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Quevedo, el grotesco y sublime español

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Pocos han sido capaz de insultar al adversario con tanta gracia y pérfida burla. Este mes se conmemora el aniversario del nacimiento y la muerte de Francisco de Quevedo (1580-1645), referencia del Siglo de Oro por su obra en verso, narrativa y teatro.

LD / Francisco de Quevedo nació en Madrid y disfrutó de su infancia en un ambiente de nobles entre la Villa y la Corte. Su padre, Pedro Gómez de Quevedo, era el secretario de la hermana del rey Felipe II, María de Austria. Desde temprana edad se dedicó a la poesía, con sonetos satíricos y burlescos, y otros textos en los que plasmaba su pensamiento, con el estilo propio del Barroco.

«La aportación fundamental de Quevedo fue el estilo. Él estaba totalmente convencido de que lo que aportaba era pensamiento, pero no es así. Casi todo su pensamiento filosófico depende de Séneca, no es original. Sí que era original en la expresión. Quevedo amplió el lenguaje literario, incorporó muchas voces que no son comunes», explica Felipe B. Pedraza, catedrático de Literatura española en la Universidad de Castilla La Mancha y autor del libro Sobre Quevedo y su época, donde repasa la figura humana e intelectual del gran escritor del Siglo de Oro, su obra y su proyección en la sociedad.

Felipe B. Pedraza destaca la violencia y brutalidad que utiliza Quevedo en su lenguaje: «Va de lo más bajo a lo más alto. Nos deslumbra, nos ofrece nuevas perspectivas gracias a su capacidad para mostrar lo más grotesco, bufonesco y sucio, pero también lo más elevado y sublime, que nos transporta a otros mundos excepcionales. Es el estilo la clave de la pervivencia de Quevedo a lo largo de los siglos».

«Fue uno de los escritores que padeció –y expresó– la distancia entre lo que creía, por época y biografía, y lo que amaba y pensaba, por corazón e inteligencia», destaca Pablo Jauralde Pou hispanista español, catedrático de Literatura Española de la Universidad Autónoma de Madrid y autor de varios libros sobre Quevedo. «También fue escritor que pensó a España y trazó fronteras ideológicas: los que son nuestros, los que quedan fuera, los que nunca serán de aquí… De alguna de sus obras se alimentó su ‘leyenda negra'», añade Jauralde.

Su obra ha sido acogida de forma distinta con el paso de los siglos. «Hoy, probablemente, lo que más nos interesa de Quevedo son sus obras poéticas, nos interesa en esencia el tratamiento peculiar del lenguaje. A los lectores de antes, les atraían los tratados políticos, frases contundentes sobre la moral y la vida social», explica Felipe B. Pedraza.

En este coincide Pablo Jauralde: «Como muchos lectores, prefiero sus obras críticas y satíricas a las religiosas y morales; paso mucho tiempo leyendo su poesía, que –a su vez– también se desgrana en temas, campos, etc. En el caso de sus poesías, me parecen valiosas también las morales, serias, etc.».

Mítico rival de Góngora

Quevedo se formó en el Colegio Imperial de los jesuitas y más tarde en la Universidad de Alcalá. Durante su estancia en Valladolid, sede de la Corte, comenzó su rivalidad con Luis de Góngora, al que le dedicó sus famosos poemas en los que parodiaba el estilo de su rival y que todo escolar aprende en el primer acercamiento a la literatura del Siglo de Oro.

Érase un hombre a una nariz pegado,

érase una nariz superlativa,

érase una nariz sayón y escriba,

érase un peje espada muy barbado.

Retrato de Góngora

La relación conflictiva entre Góngora y Quevedo se limita, explican los especialistas, al campo de la literatura y de esa polémica nos quedan obras en las que se ridiculizan mutuamente tanto en el aspecto personal como en el literario. «Se insultaron con mucha frecuencia, se agravaron mutuamente, y como eran especialmente ingeniosos, los textos eran muy brillantes», aporta Pedraza. «Se insultaban con una violencia que hoy nos extrañaría. Las cosas que se decían en el siglo XVII nos resultarían hoy intolerables porque ha cambiado la sensibilidad», añade el catedrático de Literatura española en la Universidad de Castilla La Mancha.

Tabernario, misógino y espía

Dejando las letras a un lado, Quevedo -se dice- frecuentaba asiduamente las tabernas; despreciaba a las mujeres y, además, manejó su pluma tan rápido como su espada. El autor de El Buscón participó en conspiraciones siendo espía para su protector, el gran duque de Osuna, y para la Corona de Felipe III.

Quevedo participó en un grupo infiltrado en la Conjuración de Venecia en el intento de anexionar Milán y la ciudad de los canales a la corona española, una peripecia que le llevó a la cárcel. Así describió su estancia entre rejas:

«Redúcese a una pieza subterránea, tan húmeda como un manantial, tan oscura que en ella siempre es de noche, y tan fría que nunca deja de parecer enero. Tiene sin comparación más traza de sepulcro que de cárcel… Tiene de latitud esta sepultura, donde enterrado vivo, veinte y cuatro pies escasos y diez y nueve de ancho. Su techumbre y paredes están por muchas partes desmoronados a fuerza de la humedad; y todo tan negro que más parece recogimiento de ladrones fugitivos que prisión de hombre honrado».

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