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Las flores del Mal (Memento mori, Europa)

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Por Laureano Benítez Grande-Caballero para elmunipio.es 

Si cada momento histórico tiene sus símbolos, no tengo ninguna duda de que estamos en «la época de la calavera», símbolo de muerte, de destrucción, de podredumbre, de Caos, que una población aborregada utiliza inconscientemente en vestimentas, tatuajes, y otras panoplias del «merchandising».

Son la suprema expresión del feísmo que constituye el síntoma más significativo de la corrupción de las sociedades actuales, contaminadas por un malsano antiesteticismo que refleja la patética decadencia de una civilización que, después de 3000 años, ha desembocado en los vaqueros rotos y las calaveras.

No hace falta ser parapsicólogo ni experto en simbología para entender que el significado esencial y tradicional de la calavera es la representación de la muerte, algo que en principio amedrenta a todo el mundo, por lo cual es lógico suponer que no debería ser muy recomendable utilizarla como accesorio, logotipo o aditamento de moda, y más teniendo en cuenta que no resulta precisamente muy artística, sino más bien todo lo contrario. Se podría decir que el mensaje de la calavera viene a significar algo así como «¡Viva la muerte!». Y llevarla encima por borreguismo equivale a otro famoso grito de raigambre española: «¡Muera la inteligencia!».

Izando en alto el macabro estandarte de la calavera, nuestras calles han sido invadidas por tenebrosas cohortes de piratas, por tribus de lóbregos zombies, por hoplitas de gótikos embutidos en sus azogues, por hordas de punkies, por una pasmosa ralea de individuos que ejecutan una surrealista «performance» de feísmo, chabacanería y cutrez, saturados de piercings y pelambreras imposibles.

Las calaveras hicieron su aciaga irrupción como accesorio importante de la moda rockera, especialmente en la corriente del «heavy metal». Sin embargo, de ser un símbolo siniestro, usado solamente por personajes como Alice Cooper o Marilyn Manson, han ido cobrando un protagonismo tan inusual, que han colonizado una parte cada vez más amplia del mercado de la moda, a impulsos del luciferino «Iron Maiden», del «Ghostface», de los ominosos «zombies», de mil y un «aliens», de los esperpénticos y maléficos «jalouin», y de ese venenoso gusto por el terror que parece estar en el ADN de la juventud actual.

En su origen, la calavera y los huesos cruzados ―lo que se conoce como «Jolly Roger»― era una manera de señalizar la entrada de los cementerios. Pronto pasó a ser un símbolo que utilizaban para crear temor en sus enemigos diversos colectivos, como los bucaneros, facciones militares y paramilitares ―como las SS―, y sociedades secretas ―como los Templarios y la Skull & Bones―. La constante significativa de la calavera ha sido siempre infundir temor, como se refleja en el hecho de que ha sido el logotipo asociado desde siempre a la advertencia sobre el riesgo de muerte, especialmente referido a los venenos.

¿Por qué esta invasión de calaveras en las sociedades contemporáneas, tratándose de un símbolo tenebroso y antiestético?

En la tradición cristiana, la calavera se ha utilizado como expresión del «Memento mori», frase latina que significa «Recuerda que puedes morir», recordatorio de la mortalidad, de la «vanitas» de la existencia, de la fugacidad de la vida, de la ceniza que cubre nuestras cabezas. «Vanitas vanitatis», que marchita nuestras flores, que nos atormenta con su implacable reloj de arena, con sus frutas podridas, con sus libros amarillentos.

Sí, la calavera nos recuerda lo efímero y frágil de nuestra existencia, amenazada por mil y un imponderables, entre los cuales ocupa un lugar preponderante el terrorismo que asedia Europa, amenazada por la degollina yihadista, sedienta de sangre, forjadora de calaveras en sus cabezas cortadas a porfía.

«Memento mori, Europa», es lo que parecen decir las calaveras que se ven por doquier en nuestras calles en vestimentas y tatuajes, como si fuera una siniestra predicción de que todos somos blancos perfectos, carne de cañón para los unabombers, para las cimitarras yihadistas, para los jíbaros del DAESH.

Calaveras que son las flores de esa corrupción a la que apesta la otrora boyante civilización occidental, las flores del Mal que pudre nuestras raíces, que se han alejado en demasía de los valores y principios que forjaron Europa. Calaveras que son como dianas, como reclamos, como macabras premoniciones de la muerte que nos mira desde sus cuencas vacías, de la muerte welcome, de la muerte que ―como dijo Baudelaire en su poemario «Las flores del mal»―

Está sentada en el cráneo
de la Humanidad,
y desde este trono, el profano
de risa desvergonzada,
sopla alegremente redondas pompas
que suben en el aire,
como para alcanzar los mundos
en el corazón del éter.

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