UCRANIA EN DISPUTA

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UCRANIA-ILUSTRACIÓN

Por Chema Galván para elmunicipio.es

En los últimos meses se nos ha contado desde los mass media cómo el pueblo ucraniano se ha levantado contra su corrupto y despótico mandatario en pos de la libertad, la democracia y algún que otro derecho humano. Posteriormente, la anexión rusa de Crimea se nos ha vendido como un órdago de Vladimir Putin al llamado “mundo libre” occidental.

Más allá de la opinión personal que podamos tener tanto del propio Putin, como del depuesto presidente ucraniano, VíktorYanukóvich, cabría hacerse algunas preguntas: ¿por qué  los grandes medios occidentales y las grandes agencias de prensa pusieron el foco de la actualidad internacional en las protestas de Ucrania? ¿Cómo unas protestas inicialmente pacíficas y totalmente legítimas por la deprimida situación económica del país acabaron en un enfrentamiento sangriento, con visos de guerra civil? ¿Por qué dichas protestas se produjeron en esos precisos momentos?

Halford John Mackinder, geógrafo y geopolítico británico de comienzos del pasado siglo, estableció las bases de la geopolítica moderna. Mackinder impulsó la teoría de la “región cardial” o del Heartland, según la cual existen unas zonas geográficas cuyo control da la llave del dominio sobre el continente euroasiático y, por tanto, de todo el planeta.

Como inglés que era, el bueno de Halford John tenía muy presente la dificultad por parte de su Graciosa Majestad para extender sus tentáculos sobre ciertos territorios alejados de las costas. Esto se debía a la naturaleza insular de Gran Bretaña y a su situación periférica respecto de dichos territorios, a los que Mackinder denominaba “regiones pivote”. Por ese mismo motivo, los ingleses se habían cuidado muy bien, desde la época de Isabel I, de asegurarse el dominio de los mares a través de una magnífica flota. Ese dominio, ya en el siglo XIX,  les había permitido convertirse en la primera potencia colonial, además de hacer muy difícil una invasión de  su territorio por vía marítima.

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Pero no sólo con su poderío naval es como el mundo anglosajón -primero Gran Bretaña y luego Estados Unidos- ha conseguido imponer su hegemonía durante los dos últimos siglos. Ya desde las guerras contra Napoleón, a comienzos del siglo XIX, el Imperio Británico se preocupó mucho por frenar a toda costa el surgimiento de cualquier potencia continental que sí tuviese acceso a las áreas pivotes, claves para el dominio mundial.

La Guerra Fría es un buen ejemplo de las tesis del Heartland: dos grandes potencias, una continental y otra periférica, pugnando por el dominio de Europa. Pero con la caída del Telón de Acero, Estados Unidos e Inglaterra vieron la oportunidad de extender su ratio de influencia hasta la frontera rusa en apenas un par de décadas. De ahí la entrada en la OTAN y en la Unión Europea -un títere de los norteamericanos en la crisis ucraniana- de las naciones que en su día formaron parte del Pacto de Varsovia. Era la sustitución de la política de contención, llevada a cabo por Occidente durante la Guerra Fría, por otra de expansión hacia el este, aprovechando el momento de debilidad de Moscú.

Y es entonces cuando llegamos a Ucrania. Con Polonia, la antigua Checoslovaquia y los países bálticos dentro del bloque angloamericano, el sueño del Pentágono -escudos antimisiles aparte- era colocar a la OTAN en las narices de los rusos.

Así pues, en este punto tendríamos que contestar a la pregunta de por qué la revolución del Maidán(como se la ha calificado) tiene lugar en aquel preciso instante. La operación por parte de Estados Unidos para derrocar al régimen sirio de Bashar al-Asad había fracasado muy poco antes, precisamente por la férrea oposición rusa ante una posible intervención de la OTAN en el país árabe. Pero, ¿qué tiene que ver Siria con Ucrania? Aparentemente nada, salvo por un matiz: ambos países son sede de las dos bases más importantes de la flota de guerra rusa. Por un lado, el puerto mediterráneo de Tartus, en Siria; por otro, el de Sebastopol, en la península ucraniana de Crimea, a orillas del Mar Negro. Imponiendo regímenes pro-intereses de Estados Unidos en ambos países es probable que se desalojase a Rusia de sus dos importantes centros militares, dándole al Kremlin un importante varapalo estratégico.

Para derrocar al gobierno de Yanukóvich, Washington no ha tenido inconveniente en utilizar a grupos de la ultraderecha nazi, declaradamente antisemitas y antidemocráticos, para organizar auténticos actos de guerra urbana contra las fuerzas policiales del entonces gobierno de Kiev.Incluso se utilizó a francotiradores, como supimos gracias a la conversación telefónica -filtrada a la televisión rusa- entre el ministro de Asuntos Exteriores de Estonia, UrmasPaet, y la representante de política exterior de la Unión Europea, Catherine Ashton. Curiosamente, este mismo método fue utilizado en otro intento de derrocar a un gobierno en 2002, en un país tan alejado de Ucrania como Venezuela. ¿Casualidad?

Tras todos estos acontecimientos, y con decenas de muertos en las calles de Kiev, Yanukóvich fue depuesto y sustituido por OleksandrTurchínov. Curiosamente, éste había sido citado por la subsecretaria de Estado norteamericana, Victoria Nuland, como el candidato de Washington, en otra conversación filtrada, entre el embajador de Estados Unidos en Kiev y la propia Nuland. Blanco y en botella. Sin embargo, con la entrada de Putin en Crimea y el aumento de efectivos por parte de Rusia en el Mar Negro, la cosa no parece tan clara para los intereses angloamericanos.

Los grandes medios de masas nunca se harían eco de la manera en que lo han hecho de un simple problema de carácter interno. Esta crisis marca sin duda una nueva época en las relaciones internacionales, en la que Rusia vuelve a ejercer su fuerza en la esfera internacional, suponiendo un freno a la hegemonía norteamericana. Ucrania, cuyo pueblo ya está padeciendo las consecuencias del pulso entre las grandes potencias, no es otra cosa que una de esas “regiones pivote” de las que hablaba el viejo Mackinder. Probablemente la más importante. Y esto no ha hecho más que empezar.

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