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Juan Ortiz, el soldado y médico español que cayó cautivo de los indígenas

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Es muy importante comprender quien pone en práctica la violencia: si son los que provocan la miseria o los que luchan contra ella.

-Julio Cortázar-

Ortiz fue un cautivo del infortunio, que, devorado poco a poco por el tiempo y el polvo, fue arrojado a una playa del sur de la actual Florida, exhausto y superviviente de un milagro singular por un mar inusualmente generoso con sus presas. Aquel desahuciado en una «Terra Incógnita», sin más esperanza que la vaga creencia en un Dios todopoderoso y desmemoriado con sus criaturas en trance, rezaba hasta la extenuación en medio de una severísima fiebre que no le permitía discernir si estaba en este lado o en el otro, pues la caprichosa consciencia tiene sus peculiares puertas giratorias entre los mundos paralelos.

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En la América Hispánica no hubo demasiado interés por que los relatos de los cautivos caídos en manos de los indígenas saliesen a la luz, e incluso se intentó soslayar su importancia. En el norte del continente (en la configuración territorial de los actuales Estados Unidos), la política imperial española durante los siglos inmediatos a los prolegómenos de la conquista tendía a silenciar la información proveniente de expediciones. Esta fue la tónica durante los siglos XVI y XVII, en los que incluso se prohibió la creación y difusión de conocimientos geográficos y cartográficos que hubiesen sido de incalculable valía para futuras expediciones. La razón de fondo era la rivalidad inglesa y francesa. Lamentablemente, las numerosas y continuas expediciones a la Florida no se aprovecharon de las experiencias y anotaciones de los viajes anteriores, salvo por aquellos pilotos de probada trayectoria y confianza como los castellanos de Palos y Sevilla, gallegos y vascos de mar de altura, y, ocasionalmente, portugueses muy contrastados.

Garcilaso de la Vega le reservó un lugar destacado en su extensa crónica ‘La Florida del Inca’, de 1605

En consecuencia, las experiencias de Juan Ortiz, que vivió cautivo durante diez años entre 1529 y 1539 en la costa este de la península de la Florida, experiencia de gran valor no solamente por su fascinante historia personal sino por sus peripecias en topografía y cosmografía, fueron obviadas. Cuando Juan Ortiz se encontró con la magna expedición de Hernando de Soto al territorio de la Florida en 1539, y tras hacerse reconocer por sus compatriotas, que lo tomaron por un indio «pirado» y fuera de sus cabales con habilidades chamánicas, marcharía con el resto de la expedición a despecho de una mujer que le amaba con devoción.

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Durante los cuatro años siguientes, vagaría por el sur del continente y, sin duda, repetiría una y otra vez su alucinante aventura a sus compinches de correrías. Ortiz entregaría su alma, o lo que le quedaba de ella, antes del fin de la malograda expedición. Sus compañeros relataron los mimbres del viaje y la historia de Juan a uno de los escritores más increíbles de su tiempo, Garcilaso de la Vega, ‘El Inca, quien le reservó un lugar destacado en su extensa crónica ‘La Florida del Inca’, publicada en 1605.

Un tipo desgraciado, pero con suerte

La historia de la humanidad es una historia de fronteras. Tú, yo, el otro, líneas divisorias, enormes cicatrices en la piel del planeta, que, en vez de vasos comunicantes, actúan de manera segregadora. Campos limítrofes que designan territorios, y también lugares de encuentro. Igual que hay fronteras físicas, también las hay mentales; estas últimas de más difícil deconstrucción. El ‘yo’ nos distancia del ‘tú’, y el ‘nosotros’ del ‘ellos’. Si a eso se le suman las fronteras políticas, nacionales, territoriales, reivindicaciones territoriales añejas, amenazas militares latentes o los fantasmas del miedo a los recuerdos de pasados dolorosos, al final, lo que podría ser el paraíso con unas mínimas concesiones no es otra cosa que un muestrario lleno de peceras bien alineadas y organizadas en una estantería monumental.

Tras su naufragio, Juan de Ortiz tuvo la gran experiencia de ser recogido por unas mujeres integradoras que iban a festejar un ritual de paso de juventud. Para este desahuciado, tirado en una playa con el ‘rígor mortis’ pisándole los talones, la contemplación de aquellas criaturas celestes solo podía ser el preámbulo de algo más grande. Debió pensar que ya había acabado todo y la paz serena de la muerte acogedora se lo había trasegado sin más. Empezaba a vivir.

