Katyn: la oculta masacre comunista en la que Stalin aniquiló a 22.000...

Katyn: la oculta masacre comunista en la que Stalin aniquiló a 22.000 prisioneros de guerra

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Stalin

En más de una ocasión, la historia no es como nos la cuentan los sabios a través de los libros. Un ejemplo de ello es que, durante décadas, Europa vivió engañada pensando que la corona española había hundido el «USS Maine» norteamericano en el Puerto de la Habana, a orillas de las Américas. Aquel vil acto, según se dijo a lo largo y ancho del globo, fue el que obligó a los EEUU a cargar sus fusiles y entrar en lid con los de la rojigualda. «¡Pobres americanos, agredidos en su orgullo y obligados a coger las armas contra los infames hispanos!», que debieron pensar allende los mares todos los que recibieron la noticia. Pero la realidad era bien diferente, y se conoció después: los supuestos agredidos aprovecharon un accidente en el navío para tener una excusa con la que declarar la guerra a España para arrebatarle los retazos que todavía le quedaban de su Imperio.

ABC / En pleno 2017, este amaño es el más conocido en lo que se refiere a «operaciones de falsa bandera» (estafas a gran escala en las que un país manipula a otros en su favor). Sin embargo, no es la única que se ha sucedido a lo largo de los siglos. Del Tercer Reich a la Turquía moderna (esta última región, hace menos de un año), los ciudadanos han sido engañados por los líderes mundiales a su antojo para que creyeran enemigo al amigo, y asesino al inocente.

Una buena parte de estas estafas son las que desvela el popular escritor Eric Frattini en su último libro: «Manipulando la historia», editado por Temas de Hoy. La obra desvela más de una veintena de misiones de espionaje orquestadas por los estados para lograr tener a la opinión pública de su lado. Y, de todas las que recoge, una de las más destacadas es el fraude mediante el que el dictador Josef Stalin aniquiló a casi 22.000 polacos en el bosque de Katyn (todos ellos opositores a su régimen) y convenció a Europa de que los culpables habían sido los nazis. Una acusación que, posteriormente (y después de muchos años) se confirmó falsa.

Hacia Katyn

Katyn, la que fue una de las mayores operaciones de falsa bandera de la historia (hasta finales del siglo XX todavía se dudaba de su autoría) tuvo su origen en septiembre de 1939. Por aquel entonces, un todavía poco conocido Adolf Hitler (Alemania) y Josef Stalin (URSS) firmaron un pacto secreto por el cual invadirían Polonia. Los primeros lo harían desde el oeste, mientras que los segundos accederían al país desde el este pocos días después. En esos días, por tanto, nazismo y comunismo (futuros enemigos) iban bien apretaditos de la mano hacia el dominio de Europa. El resultado de aquel tratado es conocido por todos nosotros: germanos y rusos conquistaron la región y se la dividieron a medias, como si fuera la propina de un café.

Sin embargo, lo que no es tan de dominio público es que Josef guardaba en su rojo corazón mucho rencor contra los polacos debido a que estos habían humillado a sus tropas en la guerra polaco-soviética de 1919. Quizá por eso, o simplemente por quitarse de en medio a un ejército que podía darle más quebraderos de cabeza en un futuro cercano, es por lo que ordenó a su lugarteniente más sanguinario (Lavrenti Beria, jefe del servicio secreto de la URSS -NKVD-) que se pusiera manos a la obra y creara una serie de campos de concentración a los que pudiera deportar a los miles y miles de reos que había hecho durante la contienda.

Poco después comenzaron los problemas para los soviéticos cuando les llegó (entre otras cosas) la factura de la comida que debían dar a aquel ingente número de reos. ¿Qué diantres se podía hacer con ellos? En principio se pensó en deportar a un gran número de los mismos. Pero a Piotr Sopunenko, subalterno de Beria, se le ocurrió otra cosa: «descongestionar» los campos de concentración. Así lo afirma Frattini en su nueva obra, donde rescata un documento secreto en el que Beria (siguiendo el consejo de su subordinado) aconsejó al mismísimo Stalin ejecutar a los reos por formar parte de diferentes «organizaciones rebeldes» y estar «llenos de odio hacia el sistema soviético».

