“Los alemanes se lanzaron a Hitler como los españoles a Podemos”

“Los alemanes se lanzaron a Hitler como los españoles a Podemos”

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Libro a libro, Juan Eslava Galán se afianza como un narrador capaz de hipnotizar incluso a los que no disfrutan demasiado leyendo libros históricos. Después de publicar el año pasado ‘La Primera Guerra Mundial contada para escépticos’, el escritor -y Doctor en Letras- ha llegado a tiempo para contarnos, justo en el 70 aniversario de su fin, los episodios más fascinantes, desconocidos y reveladores de la Segunda Guerra Mundial. Una guerra “perdida desde el principio” , urgida por “un loco” que arrastró a Alemania y al mundo a la mayor catástrofe bélica de todos los tiempos. Y nos lo cuenta con sus habituales píldoras, rápidas, visuales, absorbentes, con un relato tan cinematográfico que Hitler, Mussolini o el propio Franco parecen caminar ante nuestros ojos. Lo hace en ‘La Segunda Guerra Mundial contada para escépticos’ (Planeta, 2015).

La Gaceta / -En ‘La Primera Guerra Mundial contada para escépticos’,  dijo que aquella fue “la gran olvidada” de las guerras. ¿Cómo denominaría a la Segunda Guerra Mundial?

-Como la gran recordada. Es una guerra muy popular, todo el mundo sabe algo de ella. Venía estudiando las dos por igual desde mis primeros libros, de cuando tenía 14 años. Llevo toda la vida estudiando el asunto.

-Suele frecuentar los escenarios de los conflictos para poder narrarlos con mayor viveza. ¿Cuáles le fueron más útiles esta vez?

-Voy todos los años a los escenarios de estas guerras o a los de las napoleónicas. Las fotos que hay en el libro son de mi colección o tomadas por mí, sobre todo los museos. Cuando vas a Normandía encuentras poco de lo que fue aquello. Los museos rusos y los ingleses son impresionantes, fantásticos.

-Dice que esta guerra era previsible. ¿Dónde hervía más el agua del caldero que la provocó?

-Quizá lo principal fue el trato injusto y abusivo que se dio a Alemania cuando perdió la Primera Guerra Mundial. Eso quedó como una herida abierta que tenía el pueblo alemán, que era orgulloso. Bastó que saliera un tipo loco, un visionario, diciendo la doctrina de revancha para que se fueran detrás de él. Este loco surgió por el descrédito de la democracia, la república de Weimar estaba muy desacreditada, tuvo mala suerte. También por la espantosa crisis económica que hubo a finales de los 20, que repercutió especialmente en Alemania, hubo mucha pobreza, mucho paro… Se echaron en brazos de Hitler como los españoles se echan en brazos de Podemos: descerebradamente y sin pensar las consecuencias que puede tener.

-Seguir a Hitler en aquella contienda fue un error. ¿Votar a Podemos, también?

-A mi juicio sí. Con Hitler lo tengo más claro porque tengo muchos más datos, pero el discurso que larga Podemos a mí no me sirve, no acabo de encontrarlo coherente.

-Es inevitable establecer conexiones entre el pasado y el presente.

-Siempre conviene, el alma humana es siempre la misma, y ante las mismas circunstancias reaccionamos de la misma manera: tirando por el camino del medio. Sabemos que los políticos son unos corruptos, tanto de derechas como de izquierdas, y decimos: “Ah bien, me voy a vengar de ellos votando a este que se los va a cargar a todos”. Los alemanes se vengaron de los republicanos votando a Hitler, que se los iba a cargar a todos.

-En una entrevista anterior en Gaceta.es, afirmó que Hitler era un perfecto desgraciado al que la guerra le vino muy bien. En este libro le describe como un pintor mediocre, desarraigado, con pocas lecturas mal digeridas. ¿Cómo alguien con semejante perfil pudo abanderar una contienda tan cruenta?