Como Cabeza de Vaca, el ilustre soldado–médico–chamán Juan de Ortiz pasaría por todas los estadios de los infiernos y cielos budistas, o los más simples apeaderos cristianos; esto es, infierno, purgatorio y cielo.

Fue capturado por los Tocobaga, autóctonos muy abiertos a la gastronomía de gourmet, entre la que destacaba el canibalismo puro y duro.

Solía ocurrir con frecuencia que los funcionarios reales, al llegar a tierra y con su proverbial y pomposo ritual, declaraban formalmente el famoso Requerimiento, que declaraba a cualquiera nativo –si quedaba alguno vivo y con ánimo suficiente como para escuchar–, que sus tierras pertenecían a Carlos V por orden del Papa. También les apostillaban que tenían la opción de cristianizarse, so pena de ser convertidos por decreto, esclavizados y expropiados convenientemente si no se avenían a razones. Si se convertían, obviamente serían amados y acogidos con los brazos abiertos como lo sabe hacer nuestro creador cuando no está instalado en sus sempiterna siesta cósmica. De no hacerlo, el acero y los arcabuceros darían buena cuenta de ellos. La expedición ignoró tanto las súplicas como las amenazas de parte de los nativos, que, como es normal, no entendían ni “papa” del tema.

Juan Ortiz, un miembro de la fuerza naval que había cubierto con Cabeza de Vaca una posible evacuación forzada en caso de una respuesta expeditiva de los «cabreados» indios locales, fue capturado por los Tocobaga, y se puede decir con rigor que tuvo algo más que suerte, pues estos autóctonos eran muy abiertos a la gastronomía de gourmet entre la que destacaba el canibalismo puro y duro; pero una criaturita de ojos verdes rasgados, para más señas hija del jefe local , parece que vio algo en aquel desgraciado que le cautivó. Esclavizado por ellos, vivió en Uzita, entre la Florida y el Mississippi, cerca de once años antes de ser rescatado por la expedición de Hernando de Soto. Esto significa que Juan de Ortiz había sido hecho profilácticamente prisionero por si acaso, habida cuenta de cómo se las gastaban los españoles.

No hay que olvidar, pues puede resultar bastante ilustrativo, que de los casi setecientos soldados y marinos que desembarcaron con Pánfilo de Narváez, solo cuatro, con Cabeza de Vaca al mando, sobrevivieron a los más de 2.500 km del increíble viaje por los territorios de la Nueva España. En aquellos durísimos enfrentamiento que Cabeza de Vaca intentó evitar por todos los medios –y de ello hay constancia sobrada–, pudieron perecer más de 6.000 indios en acciones de guerrilla contra las fuerzas españolas de invasión .

En la historia del continente norteamericano, las fronteras funcionaron como motor que proyectó dinamismo al nuevo, pujante y expansivo imperio, pero la llegada de los europeos representó un violento temblor que desequilibró las relaciones entre vecinos. Los asentamientos europeos forzaron alianzas y desavenencias. El mapa de América tembló bajo los cascos de los caballos y las bruñidas e impactantes corazas, bajo las fauces de los terribles perros de presa alanos, y una artillería jamás nunca vista, bajo las cerradas descargas de arcabucería y las inmisericordes cruces que en modo alguno representaba al más grande ideario propuesto por uno de los profetas de mayor proyección de la historia, el llamado Cristo. Pero aun aceptando cierto nivel de generalización, se puede diferenciar el obsceno comportamiento de los «Pilgrims» y puritanos que colonizaron Nueva Inglaterra, que generaron un nivel de desconfianza hacia los indios enorme (véase el caso de las confederaciónes Alconquines con su resistencia extrema).

Relatos del cautiverio

Prevaleció la noción de que los indios estaban relacionados con el satanismo o que eran directamente seres diabólicos. Al revés, los franceses estaban directamente interesados en comerciar con los indios y, por ende, cultivaron su amistad, aunque esta tuviera un trasfondo utilitarista. Los españoles contemplaron a los indios como parte de las riquezas a explotar en el nuevo mundo, pero la intervención del humanismo cristiano con figuras como Bartolomé de las Casas, generó un extenso debate sobre la naturaleza del indio. ¿Eran hombres o animales? El debate concluyó con la noción de que los indios eran humanos en un estado de adolescencia que, en términos cristianos, ya fuera por reduccionismo o conveniencia de mitigar los intereses de los comendadores, se articuló en el concepto de «infantes en la fe», que podrían llegar a su mayoría de edad trabajando para redimirse en dichas encomiendas.