La idea no disgustó al líder rojo, quien comenzó a movilizar a miles de prisioneros hacia el lugar en el que se llevaría a cabo la «limpia» a partir del 5 de marzo de 1940. Las cifras varían atendiendo a los historiadores, pero se cree que fueron trasladados entre 17.000 y 22.000 polacos (oficiales del ejército, reservistas, intelectuales y un largo etc.) hasta Katyn, una pequeña ciudad ubicada a 19 kilómetros de Smolensko (Bielorrusia). Más concretamente, hasta un espeso bosque situado en las afueras de la misma urbe, que apenas sumaba -en palabras de Frattini- una treintena de viviendas y unos 150 habitantes.

Con horarios especiales para no llamar demasiado la atención, se comenzó a desplazar a los prisioneros para su ejecución. Allí esperaban 53 unidades a las órdenes de Vasily Blojin, el verdugo del camarada Stalin.

La brutalidad comunista

Entre abril y mayo se sucedieron las matanzas en el bosque de Katyn. Según explica Frattini, en ese tiempo se llegaron a asesinar a entre 250 y 300 personas al día (aunque el momento preferido era por la noche, por aquello de no montar un escándalo).

El método era siempre el mismo. En primer lugar, los soldados del Ejército Rojo llevaban a cada preso a un pequeño búnker ubicado en el bosque. Este estaba «forrado» en su interior de varios cientos de sacos terreros para amortiguar el sonido de los disparos. Cuando accedían a la estancia, los reos eran interrogados por un oficial del NKVD que les solicitaba datos como su nombre, su graduación, y un largo etc.

Por si aquello no era lo suficientemente desconcertante para el reo, después se le exigía que se desembarazara de sus objetos de valor. En ese instante, la mayoría de polacos entendían que se había terminado su estancia en este mundo. Finalmente, los soviéticos esposaban a la víctima con las manos a la espalda y la llevaban hasta una sala contigua ubicada dentro del búnker, la cual estaba pintada de rojo (quizá para mitigar los efectos de la sangre).

Allí se sucedía la tragedia. «Después, un ejecutor del NKVD le disparaba en la nuca o detrás de la oreja. Posteriormente, el cuerpo era retirado por una puerta trasera, para evitar que el siguiente prisionero lo viera», añade Frattini.

Luego, el cadáver era llevado a un camión. Vehículo que, al llenarse, se dirigía hasta una fosa común cercana. De esta guisa, los comunistas asesinaron uno tras otro a -según Frattini- más de 20.000 personas. «Vasily Blojin, el mismo que se vanagloriaba de haber ejecutado en persona a 7.000 prisioneros polacos en 28 días, cubría su uniforme con un delantal de cuero negro, casco y guanteletes para evitar que la sangre y los restos del cerebro de sus víctimas pudieran mancharle», añade el periodista.

Katyn, la masacre oculta

La masacre, tan útil para Stalin, quedó sepultada bajo los cientos de kilos de tierra que se usaron para enterrar a los cadáveres. Y permaneció silenciada hasta que, años después de la invasión de la URSS por parte de la Alemania nazi, los soldados de Hitler descubrieron en Katyn los restos de aquella matanza. Fue en abril de 1943 cuando un oficial de inteligencia germano de una unidad que se retiraba hacia el oeste mencionó el hallazgo de una «gran fosa común en el bosque». Tras un breve periodo de tiempo, las SS desenterraron los cadáveres de nada menos que 4.000 oficiales polacos. Todos ellos, con un agujero de bala tras su cráneo.

Los nazis acusaron entonces a los soviéticos de perpetrar la matanza. Sin embargo, Stalin lo negó todo y afirmó que los culpables habían sido los hombres de Hitler. Para llegar a esta conclusión, afirmó que los agujeros de bala de los cadáveres tenían el tamaño del calibre de la munición alemana. Y lo cierto es que llevaba razón... La mayoría de los disparos habían sido hechos con pistolas germanas Walther 25 ACP modelo 2. ¿Cómo era posible? Simplemente, porque los soviéticos habían repartido estas armas entre sus verdugos para que, si se descubría aquella barbaridad, la comunidad internacional culpara a sus enemigos. Una operación de falsa bandera en toda regla, según señala Frattini en su obra.