-Él consiguió arrastrar al pueblo alemán. Tuvo la suerte del principiante: se puso a dirigir la guerra contra el parecer de los generales, que querían hacer una guerra más convencional, él quería hacer una guerra tan revolucionaria que sorprendió a los franceses y les ganó la partida. Pero a partir de entonces todo fueron errores: la guerra la dirige un loco que no tiene conocimientos militares, frente a los militares que, como es un dictador sanguinario, no se atreven a rechistar. La guerra está perdida desde el principio porque una guerra se hace con acero y con petróleo y Alemania no tiene ni una cosa ni la otra. Los aliados dominaban el 90% del mercado del petróleo. Alemania, Italia y Japón dominaban sólo el 3% del carbón. A la larga, tienen que perder. En la cuestión demográfica, es un pueblo de 70 millones de habitantes que está luchando contra 500 millones de habitantes. No podían mandar al frente tanta gente como los otros.

-A sabiendas de que iban abocados al desastre, ¿no hubo más de un golpe de estado para parar los impulsos de Hitler?

-Yo lo cuento aquí, porque casi no se ha contado. Desde antes de la guerra, los militares quieren destituir a Hitler, pero nunca se atreven. Como es un dictador, nunca se dan las circunstancias. A lo largo de la guerra, hay hasta cuatro intentos de cargárselo y nunca salen bien. Los militares desde el principio estaban horrorizados con él.

-En el libro plantea la complicidad del pueblo alemán, que se dejó arrastrar por el dictador.

-Es evidente. Cuando acabó la guerra, las barbaridades que habían hecho eran de tal calibre que en un principio los aliados americanos pensaban dejar a Alemania sin industria, criando vacas. Pero como al acabar la guerra empieza la Guerra Fría contra el comunismo, no tuvieron más remedio que darle cancha a Alemania para que fuera un estado tapón frente al mundo comunista. Se inventaron un deslizamiento semántico muy interesante: en lugar de hablar de alemanes, se hablaba de nazis. Los que habían hecho las barbaridades eran los nazis, no los alemanes. Pero los alemanes eran nazis, fueron ellos los que lo hicieron. Después, por esa cuestión política, ha habido que exculparles.

-Plantea que tal vez en ninguna otra sociedad ha prosperado tamaño monstruo, pero a juzgar por los atentados yihadistas, o el terror que siembra el Estado Islamico en Irak, sí que prosperan ese tipo de monstruos, lo que pasa es que no son seguidos a gran escala.

-Pero claro, son sociedades tribales, hay que distinguirlo. El mundo árabe se basa en que el tipo que corta cabezas es el jefe, es muy distinto a Occidente. Aquí hemos evolucionado, sobre todo desde la revolución francesa. Pensamos en el ideal de la libertad y en el ideal de la democracia, y gobierna el que obtiene la mayoría de votos, aunque sea torpe. Todos los países del mundo musulmán son dictaduras. Somos superiores en nuestra visión política, no hay que tener complejos.

-Este caldo de cultivo actual, ¿genera una inquietud que podría acabar en la Tercera Guerra Mundial?

-La tercera guerra ya se está pergeñando, pero es muy distinta, ya no va a tener frentes, es una guerra en la que te vuelan unos trenes en Atocha, o te vuelan un vagón de metro en Londres, o las Torres Gemelas. Es una guerra de guerrillas pero te la hacen en tu propio territorio, las minorías externas que no respetan tu civilización y quieren imponerte la suya. Huyen del tipo de política de sus países pero se la traen consigo y te la quieren imponer. Si vienes, hazte europeo como nosotros.

-No tener frentes supone un factor sorpresa muy peligroso.

-Nadie está preparado. Se pueden parar muchos palos por medio del servicio secreto, pero no se pueden parar todos. Con eso hay que convivir. Como los pobres desgraciados que fueron a comprar comida al supermercado judío en París y el tío se los cargó.  El enemigo está en cualquier parte, porque no lo conoces.

-En el libro se refiere a los “benditos errores” que cometió Hitler, que extrapoló la mediocridad que tenía en el arte al mando. ¿Cuál fue su fallo más grave: sus tácticas, ignorar a sus propios generales o creerse superior al enemigo?

-Despreciar al enemigo. El peor error fue despreciar a los rusos, pensar que eran infrahombres. Y demostraron que eran hombres valerosos y que las armas que hacían eran más efectivas que las de los alemanes, a pesar de la superabundancia de ingeniería que tenían los alemanes. Eso les perjudicó, porque se dedicaron a hacer armas tan virgueras que no se podían hacer en suficiente número. El mejor tanque que hacen los alemanes es el Tiger, hicieron 1.300 ejemplares en toda la guerra, luego hicieron 500 más de una versión mejorada, el Koenig Tiger. Los rusos tuvieron el mejor tanque de la guerra, el T-34, e hicieron 80.000. Los americanos del Sherman hacen 40.000. No hay color.