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El cautiverio es un producto genuino de la guerra. Unos fueron llevados a las metrópolis como objetos de curiosidad o vendidos como esclavos. Cristóbal Colón, al regreso de su primer viaje, se llevó indios taínos para mostrarlos a los reyes de España. Poco sabemos de ello, aunque hay indicios de comunidades taínas en la Sevilla del siglo XV. Otros muchos escaparon. Este es el caso de Lautaro, héroe araucano del poema épico ‘La araucana’, de Alonso de Ercilla (1569), que fue paje del conquistador de Chile Pedro de Valdivia y más tarde regresó con su pueblo y condujo numerosos levantamientos contra los invasores españoles.

La historia del cautiverio de los conquistadores fue escrita con los silencios de los que nunca regresaron

En las colonias inglesas del este del continente norteamericano, especialmente en los siglos XVII y XIII a través del cautiverio, se afirmaron ciertas creencias arraigadas como estereotipos culturales del período: que los indios eran salvajes e instintivamente crueles, que el movimiento de expansión europea era una misión de destino manifiesto. De alguna forma, argumentando sobre la inferioridad y salvajismo de los indios, los blancos justificaban su dominación y exterminio, caso mucho más acusado en aquellas latitudes donde los anglos hicieron verdaderos estragos.

En contraste, en la América Hispánica, el cautiverio, aun siendo un fenómeno muy extendido, no tuvo transcendencia mas allá las crónicas como material anecdótico. En la mayoría de ocasiones los testimonios de estos viajeros no vieron la luz. Puede afirmarse que en la América Hispánica no sólo no hubo interés por que los relatos de cautivos saliesen a la luz, sino que incluso se intentó soslayar su importancia. El eurocentrismo hispano dominó las relaciones interculturales. ¿Por qué preocuparse, pues, del conocimiento de aquellos indios agresivos y agrestes, salvajes y semidesnudos, que vivían tierra adentro? Razonamientos de este tipo inhabilitaron el interés por el conocimiento de sus habitantes. La pasión descubridora no fue generada por el deseo de explorar sino por el hallazgo de aquellos mitos, la leyenda de Cíbola y las siete ciudades de oro, las inmensas riquezas del malogrado Atahualpa, el País de la Canela, El Dorado, el oro de Moctezuma, etc, que habían mantenido viva la energía de la conquista. El aspecto humano fue relegado a un segundo plano.

La censura también fue muy rígida, inspeccionando el contenido político e ideológico de todo lo que se publicaba sobre las Indias. ¿Qué valor podía tener, pues, la declaración de un cautivo que exaltaba las virtudes de los indios salvajes e infieles? Este es el caso de Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán quien, en un enfrentamiento en el sur de Chile contra indios araucanos o mapuches, fue tomado cautivo (1629). Los indios conocían a su padre, que había sido gobernador del territorio y quisieron vengar en el joven Francisco, de veinte años, los rencores acumulados contra la administración española. Se salvó gracias a la intervención de un cacique mapuche, Maulipán, que lo tomó bajo su protección. Lo escondió del asedio de los caciques de la cordillera que lo buscaban para sacrificarlo y al final facilitó su canje. La narración del cautiverio escrita por el mismo Núñez de Pineda contiene diversos discursos. Por una parte, es la típica narración de un cautivo y expresa múltiples temores: el primero, el temor a ser sacrificado. Contiene también descripciones coloristas en las que se cuenta la vida de los mapuches habitantes del sur del río Bío-bío: sus fiestas y orgías, los ritos religiosos, las formas de vida, la agricultura y alimentación, la actividad política y social. El balance es muy positivo. Otro rasgo muy marcado del libro es la dura crítica a la actuación de la administración española en la gobernación de Chile (sic). Los administradores y oficiales reales son criticados por corruptos y en última instancia, según el criterio de Núñez de Pineda, culpables de las continuas hostilidades entre indios y cristianos, como asi lo menciona reiteradamente el erudito historiador Fernando Operé.