El engaño resultó efectivo, aunque -según se descubrió posteriormente- debido a la colaboración de los aliados (entonces partidarios de usar a la URSS como aliado para enfrentarse al nazismo). Estos silenciaron el suceso y evitaron que se investigara en profundidad. Así, hasta que en 1989 algunos historiadores soviéticos confirmaron que «Stalin ordenó la matanza de Katyn». Hace apenas dos décadas.

«Una investigación posterior llevada a cabo por la oficina de la Fiscalía General de la Unión Soviética (1990-1991) y de la Federación Rusa (1991-2004) confirmó la responsabilidad soviética en las matanzas, pero se negó a clasificar esta acción de “crimen de guerra”. La investigación se cerró con el argumento de que los autores de la atrocidad ya habían muerto y de que el gobierno ruso no podía clasificar a los muertos como víctimas de la “Gran Purga”, añade Frattini.

Lo más tristemente irónico es que, al final de la Segunda Guerra Mundial, muchos polacos fueron llamados a unirse al Ejército Rojo para combatir contra el nazismo usando, como argumento principal, la venganza contra esta masacre.

Del Maine a Pearl Harbour

Más allá de Katyn, «Manipulando la Historia» no podría tener un título más acertado. Y es que, tal y como explica Frattini a este diario, todas las operaciones que se recogen en él sirvieron para modificar, en mayor o menor medida, el devenir de un país. «Las operaciones de falsa bandera son llevadas a cabo por un gobierno con el objetivo de que parezca que han sido organizadas por otros. Ya sea por interés económico, político, o el simple interés de llevar a una región a la guerra», afirma el autor.

Como ejemplo clásico, Frattini recurre a la Antigua Roma y a uno de sus emperador más desquiciados. «Nerón fue el primero en organizar una operación de falsa bandera. Acusó a los cristianos de provocar un gran incendio en la ciudad, cuando realmente había sido él porque quería remodelarla. Aquel acto marcó el comienzo de las persecuciones contra los cristianos», señala. Con todo, su libro no se remonta tan atrás en el tiempo, sino que se centra en la época moderna. Y comienza con la más simbólica de ellas, la del acorazado «Maine».

«Se acusó a España de colocar una mina en el barco para hundirlo. La historia fue difundida por los dos principales periódicos de la época y significó el comienzo de la guerra entre Estados Unidos y España, pero la realidad fue bien diferente», explica Frattini. La verdad, según narra basándose en una ingente cantidad de documentos oficiales (como suele hacer en todos sus libros) es que la explosión en la nave fue producida por un fallo en la construcción. «Como no había presupuesto suficiente, los tabiques que separaban las máquinas de vapor de la santabárbara eran muy finos. Eso hizo que, tras un recalentamiento, todo el navío estallase de dentro hacia afuera», añade.

Pero fue un error bien aprovechado por el país de las barras y las estrellas en una operación de falsa bandera. De hecho, «Manipulando la historia» cuenta en sus páginas con multitud de misiones orquestadas por los Estados Unidos. Otra de las más famosas fue Pearl Harbour. Un ataque que, según desvela Frattini, conocían perfectamente los Estados Unidos mucho antes de que se sucediera. «En el libro incluyo documentos en los que el presidente Roosevelt ordena a los mandos militares que no tomen medidas de refuerzo en la base porque lo que conviene es que haya un gran número de bajas estadounidenses», señala.

«EEUU sacó del puerto a sus mejores portaaviones para que no sufrieran daños, pero permitió el ataque»El presidente, según parece, tenía sus razones (políticamente hablando). La principal era que la opinión pública estaba totalmente en contra de que Estados Unidos participase en una guerra europea. Pero también influyó que los sectores industriales le estuviesen reclamando una contienda con la que enriquecerse. Así pues, la única solución que vio fue no defenderse de una agresión que conocía para lograr conmocionar a los ciudadanos de su país. «Lo que hizo fue sacar del puerto a los portaaviones estadounidenses para que no sufrieran daños, pero no hizo nada más. Y eso, a pesar de que recibió multitud de documentos (que publico en el libro) en los que se le informaba de la movilización japonesa», completa Frattini.