-De hecho, usted escribe que los alemanes empezaron sacando toda la artillería, y conforme avanzaba la guerra y tiraban de “fondo de armario”, las armas eran cada vez peores.

-Sí, y los otros cada vez mejores y más realistas.

-Lo de creerse superior al enemigo ha ocurrido a lo largo de toda la historia. Les ocurrió a los ingleses en Cartagena de Indias, cuando acuñaron monedas en las que aparecía el español Blas de Lezo arrodillado, y resultó que fueron ellos los que perdieron la batalla.

-El enemigo nunca es tan tonto como tú piensas. A lo largo de toda la guerra los ingleses les leyeron las comunicaciones a todos los alemanes, comunicaciones cifradas. Saben perfectamente las ideas que tienen y lo que van a hacer. Los rusos tiene infiltrados espías en Alemania y los alemanes nunca lo descubrieron. Los rusos tenían muchos espías en Alemania, comunistas que están colaborando con Rusia tenían una información espléndida.

-Todos los aliados se complementaban a la perfección: los ingleses aportaban actitud, los americanos medios y los rusos el coraje de jugarse muchas vidas. Una unión muy provechosa.

-Son gente sensata, cada uno aporta lo que tiene a la empresa común. Los generales alemanes ven que Hitler hace barbaridades y no se atreven a rechistar porque les pueden fusilar. Porque Hitler fusila a unos cuantos, a otros los manda a casa… y aguantan que dirija la guerra un cabo que es un indocumentado.

-La entrada de Italia le trajo más problemas a los alemanes que beneficios. ¿Por qué?

-Mussolini estaba deseoso de la grandeza, los italianos son gente que quiere vivir bien y sin problemas. Se metieron en una guerra que su pueblo no quería. Era un ejército que estaba muy mal preparado, donde quiera que iban perdían, y los alemanes tenían que ir a ayudarles a contener el frente. En la Primera Guerra Mundial les ocurrió al unirse a Austria, decían que estaban uncidos a un cadáver. Y en la Segunda Guerra Mundial cometen el mismo error. No saben elegir compañeros.

-Fueron guerras rápidas, sangrientas, despiadadas… ¿y poco inteligentes?

-Hubo de todo. Los rusos, con gran desprecio de la vida porque tienen un ejército demográfico importante, empiezan a hacer la guerra con una gran torpeza, pero aprenden rápidamente de los alemanes, y cuando pasan un par de años ya saben tanto como ellos, aprenden del enemigo. Los alemanes no.

-En el libro imagina a Franc estudiando los mapas de guerra iluminado por su lámpara de noche en el Palacio del Pardo, mientras valora si entrar o no en la guerra. ¿Por qué hubo acercamientos y alejamientos entre él y Hitler?

-Al principio, cuando cree que los alemanes van a arrollarlo todo, intenta aliarse con ellos y manda a un general a entrevistarse con ellos, pero Hitler ya había cargado con Mussolini, que era un torpe, y no tenía necesidad de cargar con Franco, así que lo desprecia. Pero unos meses después, cuando ha fracasado Hitler en el verano del 40 en la batalla de Inglaterra piensa en un plan b, que es cortarle las comunicaciones a los ingleses por el Mediterráneo. Y si se aliaba con Franco sí podía atacarlos por tierra, cruzando España y tomando Gibraltar. La reunión en Hendaya es para que Franco entre en guerra, pero Franco está más cauto y ya no le interesa. Cuando Franco quiso entrar en la guerra, Hitler lo despreció, y viceversa.

-¿Y si hubiéramos entrado en la guerra?

-Evidentemente habríamos perdido, habrían desembarcado los americanos o los ingleses en España, pero sobre todo habría perdido la guerra Franco y habrían impuesto un régimen democrático en el 45, la República seguramente, o al posible rey, Don Juan. Franco no habría prevalecido.

“Hitler estaba resentido con los judíos por un motivo personal”

 

-En medio de esta bárbara guerra de poderes, ¿por qué ese ensañamiento contra los judíos?