Lo interesante de la historia de Núñez de Pineda, publicada como libro con el título de ‘Cautiverio feliz’, es que no es el único caso de deserción descafeinada. Juan Sánchez, que llegó a ser cacique de los mapuches o Francisco Fris, quien acabó indianizándose, son casos entre araucanos y mapuches que renunciaron a su condición de españoles, en parte por el tratamiento que estos daban a los indígenas, en parte por el síndrome del cautiverio y sus interacciones sentimentales, mercantiles o utilitaristas como traductores, o por el mero hecho del desarraigo, perdida de esperanza, o la aculturación sobrevenida.

Juan de Ortiz no fue un caso excepcional a pesar de su increíble peripecia. Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar, allá por 1511 en unas naves que se dirigían desde el Darién, en Panamá, hasta la isla La Española, hoy República Dominicana, naufragaron y fueron arrojadas por una tormenta contra los arrecifes de la Isla de los Arraclanes, en Jamaica. Fallecieron casi todos los ocupantes excepto un puñado de ellos, salvados en una balsa que los desembarcó en la isla de Cozumel, en la costa mexicana del Yucatán. Poco sabemos de su suerte con la excepción de Guerrero y Aguilar, que vivieron con los indios de la zona hasta su encuentro con la expedición de Hernán Cortés a tierras mexicanas en 1519. Habían transcurrido ocho años. La expedición de Cortés, que buscaba información donde podía, recibió noticias de estos castellanos. Envió mensajes a los que respondió Jerónimo de Aguilar en persona. Venía vestido a la usanza de los naturales del lugar, pero se alegró del encuentro y pidió ser rescatado. A través suyo se hicieron llegar noticias a Gonzalo Guerrero, quien contestó con un mensaje escrito en la corteza de un árbol diciendo que no deseaba volver. Se había casado, tenía hijos y estaba adaptado a la vida entre los mayas peninsulares. Con el tiempo se hizo un guerrero y dirigió la resistencia a la invasión española del Yucatán.

¿Hubo muchos como Jerónimos de Aguilar o Juan Ortiz? La historia del cautiverio fue escrita con los silencios de los que nunca regresaron.

Publicado en 1542, el texto de Cabeza de Vaca muestra la visión de un nuevo mundo “inocente”, pero a la vez bárbaro; libre, pero lleno de contradicciones

No hay duda de que los cautivos eran piezas importantes en la economía indígena fronteriza, especialmente en el circuito de intercambios. Cabeza de Vaca, Ortiz, Jerónimo de Aguilar y otros muchos que quedan en el tintero, escribieron paginas gloriosas para España. Cabeza de Vaca, por ejemplo, escribió sus impresiones sobre los fuertes lazos familiares y el gran amor hacia los niños entre los mariames de la costa este de Texas.

En 1537 Cabeza de Vaca regresó a España, donde, recordando su odisea, escribió su relato ‘Naufragios’, una crónica de todo lo que hicieron, vieron y descubrieron los cuatro náufragos. La narración de un mundo totalmente desconocido y realmente extraordinario poblado por seres humanos diferentes, de naturaleza distinta y asombrosa, animales salvajes y desconocidos y abundantes riquezas. Publicado por primera vez en 1542, el texto muestra la visión de un nuevo mundo “inocente” pero a la vez bárbaro; libre, pero lleno de contradicciones, y formado por tribus de diversa apariencia física, distinta lengua y sociabilidad cambiante.

Francisco Núñez de Pineda hace énfasis en su relato en el amor con que fue tratado por los grupos indígenas con los que permaneció durante su cautiverio. Es obvio que en ambos casos los indios estaban llevando a cabo una labor proselitista de asimilación. ¿Cómo se explica sinó que Cabeza de Vaca fuese elegido para ser el receptor de los conocimientos de un chamán? El elegido como chamán en las sociedades indígenas es alguien muy especial sobre quien se van a depositar conocimientos mágicos y religiosos de la tradición cultural. La existencia de indios cara pálida, es decir, blancos que eligieron la vida entre los indígenas o que tras ser capturados-cautivados no quisieron regresar, no es casual y sí, probablemente, el ejercicio consciente y quizás científico de lo que serían los primeros antropólogos de campo .

Los mecanismos sociales y dialécticos observables al comparar las distintas reacciones de los colonizadores ingleses, franceses y españoles enfrentados al indio dan mucho que pensar. Que cada uno saque conclusiones.

Información ofrecida por el diario El Confidencial.

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