Pero estas dos no han sido las operaciones más actuales llevadas a cabo por Estados Unidos. En su obra, Frattini también recoge misiones como el incidente de Tonkin, sucedido en los 60. El hecho que desencadenó la Guerra de Vietnam y la muerte, posteriormente, de decenas de miles de militares norteamericanos. «Durante aquella “operación de falsa bandera”, un destructor estadounidense se metió en aguas de Vietnam del Norte. Cuando dos patrulleras le atacaron, su capitán informó de que el incidente se había sucedido en aguas internacionales, por lo que era una agresión en toda regla. En los informes que publico, se puede ver que se habían metido realmente en aguas norvietnamitas», añade el autor.

También en la actualidad

Con todo, las «operaciones de falsa bandera» no son exclusivas de Estados Unidos. Dos ejemplos de ello son dos sucesos que, en los últimos años, han causado un gran revuelo internacional. El primero de ellos se sucedió en 2015. «Ese año, un británico de origen paquistaní llamado Junaid Hussain se enroló en el ISIS. Era un chico de 20 años que se hizo jefe de los hackers de la organización y, supuestamente, atacó los ordenadores del sistema de defensa norteamericanos en multitud de ocasiones (según pudo rastrear el país). Los americanos le detectaron y, en 2015, le mataron mediante un dron», explica Frattini.

La historia podría haber acabado aquí, pero los ataques informáticos se siguieron sucediendo. Algo imposible a priori, pues Hussain ya estaba muerto. ¿Cuál era la causa? «Los ataques provenían realmente del FSB, la división de hackers del servicio ruso», señala el autor. Así pues, los hombres de Putin habían organizado toda aquella pantomima para atacar a su gran enemigo (Norteamérica) y que las culpas fueran cargadas sobre otro. Algo habitual, en palabras de Frattini, en las gélidas tierras de Putin. «En “Manipulando la historia”, publico fotografías e informes que avalan todas estas afirmaciones», destaca a este diario el autor.

En palabras de Frattini, la última operación de falsa bandera que se ha sucedido es el «falso golpe de estado» de Turquía acaecido en 2016. «Fue un caso muy burdo. En el libro cuento cómo se organizó el golpe de estado desde el propio gobierno en 2013. Ese año, Erdogán empezó a gestar un autogolpe con ayuda del servicio de defensa de la gendarmería turca y fue creando gigantescas listas de opositores a los que encarcelar después», explica el autor. Según señala, en la obra explica pormenorizadamente los pasos que iba a seguir el líder para crear un estado presidencialista, su verdadero objetivo.

«Terminé el libro en enero del año pasado, y entonces ya sabía lo que iba a hacer Erdogán. En las páginas se puede ver que lo que yo decía ha ido ocurriendo exactamente así. Hace unos días, de hecho, se ha confirmado el cambio constitucional que hará que Erdogán sea el todopoderoso presidente de la república. Se dijo que había sido un golpe de estado perpetrado por militares, pero todos eran cercanos a él. Erdogán solo buscaba que pareciese que estaba siendo atacado, pero realmente buscaba tener una excusa para atesorar el poder sobre sí», destaca Frattini. Según determina, esa información tan pormenorizada le valió a su principal fuente el hallarse ahora entre rejas en el país.

¿Y en España?

Frattini también responder a una pregunta obvia en nuestras fronteras... ¿España ha llevado a cabo alguna operación de falsa bandera en los últimos años? Sus palabras son sinceras y, a la vez, tajantes: «No. Para ello hay que tener peso específico a nivel internacional, influencia... En caso contrario, no funciona y no provoca el efecto que se busca».

Incluso dedica unas frases a uno de los hechos más controvertidos de nuestro país: «Algunos afirman que el 11M fue una operación de este tipo para cambiar el gobierno, pero no. Decir que un gobierno ha matado a 192 de sus ciudadanos es gravísimo, y hay que estar muy convencido de ello y tener unas pruebas sumamente sólidas para afirmarlo».

Según explica, sucede algo parecido que con los atentados del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas de Nueva York. «Los más conspiranoicos dicen que fue una operación de falsa bandera de Bush para poder ir a la guerra, pero eso es algo estúpido. Como presidente no le hacía falta matar a 3.000 ciudadanos porque tenía total potestad para dar la orden».

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