-Los judíos tuvieron la desgracia de que Hitler, por un motivo personal, era un hombre resentido. En su juventud en Viena había visto cómo triunfaban los artistas judíos: pintores, músicos… había una cultura judía en Viena impresionante, y él era un pordiosero que andaba por la calle y dormía en albergues y comía en comedores de caridad. Él tiene un resentimiento hacia los judíos porque ve que triunfan, y porque hay millonarios judíos en Viena que mantienen todo el esplendor del imperio. Cuando accede al poder, Hitler les culpa de todos los males de la Humanidad, pero especialmente de haber traicionado a los alemanes en la Primera Guerra Mundial. Él concibe la idea de cargárselos de un modo obsesivo. En el 44, cuando ya están perdiendo la guerra los alemanes, en vez de intentar ganar la guerra sigue buscando judíos por Hungría, Bulgaria, Francia… cuando distraen tropas y material.

-En este libro menciona la teoría del posible autobombardeo de EEUU para entrar en la guerra. ¿Cree en ello?

-Hay una teoría de la conspiración, pero no está probada. Los portaviones más importantes de la marina no estaban en Pearl Harbour aquel día, lo que se hundieron fueron barcos más viejos que luego pudieron reflotar, pero no hay pruebas. Sí hay pruebas de que EEUU e Inglaterra le dan un ultimátum a Japón: o abandonan sus conquistas en China o les cortan el grifo del petróleo. Y Japón sin el petróleo inglés y americano no se podían mantener más de un mes. Prácticamente los empujan a la guerra, pero también podían evacuar China. Pero les salió mal, porque dirigieron desastrosamente la guerra en el Pacífico.

-Con tal capacidad para contar la Historia, ¿sigue dudando si su verdadera vocación es la de lector, la de novelista o historiador?

-Cada vez tengo más claro que lo que más me gusta es leer, sigo haciendo libros porque es mi profesión, pero lo que más me gusta es aprender.

-¿Y qué acostumbra a leer?

-Soy muy variado, en literatura leo poca cosa moderna, yo releo los clásicos, los libros que me han gustado desde que empecé a leer con 14 o 15 años. Y luego los libros de historia: la guerra mundial, el mundo de Roma, la Edad Media… Soy más lector que otra cosa.

-Seguro que esta vez también tiene una película favorita sobre la Segunda Guerra Mundial que recomendar a los lectores.

-Sería obvio decir ‘Salvar al soldado Ryan’. En cuanto a cómo se hace la guerra, esa. ‘La lista de Schindler’ es fundamental para ver la mentalidad de los alemanes y de los judíos. El otro día me dijo Arturo Pérez Reverte que había visto ‘Corazones de acero’ y me dijo que la primera mitad de la película es muy interesante, yo no la he visto todavía. Creo que de la Segunda Guerra Mundial hay más series documentales interesantes que películas, como ‘Apocalypse’, la serie que hiceron los franceses.

-¿Los españoles hemos perdido la guerra de la propaganda?

-Efectivamente, la guerra de la propaganda la hemos perdido por completo, entre otras cosas porque las imprentas estaban en manos de los protestantes, sobre todo de los holandeses y alemanes. Y en tiempos de los Austrias, la propaganda adversa a los españoles nos mostraba como monstruos en toda Europa. Cuando yo era joven y vivía en Inglaterra, tenía unos amigos alemanes que una vez me echaron en cara que la Inquisición española que quemaba la gente. Yo les dije: “¿Es que no sabéis lo que hicieron los alemanes con los judíos?”. La Inquisición mató a 20.000 personas en tres siglos, pero ellos mataron a 6 millones solo por ser judíos. Tenían veintitantos años, eran chicos cultos y no lo sabían.

-Después de narrar las dos grandes guerras, ¿adónde le llevará la pluma esta vez?

-Tengo dos o tres novelas, alguna acabada que tengo que repasar, quizá emprenda algo con una novela que ocurre en la Guerra Mundial. Ahora no lo sé, sólo estoy leyendo. En estos días no tengo fijación, estoy muy disperso. Llego a casa, ceno y me quedo leyendo hasta las tres de la mañana. Pero mientras leo, hay un libro que me está pidiendo paso. Cuando acabe con todo esto, me pondré con una novela, seguramente.

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