en 2008.

Al Hakim, de 31 años, origen tunecino, se ha incorporado al Estado Islámico en Siria, pero antes, en 2013, perpetró en su país de origen los asesinatos de dos diputados izquierdistas, Chokri Belaid y Mohamed Brahmi. La policía tunecina lo sospechaba, pero tuvo la confirmación cuando los reivindicó en diciembre pasado. Esos atentados estuvieron a punto de hacer descarrilar la transición en Túnez. La relación de Chérif con su autor es el primer indicio que apunta a un vínculo de los hermano Kouachi con Daesh (acrónimo árabe del Estado Islámico). Éste ha aplaudido el ataque contra Charlie Hebdo, pero no lo asume como suyo.

El síntoma más claro de la radicalización del pequeño de los Kouachi fue, sin embargo, de índole privado. Tras su excarcelación contrajo matrimonio con la trabajadora de una guardería que no solo lleva el hiyab (pañuelo islámico) sino iba que totalmente cubierta.

La relación de Chérif con las mujeres cambió entonces por completo. El que fue un chaval ligón ya no les daba la mano; se esforzaba por no tener trato con ellas. El matrimonio y el bebé, que ella tuvo con una anterior pareja, se trasladaron un tiempo a Reims, la ciudad en la que el miércoles la policía efectuó sus primeros registros domiciliarios.

Allí y en París, donde atendió al público en la pescadería de un hipermercado, aquellos que contrataron a Chérif quedaron contentos con su labor. Era “cortés, amable y serio”, explicó el responsable de una agencia de trabajo temporal ante las cámaras de i24news. “Se comportó tan bien que su contrato fue prolongado”, añadió.

Por aquellas fechas Chérif volvió a tener problemas con la Justicia. Se le relacionó con un intento de organizar la evasión de la cárcel de Clairvaux, en el departamento del Aube, de Smain Ait Ali Belkacem, argelino condenado a cadena perpetua como responsable de los atentados que ensangrentaron París en el otoño de 1995. Fue finalmente exculpado.

La pista de Chérif se pierde en 2011, pero debió de seguir teniendo malas amistades porque se sospecha que fue entonces cuando, en algún lugar, aprendió el manejo de las armas automáticas que con tanta destreza utilizó el miércoles. De su hermano el mayor, Said, de 34 años, han transcendido menos datos porque nunca se sentó en el banquillo ni fue seguido tan de cerca por la policía.

Sólo en la noche del jueves al viernes dos medios de comunicación norteamericanos, el diario The New York Times y la televisión CNN, revelaron que en 2011 se trasladó a un campamento de Al Qaeda en Yemen para entrenar el manejo de armas ligeras y, acaso, la elaboración de artefactos explosivos.

Así se explicaría que tras perpetrar la matanza, el miércoles, un testigo hubiese escuchado a los hermanos gritar mientras se relegaban que habían “vengado al profeta”, supuestamente mancillado por las caricaturas de Charlie Hebdo, y actuaban por cuenta de Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA), muy implantada en Yemen.

Pero el adiestramiento militar adquirido no impidió que cometieran graves fallos que han facilitado su captura. El principal fue el olvido del carné de identidad de Said Kouachi en el vehículo Citroën robado con que el que se desplazaron al lugar del atentado. Diez horas después de perpetrarlo la policía ya difundía la identidad de sus presuntos autores a todas las comisarías y cuarteles.

El desmantelamiento de la célula de reclutamiento de Buttes-Chaumont tuvo trascendencia internacional. Inspiró en 2006 al director de cine estadounidense Richard Schlesinger, Yihad, una serie de varios capítulos que Canal + de Francia difundió por primera vez. El actor Said Taghmaoui, francés de origen marroquí, encarnaba al protagonista que salió escaldado de su periplo yihadista en Irak. A su regreso predicaba en Francia la no violencia. A veces la ficción tiene un mejor final que la realidad.

Información ofrecida por el diario El Mundo.

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